¿Qué nos enseñan los hijos?

Maternidad feliz

Permanecer cerca de tu hijo es sanador

Te enseña justo aquello que habías olvidado (y necesitas recordar)

Laura Gutman

26 de agosto de 2016, 18:27 | Actualizado a

Sumergirnos en la vida con una sonrisa, disfrutar del contacto corporal, sanar las heridas. Los niños nos dan la oportunidad de comprendernos mejor.

A menudo, una vez que abandonamos la infancia, atravesamos por muchas experiencias –algunas difíciles, que nos hacen sufrir o inesperadas–, a tal punto que 10 o 20 años parecen un siglo. Por eso llegamos a la edad adulta con la sensación de haber dejado nuestra propia infancia muy atrás.

De cualquier manera, nos acomodamos, porque a pesar de que comúnmente se diga lo contrario, la adultez es un mejor estado para vivir.

Podemos suponer que los niños no tienen tantos problemas, y sin duda tienen menos responsabilidades... pero no necesariamente son felices. Es más, nosotros mismos probablemente estuvimos encerrados en un dolor sin comprensión y en una independencia física y emocional que nos dejó literalmente atados a las decisiones de los mayores.

Con este panorama, es muy posible que nos hayamos alejado afectivamente de nuestra infancia en particular, y de los niños en general, en cuanto empezamos a crecer.

Ahora bien, llega un día en el que tenemos un hijo.

No importa a qué edad. Importa la distancia que habíamos establecido con la niñez, la nuestra o la de otros. Porque eso es lo que nos va a ubicar emocionalmente más cerca o más lejos de las vivencias del niño.

La presencia de un niño real en nuestra vida cotidiana nos “mueve” de la comodidad de la adultez.

Ante nosotros tenemos dos caminos...

El primero es intentar por todos los medios que el niño se adapte a uno. En ese caso el niño sufrirá mucho, pero nosotros, los mayores, no tanto.

El segundo es acercarnos al niño adaptándonos a su ritmo, su mirada, su estatura, su movilidad, sus habilidades o sus imposibilidades. Para el niño será beneficioso. Y para los adultos... será incómodo al principio, pero se nos abrirá una puerta insospechada: la puerta de las sensaciones corporales, la memoria celular, el dolor o el placer, o el juego o el hambre o los sueños de nuestro niño interior.

Invitados a recordar

El niño real simplemente actúa como un ser que corre el velo de nuestras experiencias pasadas con un nivel de precisión incomparable respecto a lo que la memoria o nuestra mente podrían rescatar. Y si nos lo proponemos, acompañar la infancia de un hijo puede significar, además, recordar con nuevos recursos las vivencias propias del pasado. ¿Es necesario? Sí, siempre. Sobre todo si hemos atravesado una infancia dolorosa.

El mayor problema es que la mayoría de los individuos no recordamos la naturaleza de esos sufrimientos porque, generalmente, nuestros padres han nombrado otra cosa.

Por ejemplo, nos han dicho: “Mira cómo me sacrifico por ti”. Pero nunca han dicho: “Estás solo y eso te duele”.

Éste no es un hecho menor, porque los recuerdos se organizan en base a lo que ha sido nombrado durante nuestra infancia. Por eso es frecuente que las personas digamos con total seguridad: “Pues yo he tenido una infancia feliz, subido a los árboles”.

Es obvio que trepar a los árboles puede haber sido maravilloso. Pero la infancia no está totalmente hecha de árboles. Hay muchas experiencias vividas y olvidadas. Generalmente las más dolorosas o incomprensibles para la mente de un niño.

Cercanía y comprensión

Hoy que ya somos personas mayores, tenemos recursos para volver a recordar –o a reorganizar nuestra memoria–, gracias a la realidad palpable de los sentimientos, vivencias, miedos, experiencias, pedidos, gustos, deseos o fantasías de quienes son niños ahora. Especialmente si convivimos con ellos. Ahora bien, se requiere una actitud de cercanía y comprensión.

El lema sería “intentar ver el mundo con los ojos de ese niño”. Si lo logramos, haremos revivir a nuestro propio niño, que miró el mundo de una manera determinada, pero que en ese momento no obtuvo traducción ni mediación de los mayores. Hoy podremos traducirnos a nosotros mismos. Y de ese modo, ampliaremos nuestras percepciones y, sobre todo, nuestra sabiduría.

En algunos casos quizás hasta podamos cerrar heridas, comprendiendo a quienes en el pasado nos hicieron daño sin querer. Y si no hemos sido suficientemente amados, cuidados o protegidos, hoy necesitaremos, primero, ir al fondo de esas experiencias, para luego salir de la piel de ese niño que fuimos y comprender a nuestros padres, tíos o abuelos con sus propias imposibilidades, ignorancias, mandatos, religión o lo que fuera que los haya mantenido atrapados.

Nuestra infancia reflejada

Cuando convivimos con niños pequeños, no se trata de calcular cada situación por separado y evaluar si estamos ofreciendo a nuestros hijos algo más o menos feliz que lo que hemos recibido nosotros durante nuestra infancia. Simplemente, vale la pena “sentir”, dejarse llevar por las sensaciones de placer o disgusto hasta reconocer hacia dónde nos lleva ese camino de percepciones, porque seguramente será hacia un lugar de mayor comprensión. A veces nos vemos reflejados en nuestros hijos, que cual espejos, nos traen a la memoria ciertos sufrimientos, o algunos gustos o deseos que no hemos tenido la opción de desplegar.

Por otra parte, la presencia de los niños también nos trae liviandad, en el sentido que nuestra vida cotidiana puede convertirse en un juego permanente, en diversiones y risas, y en la observación de nosotros mismos y de los niños en situaciones graciosas. Los niños todo lo convierten en juego, y si nosotros hemos perdido la capacidad lúdica enfrascados en nuestras propias problemáticas, la manera más fácil y sencilla de recuperar la alegría y el placer por las cosas simples es acercándonos a los juegos de los niños pequeños.

Por último, los niños también nos invitan al contacto corporal. Si cuando fuimos niños no lo hemos obtenido y hemos cerrado las compuertas de nuestra piel por miedo a que alguien nos toque –o hemos hecho brotar alergias para rechazar cualquier proximidad hostil o hemos construido con los años una coraza dura sobre nuestras fronteras para distanciarnos del universo de las emociones–, tal vez los niños sean los únicos capaces de ablandar esa rigidez.

Los niños buscan el cuerpo a cuerpo espontáneamente. No le tienen miedo.

Y los adultos, si ya nos hemos acostumbrado a la distancia física y al vacío afectivo, sólo podemos apoyarnos en la ductilidad de los pequeños, en la facilidad con la que se mueven, tocan, abrazan, acarician, besan, trepan sobre unos y otros y piden cosquillas.

En algún momento, esa molestia se va a ir convirtiendo en placer. El cuerpo que sufre va a empezar a no doler. La piel querrá estar descubierta y disponible para el contacto. La tensión muscular podrá aflojar y se permitirá probar otras texturas, temperaturas, colores.

Dejar que hable el corazón

En fin, en todos los casos sin excepción, el contacto permanente con los niños pequeños nos abre el abanico de nuestras capacidades emocionales. Y quizás ésa sea la parte más difícil de todas. No tanto el hecho de tener que ocuparse y cuidar a los niños, educarlos y criarlos, sino estar dispuestos a abrir el corazón y dejar que fluyan tantas experiencias y recuerdos que han dejado huella en nuestro interior.

Permanecer cerca de los niños pequeños siempre es sanador, siempre es verdadero, siempre es un camino saludable.