A qué se deben sus rabietas

CRIANZA RESPETUOSA

¿Qué podemos hacer ante una rabieta?

No, no son el desafío de un niño caprichoso, sino una demostración inequívoca de que la situación le supera. Antes de enfadarnos por su reacción, tratemos de pensar cómo hemos llegado a ella.

Laura Gutman

6 de julio de 2017, 18:03 | Actualizado a

Cuando abordamos el problema de las rabietas en los niños pequeños, tendemos a sacar conclusiones observando solo la escena de la rabieta en sí misma en lugar de mirar cómo se fue gestando o gestionando en el transcurso del tiempo.

Ese es el primer error.

Nadie aceptaría discutir si una película es buena o mala habiendo visto solo la escena final. Es obvio que tendremos que mirar la totalidad de la película para hablar con autoridad. Con los niños sucede exactamente lo mismo:

No tenemos derecho a emitir opiniones sin examinar la trama completa.

Un examen sincero

Recordemos cómo ha comenzado el día:

  • Qué pedidos ha formulado el niño.
  • A qué situaciones de adultos ha estado obligado a adaptarse.
  • Cuánto tiempo ha esperado para ser atendido.
  • Cómo ha ido modificando la modalidad de sus pedidos para lograr ser escuchado.
  • Cuántas veces ha sido tenido en cuenta.
  • Cuántas veces se ha sentido solo.
  • En qué momento hemos detenido nuestra actividad para dar prioridad a sus demandas.
  • Quién lo ha observado o quién ha jugado con él más de dos minutos seguidos.

Revisemos si está cansado:

  • Si hace horas que nadie se ha adaptado a sus necesidades.
  • Si lo hemos arrastrado a un lugar ruidoso o estrenaste...

Podríamos seguir elaborando una lista de situaciones no aptas para niños pequeños a las que los adultos los solemos someter.

Si las observamos con honestidad, nos resultará evidente que -harto de reclamar presencia, ayuda o escucha- en algún momento el niño, desesperado, coge su rabieta.

Así, gritando y arrojándose al suelo, intentará de un modo más contundente que el adulto lo tenga en cuenta.

Actuar en su favor

Lamentablemente, incluso montando una buena rabieta como último recurso, es probable que las cosas empeoren para el niño, ya que, después del berrinche, el adulto creerá que la criatura merece menos atención que antes.

Pensará que debe ser castigado por portarse de ese modo. Y así, el niño continuará estando solo, incomprendido y asustado.

Por eso, no discutamos sobre lo mal que se portan los niños, sino que revisemos la poca disponibilidad y la nula comprensión que a veces tenemos sobre sus necesidades genuinas. Y decidamos hacer algo en su favor.

¿Y qué podemos hacer ante una rabieta?

  1. Lo ideal es, primero, detener nuestra actividad.
  2. Podemos sentarnos en el suelo o ponernos a su altura, incluso invitarlo a acomodarse entre nuestros brazos –aunque tenga siete, ocho años o más– y nombrar lo que sabemos que estaba reclamando. ¿Quieres que te compre el juguete que has visto? ¿Necesitas regresar a casa? ¿Estás cansado? Lo que sea que el niño quiere, nombrémoslo.
  3. Sin prisas, ofrezcámosle alguna respuesta, y si no le satisface, busquemos un modo genuino de compensarlo.

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