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NIÑOS MÁS FELICES

¿Por qué a mi hijo le cuesta tanto comer?

No son pocos los padres que están convencidos de que su hijo no come lo suficiente, aunque su aspecto demuestre lo contrario.

Carlos González

30 de enero de 2017, 16:17 | Actualizado a

Obligar a tu hijo a comer no sólo es inútil, también puede ser contraproducente.

Dice un proverbio inglés: “Un solo hombre puede llevar un caballo al río, pero entre 10 no pueden obligarle a beber”. Lo mismo podría decirse, para desesperación de muchas madres, de obligar a comer a un niño pequeño.

En España no mueren niños por falta de comida. Si alguno está desnutrido es consecuencia de una grave enfermedad: cáncer, sida, insuficiencia renal… Y, sin embargo, las consultas de los pediatras están llenas de madres que aseguran que sus hijos no comen. Una vez me dijeron con absoluta seriedad: “No come nada, ni ha comido desde que nació”. Y era un niño que corría sano y alegre por la sala de espera.

¿A qué se debe esta absoluta desproporción entre la cantidad de comida que un niño necesita y la que su madre cree que debe ingerir? Me temo que los pediatras hemos contribuido a ello en buena medida.

La causa de obligar a los niños a comer

Hace un siglo, los expertos recomendaban la lactancia materna exclusiva durante todo el primer año. Absolutamente exclusiva. Advertían a las madres que comenzar con otros alimentos antes del año era terriblemente peligroso. Y es cierto que, en aquella época, con agua dudosamente potable, leche no pasteurizada, y sin neveras ni camiones frigoríficos, sin duda era mucho más peligroso que ahora. Al año se empezaba con la harina; a los 22 meses, con el pescado; a los tres años y medio se podía dar fruta al niño, y a los cuatro años, verdura.

Por entonces todos los niños tomaban el pecho: los pobres, el de su madre; y los ricos, el de la nodriza. Pero en las décadas siguientes el biberón se fue extendiendo y, con él, graves déficits de nutrientes –las leches de hace 80 años no eran como las de ahora–. El zumo de naranja aportaba la vitamina C; la carne y el hígado aportaban el hierro; el pescado, la vitamina D. Las papillas se adelantaron a los ocho meses, a los cinco, a los tres, al mes…

¿Y las cantidades? Terriblemente exageradas, basadas en estudios erróneos –o en ninguno–. Hace apenas 20 años, las necesidades calóricas de los niños, según los expertos, eran un 25% mayores que las de hoy. Antes de llegar al público, aquellas cifras erróneas se redondeaban generosamente, siempre al alza.

Las madres se veían presionadas entre un médico que cada vez recomendaba más y un niño que cada vez comía menos. Tal vez de aquella época viene la curiosísima y tan extendida creencia de que no es posible dar de comer a un niño sin seguir, hasta en el más mínimo detalle, las instrucciones de un médico: si el pollo es a los siete meses o a los ocho, si en el caldo se pone apio o no se pone, si las lentejas son muy fuertes o poco fuertes, si la fruta se da a las cinco y media, si la ternera es dos días por semana o tres…

La leche es lo primero y esencial

Más tarde, a medida que los fabricantes de leche para el biberón iban añadiendo los diversos nutrientes a sus productos, las papillas precoces perdieron toda utilidad. Ya no tenían ventajas, pues ningún niño enfermaba de escorbuto o raquitismo. Pero sí que tenían inconvenientes: una peor nutrición –pues el bebé tomaba menos leche para hacer sitio a otros alimentos de menor calidad– y un mayor riesgo de alergias alimentarias. Poco a poco, las primeras papillas se fueron retrasando otra vez. Hoy en día se recomienda no dar a los bebés nada más que pecho hasta al menos los seis meses.

Cuando oigo “introducir” la fruta o los cereales no puedo evitar pensar en un supositorio. La comida no se introduce, se ofrece. Tu hijo ha sido perfectamente capaz, durante seis meses, de tomar el pecho o el biberón a demanda, la cantidad que quería y a las horas que quería –aunque todavía hay quien recomienda dar el biberón con un horario fijo cuando hace más de 30 años que los expertos recomiendan hacerlo a demanda–. Ahora, tu hijo es también perfectamente capaz de tomar plátano o pollo a demanda, la cantidad que quiera –si es que quiere algo– y en el momento en que quiera.

Platos y raciones razonables

Algunos niños empiezan a tomar las primeras papillas con entusiasmo. A veces, cantidades increíbles en relación a su tamaño. ¿Dónde puede meter medio plátano un bebé de siete kilos? Yo sería incapaz de comerme cinco plátanos de una sentada.

Los padres se mal acostumbran. Piensan, con lógica aplastante, que a los 18 meses comerá el doble que a los nueve. Pero, en realidad, los niños de 18 meses comen, como media, lo mismo que a los nueve. Y si ésa es la media, por cada niño que coma un poco más –¡pero no el doble!– tiene que haber otro que coma un poco menos. Y si, además, comen alimentos secos, concentrados, ricos en calorías –como las galletas, la carne o las patatas fritas, en vez de las papillas del principio–, necesitan un volumen menor. Para desesperación de sus mayores, alrededor del año muchos niños “dejan de comer” aunque su salud y su energía deberían convencernos de que ya han comido suficiente.

Otros niños rechazan las primeras papillas con decisión. Esto parece más frecuente entre los que toman el pecho. Probablemente se dan cuenta de que la leche materna ya lleva todos los nutrientes que necesitan y, encima, está mucho más buena. Muchos niños solamente quieren teta hasta los ocho o 10 meses, o incluso durante más tiempo.

Una vez más, su salud y energía son la prueba de que no les falta alimento. Normalmente, prefieren comer lo mismo que sus padres porque aprenden con el ejemplo y porque, a través de la leche materna, han conocido distintos sabores. Pasan de papillas, purés y cereales con sabor a vainilla y van directamente a los macarrones, las lentejas, el arroz con tomate y el pollo asado.

La clave es no imponerles la comida

No hay nada malo en darle purés a un bebé, siempre y cuando no se le obligue a comerlos. La comida alimenta lo mismo triturada que sin triturar. Pero la decisión de empezar a triturar no es del bebé –que ni siquiera imagina esta posibilidad– sino de su madre. No es justo reñirle a los tres años por hacer lo que nosotros le imponemos a los nueve meses. Si decidimos triturarle los alimentos a nuestro pequeño, debemos estar dispuestos a hacerlo durante años y sin reproches. De todos modos, ningún chico de 15 años come purés. Y si en algún caso sucediera así, ojalá ése fuese el problema más gordo a esa edad.

En definitiva, no hay que obligar jamás a un niño a comer. Ni por las buenas, con promesas, premios y distracciones; ni por las malas, con gritos, fuerza física, castigos, amenazas o chantajes emocionales. No hay que obligarle a comer porque es inútil y contraproducente, porque sólo conseguiremos que haga una bola con la carne y, finalmente, vomite. Pero, sobre todo, por respeto. Porque es tu hijo y le amas, y no quieres hacerle sufrir.


¿Triturado o aplastado?

  • Es capaz de masticar. Los niños pueden comer perfectamente la manzana rallada, las patatas o las lentejas aplastadas con el tenedor, el pollo cortado en tiras minúsculas… Pueden comer con sus deditos y, antes del año, pueden usar la cuchara con éxito variable. Claro que, triturado, come más rápido y es más fácil enchufarle la comida a la fuerza.
  • Aprovechar la ocasión. Poco antes o poco después del año, los niños desean comer solos, intentan tocar la comida, experimentar con ella, llevársela a la boca, masticar y tragar. Si se deja pasar esta oportunidad, luego, hacia los dos o tres años, es probable que no tengan interés. Se han acostumbrado a que les metan la comida en la boca y a que se lo den todo triturado. Entonces, muchas madres se quejan: “No hay manera que aprenda a masticar”, “si encuentra algo sin triturar, le dan arcadas y lo echa todo”.

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