El peso del dinero en la crianza

MATERNIDAD

El peso del dinero en la crianza

Cuando sólo cuidamos de nuestros hijos, un cambio sutil opera en nosotras: aunque percibamos un sueldo, no nos sentimos libres para gastarlo.

Laura Gutman

7 de septiembre de 2018, 00:26 | Actualizado a

Las mujeres tenemos cada vez mayor entrenamiento para circular en el ámbito público: estudiamos, trabajamos, ganamos dinero, administramos nuestros bienes, ahorramos, invertimos, a veces ayudamos económicamente a nuestros padres mientras intentamos aprender a convertirnos en personas cada vez más autónomas e independientes. Estas valiosas experiencias a veces operan a favor de la confianza en nuestros propios recursos, pero, al mismo tiempo, actúan en detrimento de la tranquilidad en relación a los recursos que otros puedan generar o disponer para nuestro confort.

Desde esa posición, nos emparejamos: con nuestro trabajo a cuestas, nuestra posición social, las obligaciones laborales, nuestra independencia económica y nuestra libertad. A veces, nuestra pareja también dispone de recursos materiales suficientes; sin embargo, no hacemos uso de ellos. Es lógico, ya que las mujeres modernas tenemos grabado a fuego el sometimiento del que hemos sido testigos, sufrido por nuestras madres, abuelas y antepasadas que han pagado con la totalidad de sus vidas un poco de comodidad y resguardo. Hoy en día, la mayoría de las mujeres que trabajamos preferimos cuidar nuestra autonomía para no depender de nadie ni pagar precios desproporcionados. Generalmente, logramos funcionar en un equilibrio aceptable.

Hasta que nace nuestro primer hijo.

Durante el embarazo hemos acomodado las cosas, fieles a nuestra eficacia y previsión. Suponemos que nos tomaremos cuatro meses de baja por maternidad. Si somos trabajadoras autónomas, creemos que resolviendo la mayor parte del trabajo en el hogar, podremos continuar con nuestras actividades, acostumbradas a la prolijidad y al rigor. Imaginamos que la vida cambiará un poco, pero no tanto. No se nos ocurre hacer nuevos acuerdos con nosotras mismas ni con nuestra pareja, simplemente porque no registramos ningún inconveniente.

Por otra parte, no estamos dispuestas a perder la tan anhelada autonomía ni la administración del dinero ganado por nuestros propios medios. Es decir, durante el embarazo no modificamos el modo en que ganamos ni el modo en que administramos el dinero.

Un asunto emocional

Sin embargo, una vez que el niño ha nacido, misteriosamente, extraviamos la lucidez intelectual. Nos sorprende que, habiendo sido tan puntuales, perdamos la noción del tiempo. Por otra parte, nos resulta imposible organizarnos con el bebé; no hay horarios, nuestro hijo no duerme nunca, no encontramos una hora completa para nuestros asuntos, y si por casualidad disponemos de ese tiempo, necesitamos comer, darnos una ducha o leer los titulares del periódico para recordar en qué época vivimos.

Aunque percibimos el dinero de la baja maternal, que nos corresponde legalmente, sentimos que si no generamos ese dinero, no tenemos el derecho de gastarlo a voluntad.

Y lo más llamativo es que, a veces, nuestra pareja, que se ha convertido en padre pero puede regresar a su oficina o a su actividad en las mismas condiciones que antes, no tiene registro de estas sutilezas, porque nosotras mismas no alcanzamos a percibirlas.

No nos atrevemos a utilizar el dinero ganado por el varón como si fuera propio.

En algunas ocasiones, al hombre tampoco se le ocurre dejar más dinero al alcance de la mano, sencillamente porque jamás percibió necesidad alguna por nuestra parte. Es decir, independientemente del dinero disponible que haya en el seno de la pareja, las mujeres vivimos restricciones y carencias económicas mientras nos dedicamos a nuestro bebé. Éste es un asunto emocional.

No tiene que ver con la cantidad de dinero que haya o no en nuestra cuenta del banco. Opera de un modo extraño, en relación a la sensación de no ser productivas. Estamos maternando a un niño muy pequeño y eso absorbe toda nuestra energía disponible. No tenemos cuerpo ni cabeza, ni tiempo, ni capacidad para regresar prontamente al trabajo, ni para tomar decisiones del mundo concreto. Observamos atónitas cómo viran nuestros intereses personales, mientras tratamos de acomodarnos a una nueva realidad que, sorprendentemente, resulta ser muy distinta de lo que habíamos planeado con anterioridad.

En estas circunstancias, ¿qué podemos hacer? ¿Es lógico que suframos restricciones porque momentáneamente no estamos trabajando? ¿Nos damos cuenta de que estamos pagando un precio altísimo por sostener nuestra antigua autonomía? ¿Toleraremos ser cobijadas y acompañadas por la pareja, incluso económicamente? ¿Soportaremos disfrutar del dinero de la baja maternal mientras no generamos dinero? ¿Seremos capaces de prolongar el tiempo de permanencia con el bebé sin percibir paga alguna?

Llegados a este punto, hoy en día hay dos situaciones nuevas que eclosionan cuando nace un bebé:

  1. Las parejas que han funcionado históricamente gracias a los recursos generados por la mujer: el hombre gana poco o nada. En este caso, si la mujer puérpera no trabaja, la economía familiar se deteriora.
  2. Las parejas en las que ambos ganamos dinero, pero mantenemos economías separadas.

En el primer caso, el hombre está acostumbrado a esperar, y las mujeres estamos acostumbradas a resolver.

Es muy complejo pretender cambiar una dinámica instalada desde hace mucho tiempo.

Difícilmente modificaremos los roles acordados inconscientemente desde la constitución del vínculo afectivo.

Lamentablemente, las mujeres nos encontramos con “el problema” una vez el hijo de ambos ha nacido. A veces, el hombre abandona el hogar porque ya no encuentra cobijo y resguardo de nuestra parte. Y nos guste o no, ése había sido el acuerdo básico de convivencia. El hombre se siente abandonado. Nosotras nos sentimos abandonadas. El sufrimiento es inmenso para todos.

Reconducir la situación

¿Qué puede hacerse en estos casos? Lo ideal sería comprender la lógica del emparejamiento desde el inicio, sin pretender grandes cambios y aceptando los beneficios ocultos que esos acuerdos nos habían otorgado. Es posible que hoy, con el niño en brazos, esos beneficios ya no existan, por eso estamos en crisis.

No será imposible revertir la situación, pero será menester que ambos nos miremos honestamente e inventemos una manera posible de apoyarnos. Es evidente que le toca al varón hacerse cargo de la economía en mayor medida, si tiene la madurez necesaria para hacerse responsable de la cría junto a la madre.

En el segundo caso también habrá que hacer nuevos acuerdos. Dinero hay. Lo que no hay es costumbre de compartir. Tampoco hay entrenamiento para confiar en que el otro pueda proveer sin que quedemos prisioneras de sus caprichos. Con frecuencia, el varón no registra muestras "nuevas" necesidades porque, sencillamente, nunca antes las hemos manifestado. Posiblemente, nosotras mismas tampoco las tomemos en cuenta. En todo caso, lo ideal sería que el varón se hiciera cargo económicamente de nuestras necesidades y las de la criatura. Nosotras también comemos, viajamos, tenemos necesidades personales y merecemos usar con libertad el dinero disponible, porque estamos ocupándonos momentáneamente –de forma exclusiva– del hijo de ambos. Ahora bien, esto también requiere que revisemos nuestros antiguos acuerdos y que conversemos sobre las opciones que tenemos para cambiar las cosas. Porque con un bebé en casa, nada funciona como antes.

El manejo del dinero no es un tema menor. Al contrario, es una manifestación directa de nuestros funcionamientos primarios trasladados al comportamiento adulto en la sociedad. El dinero nos remite a historias personales de so- metimiento, restricciones, poder, altruismo, egoísmos, malos entendidos, temores e inseguridades.

El dinero opera simbólicamente y funciona también como moneda de cambio afectivo. Para las mujeres es in- dispensable pensar e intercambiar con otras mujeres –y con los hombres– las trabas y dificultades que aparecen en la gestión del dinero. Tomemos en cuenta que, en términos históricos, las mujeres tenemos acceso a la administración del dinero desde hace muy poco tiempo. Por este motivo, es pertinente que nos ocupemos seriamente de este asunto, ya sea para ganarlo, administrarlo, compartirlo, usufructuarlo, invertirlo o gozarlo. Entonces quizá podamos legar a nuestros hijos una relación con el dinero y los recursos materiales más libre.

El dinero también puede constituirse en un buen maestro para nosotras.

Medir el valor del maternaje

En nuestra sociedad de consumo, cada actividad tiene un precio.

Ahora bien, la actividad de cuidar, cobijar, permanecer, ayudar, traducir, alimentar, consolar y proteger a la cría no lo tiene. Es lógico. Está ligada al amor materno, que es altruista por definición. Sin embargo, como todos necesitamos comer, cuidarnos y acceder a un confort básico, es importante hacer cuentas imaginarias para establecer acuerdos dentro de una comunidad o dentro de una familia. Las mujeres que nos convertimos en madres necesitamos recibir una compensación comunitaria −que puede no tener forma de dinero−, dentro de un intercambio que sea beneficioso para todos.

La crianza y las tareas del hogar

Es frecuente que, al tomar la decisión de abandonar nuestro trabajo para criar a los niños, sintamos que entonces tenemos que asumir la totalidad de las tareas domésticas porque “no hacemos nada y no aportamos dinero”. Falso.

Criar niños es una cosa. Realizar los trabajos de limpieza y orden en la casa es otra. Simplemente suceden en el mismo ámbito, lo que nos lleva a confundir ambas actividades.

Esta confusión nos comporta malestar, baja autoestima y desconcierto. Si nos hundimos en lo doméstico, posiblemente el niño quede más relegado que cuando trabajábamos.

Artículos relacionados