¿Que le aportaremos cada uno?

MÁS ALLÁ DE LOS ROLES

¿Qué le aportaremos cada uno?

Las madres cuidamos atentamente de los niños y los padres se ocupan de que lo pasen bien. ¿Siempre es así? Quizá lo importante no es quién hace cada cosa, sino que nuestros hijos reciban todo lo que necesitan.

Laura Gutman

30 de abril de 2017, 00:23 | Actualizado a

¿Tiene sentido el reparto de roles clásico entre padre y madre?

Hablar de roles es engañoso, porque en la vida real cada uno de nosotros hace lo que puede. Es decir, raramente logramos acceder al rol ideal en ninguna función. Desde su punto de vista, el niño pequeño pocas veces se encuentra con una madre que le prodiga todos los cuidados, y menos veces se encuentra con un padre que lo motiva o que juega con él tanto como desea y necesita. Sin embargo, podemos abordar estas cuestiones teniendo en cuenta las necesidades de cada niño... y también centrándonos en las personas reales que somos los adultos.

Es indispensable revisar cómo funcionamos habitualmente en otras áreas de la vida. Es decir, registrar si somos más aptas para las actividades físicas, si somos mentales, si somos ansiosas, si somos perceptivas, si sabemos comunicar, si somos receptivas, si necesitamos estar en permanente actividad... ¿Nos sentimos mejor trabajando o en casa? ¿Solemos tener paciencia o no? ¿Provenimos de infancias rebosantes de cuidados o, por el contrario, hemos padecido castigos o rigideces? ¿Realmente estamos en contacto con nuestras capacidades maternantes? ¿Tenemos un contacto placentero con nuestro cuerpo? ¿Nos resulta fácil permanecer pegadas cuerpo a cuerpo con los niños? ¿Necesitamos aire y soledad para sentirnos a gusto? ¿Tenemos amigos? ¿Solemos ser explosivas? ¿Nos gusta tener razón? ¿Tenemos buenos acuerdos dentro de la pareja? ¿También respecto al dinero? ¿Somos generosas con él? ¿Nuestros padres se inmiscuyen en los asuntos de nuestra familia? ¿Tenemos demasiados problemas y esas dificultades inundan nuestras vidas?

Con todo esto quiero decir que es importante que nos planteemos –antes de discutir si está bien o no que las madres sigamos ocupándonos del rol de cuidadoras y los varones del rol de la diversión– si cada una de nosotras, las mujeres reales, efectivamente cumplimos ese rol con el nivel de satisfacción que el niño real requiere. Y por otra parte, si el hombre tiene alguna capacidad y una situación de pareja que le permiten ocuparse de motivar a los niños con relación a los intercambios sociales.

Entre los deseos y la realidad

Antes de los tres años, el padre o algún varón que ejerza el rol paterno raramente se ocupa del campo emocional del niño. No le corresponde. No es esta su función. Todo el desarrollo del área afectiva compete al ámbito femenino. Eso no significa que no pueda haber un varón con una impronta femenina fuerte que quiera, le guste y esté dispuesto a vincularse con el niño pequeño desde el cuidado sutil y cotidiano. Puede ser, ¿por qué no? Algunos hombres se sienten bien en ese lugar. Pero existe un abismo entre estas situaciones poco habituales y espontáneas y la idea generalizada que a veces construimos las mujeres de que el hombre “debería” ocuparse tanto como nosotras del cuidado de nuestros hijos pequeños. En ese punto, lamento decirlo, hay una brecha importante entre lo que “nos gustaría” y lo que realmente sucede.

Hombres y mujeres no somos iguales. Pero además, en cada pareja en particular suele haber un reparto de roles... no necesariamente opuestos. Algunas mujeres somos las personas más potentes y decididas dentro de la familia y, sin embargo, somos quienes permanecemos con los niños. En esos casos, es frecuente que convivamos con hombres que tal vez son el sustento económico del hogar, pero están desvitalizados o con poco poder de decisión con relación a las cuestiones afectivas. ¿Cómo se reparten los roles en estas circunstancias? Lamentablemente, no importa tanto lo que cada uno de nosotros hace o no hace, sino lo que algunos determinamos qué es correcto o incorrecto. Llegados a este extremo, cualquier cosa que digamos irá en detrimento del niño pequeño.

Hablando de ideales, lo ideal es que la madre y el padre –si es que estamos hablando de una pareja– se lleven bien, lleguen a acuerdos, se gusten, se admiren y les agrade el modo en que el otro se dirige a los niños, observando su creatividad y modos de resolver situaciones. Ese es el mejor reparto de roles que puede existir. Porque en la medida que el niño se sienta bien, en la medida que se sienta tranquilo y seguro porque confía en los adultos que se ocupan de él, mientras sepa que estando con ellos nada malo le puede suceder... poco importa si mamá fue más paciente o papá más divertido, o si fue al revés. Lo único que importa es el bienestar del niño.

Valorar aquello que nos gusta

En casi todos los casos, la vida no sucede según ideales, sino según las realidades que llevamos a cuestas desde tiempos remotos. Las personas adultas no estamos acostumbradas a dialogar ni a aceptar las diferencias. Elegimos a una persona para compartir la vida y tener hijos juntos, pero luego no nos gusta casi nada de lo que hace. Lo criticamos. Encontramos las debilidades más fácilmente que los recursos positivos. Y por otra parte, como si fuéramos niños hambrientos, siempre queremos más. Queremos que sean más buenos, más pacientes, más activos, más decididos, más seguros, más flexibles, más inventivos a la hora de resolver problemas, que estén más presentes. Eso es algo que podemos cambiar. Podemos empezar a observar aquello que sí nos gusta, aquello que nos enamora, aquello que tenemos deseos de complementar, de acompañar o de suavizar en la vida del otro.

Lo que nace de nuestro corazón

Es cierto que la vida con niños pequeños es agotadora. Como también lo es que habitualmente esperamos que alguien nos facilite las cosas. Por eso nos gustaría que alguna persona nos asegurara que “el otro” debería hacer aquello que necesitamos que haga. Sin embargo, de nada sirve determinar lo que es correcto o incorrecto, saludable o enfermizo, porque en esos casos entramos en batallas con nuestro cónyuge creyendo que tenemos razón, cuando, en realidad:

Dos personas somos pocas para abordar la complejidad y la demanda de los niños pequeños en el hogar.

Si hablamos de roles, lo que nos compete es ser abiertos, generosos, y comunicar qué es lo que nos pasa. Contar con palabras simples los aspectos de la vida cotidiana o de la crianza de los niños que nos resulta muy difícil asumir. Aceptar nuestras imposibilidades. Pedir ayuda con amabilidad. Reírnos un poco de nuestras autoexigencias. Ser un poco más cariñosos con nosotros mismos y no hacer lo que verdaderamente no nace de nuestro corazón. Aceptar que al otro le pasa lo mismo. Y tratar de estar juntos dentro de lo que nos propone la realidad que hemos podido construir.

Alguien que aporte ternura

Es posible que, inesperadamente, las madres nos demos cuenta de que no somos capaces de desplegar ternura hacia el niño pequeño.

Eso es así tal vez porque no lo hemos experimentado cuando fuimos niñas, porque no forma parte de nuestra cultura familiar, porque no tenemos costumbre, porque, simplemente, no es nuestra modalidad.

¿Y entonces? ¿El niño tiene que acostumbrarse porque esta es la madre que le ha tocado? Observemos si a nuestro alrededor existe alguna persona capaz de vincularse tiernamente con él. Por supuesto, nosotras nos relacionaremos con nuestro hijo con amor, pero a nuestro modo, quizá dando prioridad a una forma mental.

Si esa persona es el padre, perfecto. Si es un abuelo, está muy bien. Si es una cuidadora, también. Incluso la maestra. Todo sirve. Facilitemos a nuestro hijo el acercamiento con algún adulto tierno, blando y cariñoso.

Alguien que aporte salida al mundo

Los niños precisan también personas que hagan de puente entre el mundo interior del hogar y el mundo exterior. Más allá de la escuela o del vecindario, hay adultos que tienen la personalidad perfecta para llevar al niño a explorar fuera de la cueva. Históricamente, ese rol ha sido asumido por los varones.

Hoy en día las mujeres nos movemos en el ámbito público, por lo que es probable que también seamos nosotras quienes acompañemos a los niños en el despertar de la conciencia colectiva. Sin embargo, es importante aclarar que es difícil que sea la misma persona quien ampara hacia dentro y quien lleva y hace desplegar la valentía hacia fuera.

Los niños necesitan tener diferentes individuos alrededor. No importa si se trata de la madre, el padre, el tío, el maestro, el padrino o la vecina. Claramente, se precisan muchos individuos para acompañar el desarrollo de cada criatura que nace.

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