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Yayos que acompañan

El papel de los abuelos en la educación de los niños

Quien tiene un abuelo tiene un tesoro. El rol que los mayores juegan en la crianza puede ser una fuente de valores y sabiduría.

Carlos González

2 de enero de 2017, 15:45 | Actualizado a

Los abuelos son los transmisores de nuestra historia familiar, y también del valioso legado del pasado. Y sin embargo no les prestamos demasiada atención. A menudo relegamos su papel en la crianza de nuestros hijos a la mera función de canguros, cuando podría ser mucho más enriquecedor; a su lado, los más pequeños pueden hallar un cómplice con quien aprender grandes lecciones sobre la vida.

Los abuelos influyen en nuestras vidas de forma más profunda de lo que pensamos. Muchas veces de forma directa, porque tenemos la oportunidad –y habitualmente la suerte– de conocerlos. Nos cuidan y nos cuentan cuentos en la infancia, nos hablan “de sus tiempos”, muchas veces interceden por nosotros ante nuestros padres o nos aconsejan en las turbulencias de la adolescencia y la juventud. Pero, aunque no lleguemos a conocerlos, su influencia también se transmite a través de las generaciones.

El carácter, la profesión, las creencias y los valores de nuestros padres dependen en buena medida de la forma en que sus propios padres les criaron. Hay familias con fuertes convicciones políticas o religiosas, o sin ninguna convicción. Hay familias cariñosas y familias iracundas. Hay familias con cuatro generaciones de médicos o de músicos, y hay familias con cincuenta generaciones de labradores; y cuando, de pronto, surge la sorpresa, un piloto de avión o una cantante de ópera, ¿fue porque sus padres le animaron, le pagaron los estudios... o todo lo contrario, porque se rebeló contra la educación y los valores recibidos? Habitualmente construimos nuestra vida en el surco que dejaron nuestros mayores. Otras veces dedicamos nuestra vida a intentar salir de ese surco, lo que también es una forma de influencia.

Abuelos: una función especial en la crianza

Pero más allá de este legado ancestral que recae sobre toda la familia, la influencia de los abuelos puede sentirse en la vida cotidiana, y especialmente en el rol que desempeñan en la crianza de los nietos.

Tienen los abuelos fama de ser más “blandos” que los padres. Tienen más tiempo para dedicar a sus nietos, y la vida les ha enseñado a valorar el contacto humano por encima de otras cosas. No les afecta, como a muchos padres –sobre todo primerizos– la presión de sentirse responsables de la educación de sus nietos, así que pueden concentrarse en quererles.

Además, han podido comprobar con sus propios ojos que los niños crecen y que las cosas no son tan terribles como algunos las pintan: el bebé que iba a “querer ir en brazos toda la vida”, el niño “que sólo come lo que le da la gana”, la niña “que es lista pero no se esfuerza”, el adolescente huraño... son ahora padres o madres trabajadores y responsables. ¡Cuántas ocasiones perdidas por aquel absurdo miedo a malcriar! Pero con los nietos no nos va a pasar.

Transformarse con la edad

Algunos abuelos varones atraviesan una transformación aún más espectacular, pues se educaron en una cultura en que los hombres no se ocupaban de los bebés. Superando tímidamente viejos y arraigados prejuicios, disfrutan con sus nietos de un contacto que les estuvo vedado con sus hijos.

En La sonrisa etrusca, de José Luis Sampedro, el protagonista, un viejo guerrillero, vive con asombro y orgullo una transformación personal, no sólo psíquica, sino incluso física. Le ha sido dado el privilegio de convertirse, para su nieto, en mujer; de ser, más que abuelo, abuela –ignora que los aspectos físicos del cambio se deben a los estrógenos que recibe para el tratamiento de un cáncer de próstata avanzado.

En este proceso de transformación de los abuelos, se produce a veces un extraño conflicto: los padres todavía intentan criar a sus hijos como les criaron a ellos –¡es tan difícil hacerlo de otra forma! Sería casi como decirles a nuestros propios padres: “Lo habéis hecho mal, yo lo haré mejor”– cuando los propios abuelos ya han desechado sus antiguos métodos. Algunos padres se quejan de que los abuelos malcrían a los nietos: “¡Claro, todo el rato en brazos y haciéndole fiestas, y ahora la señorita no se quiere quedar en la cuna!”. Y, a veces, es posible distinguir una pizca de celos en esas quejas: “¡Fíjate, cada día le dan chocolate para merendar! Pues a mí me decían que el chocolate es malo para el hígado...”.

Según ciertas teorías, esa “blandura” de los abuelos debería llevar a los nietos a “portarse mal” y a faltarles al respeto. En realidad, suele ser al contrario: los niños pequeños reservan para sus padres las peores rabietas –probablemente porque les tienen más confianza– y, muchas veces, tratan a sus abuelos con gran deferencia: el niño de dos años que exige que sus padres le lleven en brazos hace el esfuerzo de caminar cuando va con sus abuelos artríticos; el de diez, que a menudo responde a sus padres “calla tonto” o “no quiero”, escucha las batallitas con ejemplar paciencia y obedece órdenes sencillas sin rechistar. Muchas veces se crea cierta complicidad y los niños y adolescentes confían a los abuelos secretos que ocultan a sus padres.

Testigos de la historia, arquitectos del futuro

Durante meses o años, “abuela” no es más que el nombre de una persona a la que conocemos. De pronto comprendemos, con incredulidad y asombro, que esa persona es “la mamá de mi mamá”. Entra por primera vez en nuestra mente la idea de que nuestros padres también fueron niños, y de que nosotros también nos haremos mayores. “Cuéntame cuando papá era pequeño” se convierte, entonces, en una de nuestras preguntas favoritas, para alegría de nuestros abuelos y confusión de nuestros padres.

Los pueblos que no conocen la escritura conceden un gran valor a la tradición oral. Escuchan las historias que cuentan sus abuelos con gran atención, para poder repetirlas a sus nietos palabra por palabra, o eso creen, porque, claro, las historias están vivas y van cambiando con el tiempo.

Nuestra sociedad no necesita memorizar batallitas, para eso tenemos los libros... pero, claro, los libros no los escriben nuestros abuelos. Los libros tratan de otros temas, y las tradiciones de nuestras familias se van perdiendo irremisiblemente.

Nietos y abuelos, mucho por aprender en común

Escucha a tus abuelos. No sólo oirás cosas interesantes, sino que les harás inmensamente felices. Pregúntales por su infancia, por su trabajo, por sus propios padres, por los recuerdos que aún conserven de sus propios abuelos. Si tus abuelos ya no viven, pregunta a tus padres: “¿A qué cole fuiste, a qué jugabas con tus amigas, qué libros leías? ¿Cómo te educaban tus padres, cómo educaste a tus hijos, cómo fue el día en que nació papá? ¿En qué se entretenía la gente cuando no había televisión, cómo lavaban la ropa sin lavadora, dónde guardaban la comida sin nevera? ¿Qué canciones cantaba la gente, qué películas hacían en el cine, cómo celebrabais la Navidad?”.

Y después, ¿por qué no te animas a ponerlo por escrito? No seas tímido; no necesitas ser escritor. No se trata de publicar un libro; sólo de tener un cuaderno, o unos archivos en el ordenador, algo que a su vez puedas dejar a tus hijos y a tus nietos, que les sirva de ancla ante los embates del tiempo. Porque la pura verdad es que la mayoría de nosotros pasamos por el planeta como realquilados, sin saber de dónde venimos. Algunas personas tendrían dificultades para recordar el nombre de sus cuatro abuelos, y casi nadie sería capaz de dar el nombre de sus ocho bisabuelos. La escritora belga Marguerite Yourcenar, explicando cómo se documentó para escribir sus Memorias de Adriano, comenta que, en cierto momento, comprendió con tristeza que sabía mucho más sobre la vida del emperador que sobre la de su propio padre.

Un puente entre generaciones

Nadie mejor que tú para facilitar el contacto entre tus padres y tus hijos. Los abuelos son algo más que canguros baratos y de confianza; es hermoso poder hacer algo juntos, las tres generaciones, y no limitarse a pasarse a los niños de unos a otros. No hay que olvidar que los abuelos son, a menudo, los primeros adultos con los que se relaciona un niño, después de sus propios padres. Un puente entre el núcleo familiar y el ancho mundo. Con los abuelos conocemos por vez primera otras maneras de pensar y de vivir, y aprendemos a tolerarlas y apreciarlas.

En muchas ocasiones, los abuelos también representan el primer contacto de un niño con la enfermedad, la locura o la muerte. Los niños pequeños nos sorprenden muchas veces por su comprensión. Pueden escuchar los desvaríos de la demencia sin asustarse, mostrando compasión ante el sufrimiento. Y, tristemente, otra de las grandes lecciones que pueden aprender los niños de los abuelos es la de la soledad. No sería justo hablar de los abuelos sin mencionar este espinoso asunto. Algunos, desde luego, prefieren vivir solos; se encuentran más libres y más tranquilos. Pero a otros les gustaría vivir con sus hijos y sus nietos, en una casa viva y bullente, con gritos y juegos y niños que hacen los deberes.

Hace unos años, la BBC hizo un curioso experimento: invitar a equipos de las televisiones de distintos países del tercer mundo, con todos los gastos pagados, para que hicieran reportajes sobre Inglaterra desde su propio punto de vista. Tal vez esperaban muestras de admiración y asombro ante sus poderosas industrias, sus avanzados hospitales o las ventajas de la democracia; pero no siempre fue así. Los periodistas de un país africano decidieron hacer su reportaje sobre la soledad, el abandono y el olvido en que vivían muchos ancianos; un fenómeno que les resultaba tan novedoso como tristemente sorprendente.

La voz de los ausentes

En las Coplas a la muerte de su padre, el poeta Jorge Manrique recoge un concepto muy extendido en su época, el de las tres vidas del hombre. Entre la vida del cuerpo, nuestro paso fugaz por este valle de lágrimas, y la eterna vida del alma que nos promete la religión, existe otra vida intermedia, la de la fama gloriosa –o el recuerdo–, que expresa en los siguientes versos: “Aunque esta vida de honor/ tampoco no es eternal/ ni verdadera,/ mas con todo, es muy mejor/ que la otra temporal,/ perecedera”.

Seguimos viviendo en la memoria de quienes nos conocieron y amaron. Vivimos, en cierto modo, mientras alguien nos recuerde. Creía el padre de Jorge Manrique haber conseguido, con sus hechos de armas, varias décadas de fama; pero fue su hijo quien, con unos versos de rotunda belleza, le dio una gloria casi eterna. Una nueva victoria de la pluma sobre la espada.

También tú puedes dar a tus padres y abuelos una nueva vida. Incluso los niños que no tuvieron la oportunidad de conocer a sus abuelos en persona pueden conocerlos en la historia y mantenerlos vivos en el recuerdo. Son muchas más de mil y una las noches que los padres tenemos para contar maravillosas historias a nuestros hijos. Si algunos de esos cuentos, en vez de empezar con “Érase una vez...” comienzan con “Cuando yo era pequeño...” o “Antes de que yo naciera, tu abuela Pepa...”, estaremos dando nueva vida a nuestros padres y, a nuestros hijos, un regalo inolvidable.


Cómo reforzar el rol de los abuelos en relación a sus nietos

Nadie tiene mayor influencia en la relación entre nietos y abuelos que los padres, pues se hallan en una posición intermedia y de autoridad clave. Eso requiere a veces iniciativa, a veces silencio y a veces tacto.

1. Sé flexible

No puedes pretender que los abuelos sigan al pie de la letra tus instrucciones. “Ponle el jersey, no se lo pongas, dale manzana, no le des pera, cógelo en brazos, no lo cojas, que duerma la siesta, que no duerma tanto...”. Recuerda que los abuelos han criado al menos a un hijo vivo. Decide qué cosas son realmente importantes y explícaselas con claridad; para el resto, confía en su criterio.

2. Admite las discrepancias

No siempre estarás de acuerdo con los abuelos sobre la forma de educar a tus hijos, como no estarás de acuerdo con tu pareja. Es una suerte para los niños que los adultos que les rodean puedan expresar diferentes opiniones y que no exista un poder absoluto. Por supuesto, no se debería caer en el insulto o la descalificación. Ni "esta madre tuya, seguro que no te da más que congelados", ni "no le hagas caso al abuelo, que no dice más que tonterías".

3. ¿Discutir ante los niños?

No descalificar al otro no significa que no opinemos delante de los hijos, que haya que aceptar lo que nos parece injusto sólo para no mermar la autoridad de otro adulto. No hay que tener miedo a decir delante de los niños cosas como "va, no te enfades, seguro que ha sido sin querer" o "es que es muy pequeña para recoger sola, yo la ayudaré". Por supuesto, también los abuelos (o tu pareja) podrán discutir tus decisiones.

4. Escucha sus necesidades

Por lo general, a los abuelos les encanta ocuparse de los nietos, pero algunos se sienten "usados". Por eso, para evitarles una carga excesiva, mantén un diálogo abierto con ellos y ofréceles hacer otras actividades que no se limiten a tareas y obligaciones. Ellos también disfrutan yendo a la playa, al cine u organizando los cumpleaños de sus nietos.

5. Enseña geografía familiar

Enséñales a tus hijos dónde vivieron vuestros abuelos y demás ancestros. Si podéis, emplead algunas vacaciones en visitar esas tierras. De esa manera, los niños tendrán una mayor oportunidad de vincularse a la realidad de sus mayores, situándose físicamente en el lugar donde tuvieron lugar los hechos que los abuelos narran.

6. Mantén vivo el vínculo

Si tus hijos ven que tus padres y tú mantenéis una afición en común o compartís alguna actividad, aunque sean meras conversaciones, aprenderán que ellos pueden hacer lo mismo con sus abuelos y contigo; que la familia no es sólo una fuente de satisfacción de necesidades, sino también un entramado de relaciones afectuosas que no tiene límites en su desarrollo.

7. Ante la ruptura familiar...

No todo son caminos de rosas. Hay familias rotas, peleadas, padres que no quieren hablar con los abuelos. Es probable que ahora que tienes tus propios hijos seas capaz de comprender mejor algunas de las cosas que hicieron tus padres. Tal vez sea el momento de iniciar una reconciliación. O tal vez no. Quizá no puedas perdonar a tus padres. Tal vez no quieras dejar a tus hijos con sus abuelos, para que no se repitan cosas que te dolieron. Cuando tengan edad suficiente, podrás explicarlo a tus hijos.


Para saber más

¿Qué es lo mejor de ser abuelos? (Ed. Grijalbo), de Silvia Adela Kohan, ofrece a los abuelos consejos para ejercer su papel de la mejor manera posible. Abuelos y nietos (Ed. Pirámide), de Celeste Rico, describe los diferentes tipos de relaciones que se establecen entre ambos. Manolito Gafotas (Ed. Alfaguara), de Elvira Lindo, muestra la entrañable amistad entre un abuelo y su nieto.Y otro abuelo inolvidable es el de La sonrisa etrusca (Ed. Alfaguara), de José Luis Sampedro.

Etiquetas:  Familia Crianza

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