El puerperio como lucha o como oportunidad

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El puerperio como lucha o como oportunidad

Combinar las dos realidades de las mujeres de hoy, la autonomía personal y la dedicación a la crianza, es un desafío históricamente nuevo.

Laura Gutman

13 de agosto de 2018, 07:00 | Actualizado a

Las costumbres sociales cambian a la velocidad de Internet, mientras que el tiempo que requiere el hecho materno continúa rigiéndose de modo similar a través de los siglos.

El ser humano sigue necesitando nueve meses de gestación en el vientre de la madre, otros nueve meses de dependencia absoluta hasta lograr el desplazamiento autónomo, y varios años más para la independencia física y emocional. La brecha entre la velocidad de la vida moderna y la lentitud de los tiempos de crianza nos sitúa en una contradicción cotidiana que sentimos como un mar de fondo, pero que pocas veces nombramos con claridad.

Por otra parte, las mujeres jóvenes defendemos la autonomía con la que hemos crecido. En muchos casos, nuestras propias madres nos inculcaron el valor de la libertad, especialmente cuando ellas mismas no han sido beneficiarias, por haber sido criadas en otras épocas y con otros valores.

Por eso, la libertad de decidir, el valor de hacer con nuestro tiempo lo que se nos antoje, entra en conflicto, a menudo, con la llegada de la maternidad.

Las necesidades del niño en cuanto a cuidados, alimento y presencia son urgentes, de día y de noche.

Nuestros propios deseos –que hemos defendido con pasión hasta hace poco– ya no tienen un lugar para existir.

En medio de ese caos sentimos que nos hemos convertido en seres invisibles para los demás porque, al no desplegar ninguna actividad valorada en los circuitos públicos, “desaparecemos” del mundo y, además, nosotras mismas restamos valor al hecho materno.

Así, crece dentro nuestro una profunda contradicción: estamos seguras de que amamos a nuestros bebés, pero deseamos escapar sin saber exactamente adónde desearíamos ir.

Queremos criarlos con amor pero necesitamos desesperadamente volver a ser “nosotras mismas”, o lo que creemos que es ser “una misma”.

Reconocer el ser interior

Para que este período no sea tan crítico, tendremos que reconocer que hay un malentendido compartido. Y reside en el hecho de creer que nuestro “yo” existe sólo en el trabajo.

A decir verdad, una parte de nuestro ser efectivamente se ha desarrollado allí. Pero otra parte de nuestro ser interior está escondido y permanece irreconocible para nosotras mismas. No lo hemos alimentado y tampoco lo hemos entrenado para convivir con nuestras otras partes, tan codiciadas y aplaudidas. Por eso, esa porción de “yo” está desencajada. No hay público que la valore ni que la admire.

Éste es uno de los motivos por los que –más allá de las necesidades económicas o los compromisos laborales asumidos– regresaremos al trabajo velozmente bajo todo tipo de pretextos.

El trabajo a veces nos salva. Nos devuelve la identidad perdida. Nos coloca en un estante visible y ordenado a la vista de todo el mundo.

“Somos” empleadas, secretarias, abogadas, redactoras, cuidadoras, ingenieras, bailarinas o cocineras. Poco importa. El hecho es que “somos” algo que tiene nombre y lugar para coexistir en sociedad.

Si hasta ahora sólo hemos logrado desplegar nuestra identidad en el ámbito laboral, quizás ha llegado el momento de intentar reformularla en base a nuestros recursos emocionales, buscando alternativas para permitir que crezca una identidad también en el ámbito privado, en el territorio de las relaciones íntimas y familiares.

Ahora bien, si decidimos regresar rápidamente a nuestra actividad habitual, es posible que pretendamos que el niño pequeño se adapte a la velocidad de nuestra vida.

Necesitamos que crezca lo antes posible, que se vuelva autónomo y que no nos necesite tanto.

Inversamente, si hemos decidido permanecer junto a él todo el tiempo, abandonando momentáneamente nuestra actividad, es posible que nos sintamos tan aisladas y solas, tan incomprendidas –o incluso juzgadas– que también pretendamos que el niño crezca rápido para poder regresar a la “normalidad”.

En ambas situaciones estamos “fuera de ritmo”.

Amorosas e independientes

Está claro que es necesario abordar esta problemática con conciencia, sabiendo que no es un hecho aislado, sino que casi todas las mujeres de hoy lo padecemos. Compartimos una misma concepción sobre lo que creemos que es valioso. Viviendo en una sociedad de consumo, es lógico que demos valor a lo que es cuantificable y releguemos los aspectos de la vida afectiva.

Sin embargo, el futuro de la humanidad depende de la calidad de maternaje que sepamos ofrecer a los niños, los ciudadanos del futuro.

Todo aquello que sean capaces de dar a los demás, dependerá del amor que hayan recibido hoy. Y nos compete a las mujeres encontrar una manera de cuidar, amparar y amar a nuestros hijos, sin quedar sometidas a prácticas de dependencia y maltrato históricos.

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Tecnología al servicio de la maternidad

Con un niño pequeño en brazos, las madres recientes descubrimos el aislamiento en el que podemos permanecer sin apenas darnos cuenta.

Si vivimos en una gran ciudad, los traslados son complejos. Si vivimos en un pueblo pequeño, tal vez sentimos que nuestro proceso interior es demasiado diferente a lo que aparentan vivir los habitantes del lugar. También es posible que vivamos lejos de nuestra familia, o bien no contemos con la ayuda pertinente de nuestros padres o hermanos.

Pero la tecnología puede servirnos. En Internet se han organizado muchos foros muy interesantes que brindan apoyo real, completo y adecuado.

Hay innumerables blogs de madres que quieren contactar con otras madres para compartir la vivencia de la maternidad, la experiencia del parto y la crianza. Se ofrecen buenos libros, DVD y otros materiales para que no nos sintamos tan solas ni tan diferentes. Definitivamente, Internet puede ser una herramienta de acercamiento y solidaridad.