Nunca es tarde

CRIANZA CON AMOR

Nunca es tarde

Siempre estamos a tiempo de hacer las cosas de una manera distinta a como las hicimos en el pasado. Y para nuestros hijos, ver que rectificamos y que queremos ser cada día mejores es todo un regalo.

Laura Gutman

6 de mayo de 2017, 18:55 | Actualizado a

Un día cualquiera nos encontramos revisando nuestras acciones del pasado, y nos damos cuenta de que en la actualidad probablemente no tomaríamos las mismas decisiones ni elegiríamos los mismos caminos.

A las madres nos sucede con frecuencia: ante la llegada del segundo hijo, o del tercero, con una mayor experiencia, tenemos el deseo de cambiar las cosas. Quizá porque apareció un libro que nos permitió pensar desde otra óptica, o hemos entablado amistad con una persona que nos acerca otras maneras de observar la realidad, o estudiamos algo diferente sobre la conducta humana, o, simplemente, alguna circunstancia fortuita cambia nuestras arraigadas creencias.

En ese viraje personal, puede suceder que ya no nos guste lo que hemos hecho con nuestros hijos. Hoy no haríamos lo mismo. Hemos cambiado.

Quizá no hemos sido capaces de amamantarlos, o no los hemos cogido en brazos, o estuvimos demasiado preocupadas con otros asuntos, o hemos atravesado un divorcio controvertido cuando nuestro hijo era demasiado pequeño. Hoy miramos lo que sucedió y la forma en que nosotras actuamos ante aquellas circunstancias y no nos reconocemos. Tal vez podamos cambiar hoy, pero lo que no podemos cambiar es el pasado. ¿Nos sentimos culpables porque pensamos que nos hemos equivocado? ¿Qué podemos hacer?

Mirar lo ocurrido con honestidad

Llegó el momento de reconocer que hemos sido fieles a la comprensión que teníamos de nosotros mismos y del entorno en aquel momento. Al mirar hacia atrás, constatamos que esas formas han quedado obsoletas para nosotros.

En nuestro ser interior ya no cabe una modalidad antigua, basada en el prejuicio o el miedo.

  • Tal vez hemos sido demasiado exigentes con nuestros niños, creyendo que hacíamos lo correcto, pero alejados de nuestros sentimientos amorosos.
  • Quizá les hemos mentido y hoy son poco confiados.
  • O hemos menospreciado sus sentimientos.
  • En algunos casos es probable que les hayamos exigido obediencia y al final nos han devuelto rebeldía.
  • Incluso puede que hayamos hecho oídos sordos a sus reclamos y ahora ellos no nos escuchan.

Habitualmente, cuando esas acciones que hemos asumido en el pasado se vuelven en nuestra contra, solemos considerarlas con nuevos ojos y esperamos cambiar para que la realidad externa también cambie.

Es posible que ya hayan pasado varios años, por tanto, nos gustaría poder rebobinar la vida como si fuera una película para hacer las cosas de otro modo.

Y, claro, eso no es posible. Sin embargo, hay algo que sí es posible hacer hoy: darnos cuenta y, luego, hablar de ello con nuestros hijos.

Incluso si tienen dos años. O cinco. O catorce. O veintiséis. O cuarenta. O sesenta años. Poco importa. Nunca es tarde.

Siempre es el momento adecuado cuando humildemente generamos un acercamiento afectivo para hablar de algún descubrimiento personal, de un anhelo, de un deseo o de nuevas intenciones.

Para un niño pequeño es alentador escuchar a su madre o a su padre pedirle disculpas comprometiéndose a ofrecerle mayor cuidado y atención.

Es un regalo del cielo que nuestra madre nos relate con detalles los sufrimientos por los que hemos pasado en momentos en que ella no tenía las herramientas para protegernos.

O no lo supo hacer, o no tuvo la lucidez para reconocerlo.

Justamente, si los padres, ahora, podemos contar la historia a nuestros hijos desde un punto de vista nuevo –por ejemplo, si somos capaces de decirle: “Sé que te he desprotegido, sé que no he acudido a ti todas las veces que me llamabas porque creía que tenía que lograr que no fueras caprichoso o pensaba que la rigidez era el mejor sistema para educarte bien”, y luego añadimos:

“Pero ahora he cambiado, sé que quiero resarcirte, sé que todo lo que me has pedido era legítimo y quiero amarte y protegerte y estar atenta a tus demandas hasta que se cierren las heridas que he contribuido a generar en tu alma”–, esas palabras serán realmente un regalo del cielo para cualquier niño.

Por un lado, porque obtiene palabras que nombran aquello que ha vivido tiempo atrás; por otro, porque trazan un puente entre la madre infantil que ese niño ha vivenciado en el pasado y una madre actual más madura que quiere renovar sus contratos de cuidado y atención.

Una oportunidad extraordinaria

Sucede lo mismo si nuestro hijo ya es adolescente. Nuestra sensación de que no hay reparación posible quizá se haga presente, porque ese adolescente ya no pide estar con nosotras, e incluso rechaza nuestra presencia o cualquier propuesta, idea o pensamiento que provenga de nuestra parte. Sin embargo, para un adolescente desamparado y permanentemente enfadado, poder hablar con alguno de sus padres en una intimidad respetuosa nunca antes establecida entre ellos es una oportunidad extraordinaria.

Si tenemos un hijo adolescente, también podemos nombrarle con palabras sencillas lo que ahora hemos comprendido sobre el desamparo al que lo hemos arrojado. Podemos contarle sobre nuestras nuevas experiencias, acercamientos, ideas, propuestas o revelaciones. Claro que tendremos que acercarnos con infinita humildad y generosidad. No importa que nuestro hijo adolescente nos quiera. Lo único realmente importante es que él o ella se sientan queridos por nosotras, finalmente.

Conversaciones entre adultos

Aunque nos parezca increíble, si tenemos hijos o hijas adultos, la situación es exactamente igual.

Si hoy somos personas mayores con hijos adultos, y somos capaces de revisar nuestra historia y la responsabilidad que hemos tenido con relación al desamparo en que los hemos dejado cuando ellos dependían de nuestros cuidados maternantes, si podemos recordar nuestras acciones con modestia y comprensión, si podemos acercarles recuerdos de escenas que han sido dolorosas para todos, estas conversaciones entre adultos se convertirán en puertas que se abren para que ellos también se formulen preguntas personales.

Para un hijo adulto, vivir la experiencia de revisar con su propia madre la vida que han compartido desde una óptica genuina, sin máscaras ni prejuicios, pudiendo comprenderse mutuamente y rescatando lo verdadero que subyace en ese vínculo, es realmente un momento de gracia y de profunda comprensión de los ciclos vitales.

He descrito situaciones que podemos sanar, incluso con relación a los hijos adultos, para que nos demos cuenta de que nunca es tarde. Siempre es el instante perfecto; mucho más todavía si nuestros hijos aún son niños. Tenemos toda su infancia por delante. Mientras los niños sigan siendo niños, podemos cambiar, dar marcha atrás, probar otras modalidades, pedirles perdón, explicarles los motivos de una decisión del pasado y luego explicarles los motivos de un cambio de rumbo.

No pasa nada. Las personas usualmente no andamos en línea recta.

Una evolución personal compartida

Es muy interesante que los niños perciban que los adultos también probamos, nos equivocamos, intentamos varios caminos y damos marcha atrás hasta que, finalmente, alguna decisión funciona.

No somos menos creíbles por eso, sino todo lo contrario, ya que somos genuinos y, además, compartimos con ellos los descubrimientos, del orden que sean.

Quizá no lo supimos hacer hace un año, o hace dos, o hace cinco. Pero ahora sí. Por lo tanto, este es el momento indicado. Toda ocasión es perfecta para conversar con ellos, para mostrarles la evolución personal transitada y para compartir el cambio que uno ha decidido asumir.

No hay lección más elevada que compartir con los hijos el “darse cuenta” y la intención, la firme intención, de devenir cada día mejores personas. Incluso arrepintiéndonos o comprendiendo cuál era el sentido que tenían para nosotros las formas antiguas de relacionarnos.

Poder pensar y conversar junto a nuestros hijos sobre todo aquello que nos ha sucedido, lo que supimos hacer con ellos y lo que no supimos hacer, nos da aire y, sobre todo, libertad para cambiar y probar una nueva manera que sea más confortable para todos.

En esas conversaciones, los niños sabrán que también hay un espacio para contar las situaciones desde su punto de vista. Y, entonces, también podrán ofrecer mayor comprensión, compromiso, entrega o intercambio a favor del vínculo entre ellos y sus padres.

Definitivamente, para un hijo no hay nada más extraordinario que encontrarse con la sencilla y blanda humanidad de los padres que buscan su destino, cada día.

Pedir perdón

Es muy bello pedir perdón a un hijo por la falta de buen trato que podamos haber cometido hacia él en el pasado. Es tan sencillo como esto:

“Perdón. Ahora sé que no fui generosa contigo. Ahora reconozco que en ese momento no fui capaz de hacer otra cosa porque estaba asustada, o sola, o inmadura, o furiosa. Quiero buscar ayuda para hacerlo de otro modo. Necesito que tú me ayudes también. Estoy conversando con alguien que me ofrece recursos para tener más paciencia. Estoy conociéndome más y comprendiendo que te traje al mundo sin saber siquiera quién soy.”

“Quiero resarcirte. Quiero acariciarte todas las veces que lo desees. Quiero hacer un esfuerzo para escuchar tus deseos en lugar de estar atenta a los míos. Quiero aprender a amarte.”


Temor a ser injustos con el mayor

Es posible que nuestro cambio interno acontezca al tener un segundo bebé y nos preocupe generar diferencias entre los hermanos y que el mayor salga perjudicado. Por ejemplo: “Al primero no lo amamanté y al segundo sí”, “Al primero lo mandé a guardería a los cuarenta días y el segundo se ha quedado conmigo porque ahora trabajo a media jornada”...

¿Cómo actuamos con justicia? ¿Mejor escatimar cuidados al menor para no hacer diferencias? No, sería un despropósito. Es verdad que el niño menor quizá está recibiendo más cuidados y atención. Pero el mayor ahora también se está beneficiando de una madre dispuesta a cambiar, a ablandarse, a modificar y a integrar nuevas realidades.

Lo ideal es aumentar los cuidados para ambos. Y comprender que el mayor tal vez haga demandas desde pedidos desplazados, es decir, no del todo claros.

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