La relación con la familia de tu pareja

CRIANZA CON AMOR

La relación con la familia de tu pareja

Iniciar una vida con la pareja que hemos elegido comporta convivir también con su pasado, su historia familiar y sus relaciones afectivas. El nacimiento de un niño nos pone a todos a prueba.

Laura Gutman

18 de junio de 2018, 22:04 | Actualizado a

Cuando nos emparejamos, sólo nos importa el amor. También damos especial importancia a la atracción física, a las casualidades que nos han llevado a conocernos, a la mutua admiración y a la sensación de sentirse bien en compañía del otro. Por lo tanto, un buen día decidimos convivir para que la vida cotidiana se torne más amable y placentera.

Allí donde la mayoría de los cuentos de hadas o las películas modernas terminan (se casaron, fueron felices y comieron perdices), en la vida real es donde todo comienza. Cuando decidimos vivir juntos, iniciamos el camino hacia el verdadero conocimiento del otro, incluyendo lo que nuestra pareja trae de su pasado. Ese pasado se refiere básicamente a la historia familiar y a la trama de relaciones afectivas que cada persona ha sabido tejer en su entorno.

De todas maneras, mientras somos “sólo una pareja” la familia puede no inmiscuirse demasiado, si así lo hemos decidido. Planeamos nuestra vida, tomamos nuestras decisiones... y visitamos a los padres o hermanos sólo cuando sentimos que vale la pena y cuando es motivo de alegría y satisfacción para todos. Y si surge alguna situación difícil, sabemos que al rato volveremos a nuestro nido de amor y a nuestra manera de vivir.

Sin embargo, las cosas se complican cuando nace un niño.

Definitivamente, los problemas concretos aparecen cuando hay miembros de las respectivas familias que tienen ideas preconcebidas, opiniones o pretensiones en relación a la crianza del niño pequeño, que pueden ser totalmente contradictorias con las decisiones que hemos asumido nosotros como pareja en un momento determinado.

Acuerdos particulares

Si se trata de la propia familia ascendente, todo dependerá de la relación que hemos forjado con ellos, de nuestra capacidad de aceptación, negociación o comprensión que venimos estableciendo.

Con nuestra propia familia somos libres de pagar los precios que queramos. A veces tenemos una excelente relación con nuestra propia madre, padre o hermanos, y podemos fijar con ellos acuerdos de ayuda e intercambio que redundarán en beneficios para todos. Otras veces sucede que tenemos pocos puntos en común, llevamos vidas completamente distintas, modos de pensar o actuar muy diferentes; y si nuestros padres intentan introducirse en la crianza que llevamos a cabo con nuestros hijos, sólo lograremos distanciarnos aún más.

Las cosas se complican todavía más cuando la disconformidad y la disonancia están presentes con la familia de nuestro cónyuge. Porque en principio guardamos las formas. No es nuestra pelea ni nuestra historia de discordias. En esa instancia, es imprescindible que nuestra pareja tome alguna decisión. No importa cuál. La que sea, la que le parezca adecuada, la que lo haga sentir bien. Puede ser a favor de su familia, incluso. Por ejemplo, puede suceder que hayamos decidido juntos no ofrecer gaseosa al niño, pero que nuestra suegra opine que no es tan malo que el niño pruebe “otros sabores”... y que él considere que su madre tiene razón. Será una cuestión a negociar dentro de la pareja.

En cambio, lo que resulta devastador acontece cuando nuestra pareja no interviene, dejando que las cosas tomen algún rumbo entre nosotras y su familia. En estos casos las consecuencias nunca son positivas. Porque se torna palpable un conflicto pasado del cual nosotras no formábamos parte. Esa dificultad no asumida en su momento, que el varón desplaza hacia nosotras esperando que encontremos una resolución, va a aumentar. Simplemente porque esa dinámica no nos pertenece.

Un diálogo honesto

¿Qué podemos hacer si hay desacuerdos importantes con la familia del cónyuge y él no asume ninguna actitud que alivie las tensiones? Pues conversar dentro de la pareja.

No es nuestra tarea intervenir directamente porque eso sólo empeorará las cosas. Pero sí nos compete intentar comprender lo que ocurre, cuáles son los miedos que alberga nuestra pareja, qué conflictos del pasado emergen actualizados, cuál es el rol que él ha asumido históricamente dentro de su familia, cuáles son los motivos profundos por los cuales no se atreve a contradecir a los padres, qué acuerdos hemos asumido nosotros o cuánto hemos conversado con honestidad. Y sobre todo, tener la valentía de revisar si, efectivamente, lo que nosotras creemos que han sido decisiones matrimoniales realmente han sido asumidas por ambos o han sido impuestas por nosotras, dando por sentado que nuestra pareja las compartiría.

Alianzas engañosas

En esas ocasiones, podemos constatar que hemos impuesto nuestras propias creencias, y que nuestra pareja las ha aceptado tal y como acepta dócilmente las opiniones de sus padres. Es decir, la actitud que en un caso nos “beneficia” es la misma que en otro caso nos “molesta”. Si descubrimos que los acuerdos dentro de la pareja no son tales, dialogar abiertamente puede constituirse en un ejercicio nuevo para nosotros.

En repetidas ocasiones, tener un conflicto “afuera” –como quejarnos de las ideas antiguas de nuestros suegros, o de posiciones morales o religiosas que no compartimos– nos permite no enfrentarnos a conflictos que tenemos en la pareja. Cuando hay antagonismos en otro ámbito podemos sentirnos más cerca dentro de la alianza por las ideas en común. Pero eso no nos hace comprendernos más ni nos abre las puertas para la conversación sincera.

Ahora bien, una vez que hemos determinado dentro de la pareja qué nos parece mejor en relación a la crianza de los niños, qué pedimos a nuestros padres o suegros, y también qué les ofrecemos, podremos decidir de común acuerdo si conviene que las conversaciones con nuestros suegros las abordemos estando juntos. Si estamos uno al lado del otro al asumir, explicar, dialogar con la familia de la pareja –aun cuando puede resultar violento o incómodo decir lo que nos pasa– es más fácil que la familia ascendente comprenda que esas decisiones, certeras o equivocadas, han sido asumidas por los dos miembros la pareja. Entonces la familia no caerá en el lugar común de “culpar al cónyuge”.

Superar el reto

Cuando nos sentimos bien con las familias de uno y otro, no hay conflicto. Se supone que las familias están presentes para apoyar, ofreciendo cobijo y resguardo, especialmente en períodos críticos como durante la crianza de niños pequeños. Pero cuando esto no sucede, la pareja tendrá que buscar mayor soporte dentro del vínculo matrimonial. Esto puede ser desgastante si no hay suficiente diálogo, o bien muy enriquecedor si aprendemos a conversar y a evaluar los caminos que se abren ante un supuesto obstáculo.

Lo ideal en los conflictos con las familias ascendentes es no hacer alianzas ni dividir las aguas innecesariamente, ya que todos tenemos nuestras razones. Así como nosotros tenemos nuestras propias historias y delicados equilibrios en los vínculos con nuestros padres, nuestras parejas también los tienen. Generalmente, la presencia de los niños pequeños pone de manifiesto los costados más débiles de las relaciones, y eso es verdad también en el vínculo con los propios padres. Hay una sola actitud que posibilita situaciones más felices: la intención de conversar, conversar y conversar.

O sea, decir lo que nos pasa, pero también escuchar lo que le pasa al otro.


Cuando contamos con la suegra

  • Mostrémonos predispuestas. Si nuestra suegra es la persona que está más cercanamente disponible para nosotras en estos momentos, aprendamos a amarla.
  • Recordemos que amamos a su hijo, es decir, que hay algo en el interior de ese hombre al que hemos elegido que fue amasado por sus manos en el pasado. Tiene mucho que ver con él.
  • Pongámonos en su lugar, porque tampoco debe ser fácil para ella lidiar con su nuera. El acercamiento humano, el cariño y la honestidad, hacen caer cualquier barrera ideológica o moral.
  • Nuestra suegra puede llegar a constituirse en la mujer más cercana e incondicional de nuestro alrededor en la medida que la veamos como mujer, no como enemiga.


El choque entre culturas familiares

  • Cuando la educación y la moral recibidas entran en conflicto con las de nuestra pareja tenemos que estar abiertas a aprender. Se trata de modalidades, no de falta de amor.
  • Relatar a la pareja situaciones o experiencias que den cuenta de la propia modalidad familiar –que cada uno cree que es la única valiosa– da buenos resultados. Veremos que no es mejor ni peor, sino que sencillamente origina actitudes automáticas.
  • Lo que es correcto o no respecto a la crianza de los niños obedece a parámetros o valores personales instituidos desde nuestra infancia. No vale la pena levantar barreras, sino ver qué nos hace bien y qué nos hace mal.
  • Si la pareja es de otra nacionalidad, nuestra comprensión y apertura hacia modalidades distintas deberá estar aún más a la orden del día.