Pequeños grandes cambios

CRIANZA

Pequeños grandes cambios

Para poder acomodarse a nuevas situaciones, nuestros hijos necesitan una buena dosis de comprensión y palabras de aliento.

Laura Gutman

14 de octubre de 2018, 07:00 | Actualizado a

La vida cotidiana nos lleva a tomar decisiones, que habitualmente son necesarias y benéficas. Ciertos pequeños cambios pueden no significar gran cosa para los adultos, pero sepamos que sí pueden alterar a los niños, porque la rutina se modifica y eso es casi todo lo que ellos tienen para aferrarse en las vivencias diarias. Es muy importante que lo tengamos en cuenta para poder apoyarlos y acompañarlos hasta que las novedades se conviertan en situaciones confiables y seguras.

Esfuerzos emocionales

Un cambio de domicilio, por ejemplo, aunque se trate de una casa más cómoda y bonita, que cuenta con una habitación especial para él –o sea, que objetivamente todo es mejor–, puede ser vivido por el niño como una pérdida, es decir, como una situación de estrés y sufrimiento.

Los niños tienen tendencia a buscar seguridad en los hechos conocidos, y los cambios son siempre un esfuerzo emocional. Por eso, aunque nosotros supongamos que estamos tomando decisiones positivas para todos, no desmerezcamos la cuota de nervios, inseguridad o rechazo que un niño pueda sentir.

Lo ideal es nombrar aquello que el niño ha perdido (su antigua habitación, por ejemplo), asegurarle que lo acompañamos en ese dolor... mientras poco a poco va aprehendiendo lo nuevo que llega a su vida. Un cambio de casa puede derivar también en un cambio de barrio, de escuela, de amigos, de atmósfera.

Pensemos que la escuela es el principal ámbito de intercambio social del niño. Si le resulta hostil, la vivencia es devastadora.

No importa qué edad tenga el niño, tomemos aquello que le sucede como algo válido. No hay una edad en la que ya “debería aceptar fácilmente los cambios”. Cuanto más apoyo reciba, mejor sabrá que los cambios vienen naturalmente acompañados de comprensión y una evaluación permanente de costes y beneficios, y éste es un ejercicio saludable para los desafíos que tenga que afrontar en el futuro.

Siempre será beneficioso para el niño contar con palabras de aliento. Siempre será un alivio saber que los adultos comprendemos lo que le sucede y que le ofreceremos recursos para que pueda despedirse de lo antiguo, tanto como recursos para aceptar lo nuevo.

¿Y si lo que cambia es su cuidadora?

La persona que cuida a nuestro hijo cumple una doble función. Por un lado, estar pendiente del niño es su trabajo, lo realiza adecuadamente y nosotros le pagamos por ello. Pero por otro, establece una relación de afecto y cariño con él, indefectiblemente. Si no lo hiciera, no podría cuidarlo, ni calmarlo cuando llora ni dormirlo cuando tiene sueño ni jugar con él cuando se lo pide.

Por lo tanto, cuando estemos obligados a cambiar de cuidador, otorguemos a ese cambio la importancia que tiene. Conversemos con el niño, démosle explicaciones y ofrezcámosle alguna compensación. Él lo merece.

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