Noches más felices

SUEÑO INFANTIL

Noches más felices en familia

Dormir todos juntos e intentar que los niños se vayan a la cama relajados es la clave para evitar las pesadillas.

Rosa Jové

23 de julio de 2017, 09:25 | Actualizado a

"Un monstruo enorme me iba a comer..., y justo en ese momento me he despertado", te dice tu hijo mientras intentas consolarlo después de que se despertara llorando en mitad de la noche.

Ha tenido una pesadilla, o lo que es lo mismo, un sueño desagradable que recuerda. Esta alteración del sueño acostumbra a mejorar con la edad; por eso, lo único que se aconseja es tranquilizarlo, pero los padres que acuden a la consulta no lo hacen porque su hijo tenga pesadillas de vez en cuando, sino porque las tiene cada noche o siempre son las mismas.

En estos casos, las pesadillas suelen indicar que el niño vive en un estado de ansiedad latente.

Y entonces, no bastará con tranquilizarlo para evitar que se repitan.

Cómo lograr ofrecerles dulces sueños

Si compartís las últimas horas del día con calma, afecto y comunicación, irse a dormir no será un problema para los niños, sino el preludio de un descanso feliz.

El momento de meterse en la cama debería ser agradable y mágico, pero en muchos hogares no lo es. Los padres llegan estresados del trabajo y los niños de la escuela. A todos les gustaría relajarse... y, sin embargo, los padres tienen que preparar la cena, poner una lavadora... Y a los niños les gustaría jugar un rato en lugar de bañarse o estar con sus padres en lugar de irse a la cama. Así empieza un círculo vicioso en el que los padres se apresuran a acostar a su hijo cuanto antes para poder descansar, mientras que el niño intenta retrasarlo el máximo tiempo posible. Esta situación lleva a los niños a acostarse a regañadientes (y a tener noches menos felices) y a los padres a llegar agotados a la cama.

¿Es posible cambiar esta dinámica? Sí, solo se necesita simplificar las tareas previas a la hora de acostarse, así todos estaréis mucho más relajados y de mejor humor.

  • Cambio de rutinas. En general, si le regaláis a vuestros hijos días más tranquilos, ellos os darán noches más serenas.
  • Tiempo juntos. Si durante el día están menos estresados, no ven películas impactantes y pueden estar más tiempo en contacto con vosotros (fuente de tranquilidad y de bienestar para ellos), las cosas mejorarán. ¡Ya lo veréis!
  • Reducir su ansiedad. Cuando tienen miedo desde el mismo instante en el que se van a la cama, suele ayudarlos a relajarse que os quedéis con ellos hasta que se duerman o que les dejéis la puerta de la habitación abierta.
  • Comprenderlos. Nunca restéis importancia a lo que ha pasado. Ellos no quieren oír “no ha sido nada”, sino “tranquilos, estamos aquí contigo”. Si se sienten incomprendidos, todavía tendrán más miedo porque para ellos lo que ha pasado es real. Cuando ya son mayores, y son capaces de diferenciar entre la realidad y el sueño, sí que se les puede tranquilizar con un “ha sido un sueño”, pero antes no se debe hacer.

Las tardes, ¡también son para pasar buenos ratos!

Tal y como está organizada la vida hoy en día, es probable que tengáis poco tiempo para estar con los niños, por eso es un error usar esas escasas horas que os quedan de la tarde para enseñarles hábitos. Recoger la habitación, ordenar los juguetes... suelen ser tareas enojosas para los niños y provocan que estos momentos no sean todo lo agradables que deberían ser. Así que:

  • Separad las tareas. Intentad repartirlas en lugar de hacerlas todas seguidas. A un niño le resulta muy pesado bañarse, ponerse el pijama, recoger la habitación... de un tirón. Pero si lo aseamos al llegar a casa, le dejamos un tiempo para jugar, y más tarde le pedimos que recoja sus cosas, quizá se lo tome de otra manera.
  • Saltaros alguna. Si un día os dais cuenta de que todos estáis cansados, o el niño está más irritable –recuerda que él también puede tener un mal día–, quizá podáis prescindir de cualquier otra tarea “complicada”, como puede ser recoger la habitación. ¡Cuántos adultos dejan de hacer alguna labor doméstica por la noche (recoger la cocina) porque ese día están más cansados! Vuestros hijos también pueden hacerlo.
  • Olvidaros de los horarios. Hay que ser más flexibles con las rutinas. Nadie se acuesta siempre exactamente a la misma hora, ni todos los días del año lo hace en la misma cama. Las rutinas sirven para dar seguridad, pero si los estresan, no valen para nada. Los ritmos de cada niño son particulares y es importante respetarlos.
  • Un momento divertido. Para muchos niños, irse a la cama es sinónimo de que no van a seguir jugando con sus padres. Y eso no les gusta. Haced que sea agradable y veréis cómo ese momento llega sin estrés, porque se vive como unos instantes tranquilos del día, en los que lo importante no es que el bebé se duerma a toda costa, sino que duerma feliz.

Dormir juntos es mucho mejor para todos

Especialmente cuando tienen poco tiempo de vida, al descansar cerca de vosotros, los niños sienten que tienen sus necesidades cubiertas y regulan mejor su sueño y su respiración.

A menudo, cuando se comenta la posibilidad de que padres e hijos duerman juntos, las personas que desconocen el tema se suelen mostrar extrañadas, incluso algunas lo ven como algo negativo para los pequeños, sin saber que es una práctica común en nuestro planeta que realizan casi todas las culturas, incluyendo la nuestra.

Según estudios sobre el colecho –así se conoce al hecho de compartir la misma cama con los hijos–, en el mundo, un 80% de los niños duerme en compañía. Hay quien dirá que eso solo sucede en los países llamados tercermundistas, pero no es cierto. Actualmente, hay países más industrializados y avanzados que el nuestro en algunos aspectos –como Japón, Noruega o Finlandia– donde las tasas tanto de colecho como de cohabitación (dormir juntos en la misma habitación, pero no en la misma cama) son altísimas. En Japón, casi la totalidad de los niños duermen con sus padres, incluso cuando son mayores.

Y es que, si optáis por esta forma de dormir, os beneficiaréis vosotros, pero sobre todo el niño. Tener una información correcta os ayudará a plantearos todas las opciones y a tomar una decisión.

Una cuestión cultural

Los mamíferos somos una especie altricial, es decir, necesitamos el cuidado de otra persona para sobrevivir. Por eso, desde que nacemos, buscamos esa presencia para garantizarnos la supervivencia y, en la edad adulta, buscamos con quien compartir la cama para garantizar la continuidad de la especie. Estamos hechos para dormir acompañados, aunque existan personas que prefieran estar solas: son la excepción.

Compartir la cama no significa dormir todo el rato junto al niño (si no queremos). Se puede acompañar al niño hasta que se duerme, o compartir la cama cuando tiene alguna pesadilla, está enfermo o, simplemente, si él lo desea.

Otra opción muy extendida y aceptada por los padres y por sus hijos es que los hermanos duerman en la misma cama o compartan la misma habitación.

Dormir juntos tiene muchas ventajas tanto para los niños como para vosotros. Aquí tenéis algunas de las que podréis disfrutar:

  • Apenas os despertaréis, sobre todo si el bebé todavía realiza tomas nocturnas. Muchas madres optan por el sueño compartido porque ven y gozan del resultado desde el primera día: se levantan menos veces, y tanto ellas como los niños duermen mucho mejor.
  • Crearéis un vínculo más sólido entre vosotros. Está comprobado que las familias que comparten la cama y las que pasan más tiempo juntas tienen una relación más fuerte y especial entre ellos.
  • Disminuirá su ansiedad nocturna, que es motivo de frecuentes despertares y parasomnias (pesadillas, sonambulismo, terrores nocturnos...). La antropóloga Meredith F. Small afirma que, en las culturas en las que los bebés duermen acompañados, el insomnio infantil es un trastorno prácticamente desconocido y en los adultos tiene una incidencia mucho menor de la que existe en nuestra sociedad. También es importante saber que muchas veces los niños se sienten seguros durmiendo con sus hermanos.

¿En la misma cama o en la misma habitación?

Si a estas alturas del texto ya os ha entrado el gusanillo de probar esto de dormir todos juntos, tenéis que saber que existen diferentes formas de organizaros.

  • Usar la cama de matrimonio. Una de las primeras camas que puede utilizar el bebé puede ser la vuestra. Invertir en una más grande de lo normal para estar todos cómodos es una buena idea.
  • Colocar la cuna al lado. Si por las medidas de la habitación no podéis llevar esa idea a la práctica, se puede usar el espacio entre la cama y la mesilla de noche para colocar la cuna. Hay algunas que permiten sacar los barrotes de uno de los laterales y, mediante unos enganches, se unen a la cama de los padres.
  • Elegir una cuna sidecar. Se llama así a la que se acopla a la cama de matrimonio como una extensión de la misma y se puede dejar fija.
  • Poner los colchones en el suelo. Hay familias que optan por esta solución: dormir encima de tarimas o colchones. En Japón suelen utilizar futones, unos colchones delgados individuales que se colocan directamente en el suelo.
  • Compartir habitación, cada uno en su cama, si todas las opciones anteriores son inviables.

Hasta cuándo

Las estadísticas confirman que, cuando a los padres no les importa dormir con sus hijos hasta que se vayan voluntariamente a su habitación, los niños prefieren dormir con ellos hasta los tres o cuatro años de forma habitual, y hasta los cinco esporádicamente, alguna noche que tienen pesadillas o cuando están enfermos.

Si os dicen que los estáis malacostumbrando, que no es bueno..., haced oídos sordos. Todo niño sano un día u otro abandona la cama de sus padres, pero no lo presionéis, ese momento varía en función de cada niño. Cuando esté preparado, cuando se sienta seguro, él mismo os pedirá dormir en su cuarto. Tan solo es cuestión de tiempo.

Una luz tenue

Una lamparita, una pequeña linterna, la luz del pasillo... En definitiva, no dejarlos totalmente a oscuras los ayuda a sentirse más seguros y a que no tengan miedo. Así dormirán más tranquilos.

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