No quiere comer nada

CRIANZA CON RESPETO

No quiere comer nada

Qué hay detrás de los niños que no quieren comer. ¿Realmente no comen como deberían? ¿O lo que ocurre es que no lo hacen cuándo y cómo nosotros querríamos?

Laura Gutman

28 de julio de 2018, 07:00 | Actualizado a

Tendríamos que empezar por determinar qué significa que un niño no quiere comer. ¿Que nunca tiene hambre? ¿Que no le gusta la comida que le ofrecemos? ¿Que le gustaría comer y jugar al mismo tiempo y no se lo permitimos? ¿Que no come todo lo que nosotros pretendemos que coma? ¿Que no aumenta de peso? ¿Que es distraído? ¿Que come en casa de la abuela, en el cole y en todas partes menos en casa? ¿Qué nos preocupa exactamente?

Es posible que nuestras pretensiones estén bien alejadas del interés de los niños pequeños y de sus posibilidades reales de ingerir una determinada cantidad de alimento en horarios que nosotros hemos decidido, arbitrariamente, que son aptos para comer. Así planteadas las cosas, los niños se entrenan para responder a las exigencias de los adultos desde que nacen. Apenas salen del vientre materno pretendemos que “no se mal acostumbren” y que no reclamen ni teta, ni brazos ni compañía más de lo conveniente. Aprenden desde el primer día a frustrarse, a que la vida es dura y que se parece más a la guerra que a la tibieza del amor.

Cuando necesitan brazos, encuentran cuna; cuando necesitan contacto, encuentran soledad; cuando necesitan comunicación, encuentran distracción.

A los pocos meses, sin que hayan logrado aún enderezar la espalda, reciben en cuchara un puré desconocido: los colores son llamativos y sus manos se desesperan por tocar y jugar, aunque el mecanismo para mover la lengua y disolver esa comida en el paladar sea inmaduro.

Cuando finalmente son capaces de permanecer sentados, comprenden que el tiempo es infinitamente largo y que los adultos persiguen un objetivo claro: deben terminarse el plato.

Así es como cada comida es una pequeña guerra, un momento de tensión y de hartazgo entre niños y mayores. A medida que van creciendo, “la comida” se convierte en un suplicio. Es en ese ámbito, a la hora de comer, que aparece la exigencia como actitud preponderante. El niño tiene que alcanzar una meta, de acuerdo a ciertas expectativas valiosas para el adulto, para ser querido y aceptado.

Tomemos en cuenta que para los pequeños no es una cuestión de “querer” o de “llevar la contra”, sino que a veces no están en condiciones emocionales ni madurativas para responder a la demanda tal como está estipulada.

Es interesante notar que los niños más exigidos y más presionados van perdiendo la capacidad de saber qué quieren. Llega un punto en que no reconocen ni el hambre, ni la elección de alimentos, ni siquiera el placer de saborearlos.

Un acercamiento lúdico

Al principio, la cantidad de alimento que un niño ingiere es realmente muy reducida. Si es un niño amamantado, no importa. Es, sobre todo, un encuentro con el alimento sólido. Básicamente es juego, exploración, descubrimiento.

Tampoco es importante el “horario” de la comida. Los niños muy pequeños no están regulados para almorzar a las dos del mediodía o para cenar a las ocho de la noche. Pretender que coman cuando los adultos deseamos comer es un despropósito. En cambio, observándoles un poco, sabremos rápidamente en qué momentos del día tienen más hambre y mayor entusiasmo por comer. Si eso sucede a las cuatro de la tarde, sería ideal que haya comida de buena calidad disponible. Si la noche anterior hemos preparado unas croquetas caseras, se las podemos ofrecer mientras juega. Y si come una, podemos estar tranquilos; es suficiente alimento para un niño.

Así será muy fácil alimentarlo, porque comerá cuando tiene hambre y cuando juega. La presencia de estas dos condiciones será imprescindible para que el niño incorpore el contacto con el alimento sólido de un modo natural, feliz, sencillo y en armonía con su crecimiento.

En la medida que el niño tenga experiencias agradables con la comida, estará cada vez más abierto a probar nuevos sabores y texturas. Pero para que se acerque a los alimentos con libertad, éstos tienen que estar disponibles. También es interesante que los más pequeños participen de la mesa familiar, independientemente de que hayan comido antes. Si la mesa familiar es un lugar de encuentro, de diálogo, de contacto entre padres e hijos, no importará qué come cada uno, sino qué nivel de entendimiento y de armonía circula en la familia. Ningún niño querrá perdérselo por más pequeño que sea.

Comida recubierta de sentimientos

En cambio, cuando no tenemos nada interesante para comunicarnos, cuando nos llevamos mal o estamos enojados, los padres solemos obsesionarnos con la comida, calculando qué comió cada uno y qué no, a falta de algo más interesante para intercambiar y conversar entre unos y otros.

El acto de comer es una cuestión de comunicación y de entendimiento. Si somos felices estando juntos, el niño simplemente comerá cualquier alimento natural. Pero si la tristeza, el odio, el miedo, la angustia y los enfados acumulados llenan nuestra vida, no será fácil ofrecérselo. Porque en el acto de nutrir, será esa rabia acumulada la que reinará mezclada con la comida. El niño sentirá que no puede ingerir nada, porque si abre su estómago, se llenará también de sentimientos negativos, de desesperanza y de angustia.

Si los adultos no sabemos lo que nos ocurre, o si sabiéndolo no lo comunicamos a nuestro hijo, éste permanecerá privado de comprensión respecto al mundo emocional familiar, y en esas circunstancias no será capaz de “incorporar” nada. Y comida, mucho menos.

Atender a su reloj interior

Los niños regulan el hambre de un modo más natural que los adultos. La mayoría de nosotros comemos más, mucho más de lo que necesitamos. Los niños no. Comen de acuerdo al hambre que tienen. Por eso es tan importante observarlos y no forzar una buena costumbre: la de reconocer cuándo es tiempo de comer y cuándo no.

Nos va a resultar sencillo reconocer el ritmo en los niños escolarizados:

  1. Por la mañana tienen hambre y suelen comer lo que les ofrecemos para el desayuno: generalmente lácteos y cereales.
  2. Luego comen en la escuela, no sabemos cómo ni cuánto.
  3. Cuando llegan a casa, alrededor de las cinco o las seis de la tarde, suelen estar hambrientos y, lamentablemente, como es la hora de la merienda, sólo se nos ocurre volver a ofrecerles lácteos, harinas refinadas y azúcar blanco.
  4. Un rato más tarde llega la hora de la cena, ya no tienen hambre y se generan las luchas antes descritas. Si fuésemos capaces de hacer pequeñísimos cambios en la estructura cotidiana, veríamos que sería muy sencillo, por ejemplo, ofrecer a los niños el alimento de mejor calidad justo cuando tienen hambre. Podríamos tener disponibles tartas de verduras o un bocadillo pequeño a las cinco de la tarde, cuando llegan a casa hambrientos. Comerían felices y contentos.

Si una sola vez por día ingieren alimentos nutritivos y de buena calidad, es todo lo que necesitan. A la hora de la cena, pueden tomar un pequeño plato de pasta y una pieza de fruta, o volver a cenar con sus padres si desean compartir ese momento. Así de simple.

Sin prisas y relajadamente

Estamos prisioneros de la imagen de la familia-todos-sentados-a-la-mesa, en lugar de atender las voces internas de los niños que saben perfectamente cuándo es tiempo de comer y cuándo no. La idea de “embuchar” comida en sus bocas, que hemos aprendido de las generaciones de la posguerra, sigue activa en nuestros actos cotidianos automáticos.

Generalmente, en las mesas nocturnas con niños pequeños las mujeres solemos estar enfadadas con los maridos porque han llegado tarde, los niños han estado esperando y ya están cansados. Los hombres tienen hambre y esperan comer en paz. Los niños no están interesados en la comida y quieren jugar. La televisión suele estar encendida. Todos queremos huir de allí. Si hay niños escolarizados, siempre hay alguna tarea pendiente sin terminar. Si hay bebés, alguien se tiene que ocupar de ellos.

En fin, raramente la cena familiar es un momento de encuentro; usualmente es un momento de estrés. Todo esto se simplificaría si nos otorgáramos la libertad de ofrecer el alimento a los niños cuando ellos tienen hambre manifiestamente. Ellos comerían y nadie tendría ninguna preocupación suplementaria.

¿Solos o acompañados?

Quizás aquí resida el “gran secreto”: los niños no pueden comer si están solos.

O mejor dicho: no pueden comer comida nutritiva y saludable. En cambio, sí pueden comer comida con mucho azúcar, porque el azúcar reemplaza la dulce compañía. Eso lo saben perfectamente las grandes cadenas de comida rápida cuya principal clientela son los adolescentes y niños.

La “comida basura”, adictiva por la cantidad de azúcar y harinas blancas que contiene, además de grasas saturadas, se puede ingerir sin presencia de otros.

En cambio, si los niños están atendidos y en contacto corporal; comen bien.

¿Qué sucede cuando ya no son bebés?

Si tienen dos años, o tres años, también adoran comer estando en brazos. Y si tienen cuatro o cinco años, también. Si estamos preocupados porque los niños comen poco, hagamos la prueba de tenerlos en brazos mientras nos sentamos a la mesa. Dispongamos alrededor alimentos sabrosos que puedan coger con sus manos. Se acabará el supuesto problema.

Pretender que un niño pequeño acabe su plato mientras permanece solo es una utopía y un sinsentido.

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