El reto de construir otra familia

CRIANZA

El reto de construir otra familia

Formadas por parejas con hijos propios y los que se han tenido en matrimonios anteriores, las familias ensambladas se convierten en un territorio abierto para aprender sobre el amor y desplegar nuestra generosidad por el bien de todos.

Laura Gutman

23 de octubre de 2018, 07:00 | Actualizado a

Los tiempos han cambiado, y desde que el matrimonio ha dejado de ser un lugar sagrado, intocable e inmodificable, y mientras estemos dispuestos a asumir los cambios necesarios en busca del entendimiento y funcionamiento armónico entre dos individuos, los divorcios son y serán cada vez más frecuentes. Todos deseamos –dentro de nuestras limitadas capacidades emocionales– vínculos más nutritivos y maduros.

Por eso, cuando las cosas no funcionan como habíamos imaginado, hoy preferimos separarnos, anhelando para el futuro nuevas relaciones afectivas.

Claro, en la medida que tenemos más edad, más probabilidades hay de que nuestras nuevas parejas –o nosotros mismos– tengamos hijos. Es decir, la nueva elección de pareja, pero, sobre todo, la construcción y la dedicación que todo vínculo nuevo requiere, sucederá con la presencia y la obligatoria inclusión de esos hijos, si aún son niños.

Entonces se pondrá en evidencia el verdadero rostro de nuestra capacidad de amar.

Porque resulta que no hay solo un individuo a quien amar, sino que ese individuo viene con niños. O nosotros mismos entramos en la nueva relación amorosa con nuestros hijos. Es un profundo desafío para la inclusión afectiva.

Relaciones basadas en el altruismo

Es interesante remarcar que si tenemos amor para dar, cualquier adulto puede asumir la función dadora en relación a un niño, ya sea nuestro hijo biológico o no.

En las familias ensambladas puede aparecer abundante generosidad amorosa, pero también quedan en evidencia los egoísmos que arrastramos desde nuestras propias vivencias infantiles cuando dividimos afectivamente los hijos de nuestro cónyuge de los propios.

A veces sucede que nos emparejamos con alguien que tiene hijos, pero, sin embargo, insistimos en imaginar que no los tiene, construyendo una relación de pareja basada en creencias imposibles de sostener. Forzosamente, luego aparecerán conflictos bien concretos y reales, porque esos hijos sí que existen y tienen un vínculo real con su padre o su madre.

En la medida en que no hayamos asumido que esa relación de pareja que deseamos establecer viene con un “paquete” incluido, los malentendidos se multiplicarán. Relacionarse con hijos ajenos –tengamos hijos propios o no– requiere de nosotros el máximo grado de generosidad, apertura, altruismo y dedicación. Es un buen territorio para aprender sobre el amor.

Es verdad que nos tocan títulos poco agraciados. Madrastras o padrastros. Sin embargo, hoy en día las madrastras no solemos ser ni brujas ni feas. Los padrastros pueden llegar a ser incluso simpáticos. El trato entre hermanastros de- pende de la buena o mala relación de pareja que exista entre los adultos, quienes estamos tratando de ensamblar la familia. Porque que nos hayamos embarcado en tamaña aventura no garantiza que nos llevemos bien, que seamos amables los unos con los otros, que nos encante la idea de ocuparnos de hijos ajenos ni que seamos felices y estemos comiendo perdices. Simplemente, las cosas sucedieron así, casi sin darnos cuenta, y todos tenemos que remar para llegar a algún lugar. Ese lugar se llama armonía mínima para convivir con otros.

Los vínculos pasados siguen ahí

A pesar de las desventajas para los niños, a veces puede ser interesante pertenecer a una familia ensamblada, reconstituida, o como queramos llamarla, porque en ella suele haber mucha actividad, movimiento, amigos y puertas abiertas. Si hay diálogo y generosidad, los niños pueden vivir entre dos casas disfrutando experiencias diferentes, intensas y felices.

Pero hay otro factor que no tenemos en cuenta al formar una nueva familia... y es que compartiremos la vida –lo admitamos o no– con los ex cónyuges, el propio y el de nuestra pareja, ya que están presentes en cada exabrupto de los niños, cada enfado, cada enfermedad y cada toma de decisiones. ¡Esa es la verdadera sorpresa! Y la peor noticia es darnos cuenta de que los ex suegros también están invitados a la fiesta (a decir verdad, no estaban invitados, pero aparecieron como la humedad en la pared) y nos vemos obligados a aceptar que forman parte de la familia, para lo bueno y para lo malo.

En definitiva, ese hombre o esa mujer de quien nos hemos enamorado tiene mucho que ver con su ex pareja, porque fue con esa pareja con quien construyó vínculos, tuvo acuerdos, tuvo hijos, compartió una manera de vivir, de amar, de hablar, de generar dinero, de relacionarse con el mundo y de criar niños. Que esa pareja no sobreviviera, fueran cuales fueran los motivos, no significa que nuestro actual cónyuge no tenga nada que ver con esa persona. Si hoy en día están peleados, furioso el uno con el otro, o inmersos en divorcios controvertidos, sepamos que, incluso así, nuestra pareja está más vinculada con su ex de lo que creemos. Y esa crisis antigua, que suponemos que no nos pertenece, nos está dando la mejor información sobre la realidad emocional de la relación amorosa que estamos tratando de construir.

Respetar decisiones ajenas

Por otra parte, si nos toca vincularnos con los hijos ajenos, no tendremos más remedio que amigarnos con las modalidades de crianza que los padres de la criatura han desplegado. No importa lo que nosotros pensamos al respecto. Lo único que importa es el bienestar del niño. Importa que se sienta bien cuando esté en nuestra casa. Importa que demos prioridad a aquello que el niño reclama, aunque nosotros hubiéramos tomado decisiones diferentes, si fuera nuestro propio hijo. Desafortunadamente, es frecuente que utilicemos a los niños para librar las guerras entre adultos. Podemos pelear todo lo que queramos, pero tenemos que dejar a los niños fuera del campo de batalla.

Reconstituir familias es difícil. Creíamos que nos habíamos enamorado de una persona y que íbamos a vivir juntos para ser felices, pero resulta que nos encontramos con una realidad des- alentadora: hay niños de quienes ocuparse. Atravesando estas experiencias descubrimos que ensamblar familias implica una generosidad y una apertura excepcionales. Porque no se trata solo del amor pasional entre un hombre y una mujer, con el consecuente deseo de estar juntos. Cuando uno de los dos –o ambos– tenemos hijos, planear el futuro en común incluye múltiples variables, tantas como individuos formen parte de esta decisión tomada solo por la pareja enamorada y sin el consentimiento de los niños.

La familia ensamblada nos obliga a tolerar las diferencias, a ofrecer nuestras virtudes –la tranquilidad, la solvencia económica, el humor, una familia extendida que nos respalda sin condiciones, la simpatía, la disponibilidad para el diálogo o lo que sea que acreditemos en beneficio de todos–, porque una familia ensamblada es siempre un desafío mayor. Somos los adultos los que tenemos la obligación de cultivar el amor hacia los niños que no son propios, si pretendemos que esos niños aprendan a convivir, sean respetuosos y solidarios –ya sea con sus hermanos de sangre o de vida– y sientan, unos y otros, que están en su casa.

Una familia amorosa y acogedora

Quizás la noticia más alentadora sea que en el interior de las familias ensambladas circula mucha vitalidad. Habitualmente hay niños de edades muy diferentes, niños o adolescentes que viven algunos días en casa de la madre y otros en casa del padre, que pasan las vacaciones con unos y otros. También es bastante común que un niño desee compartir actividades en casa de la mamá o el papá de su medio hermano, ex cónyuge de su propio progenitor. Parece complicado... pero no lo es tanto.

Todo esto sucede abiertamente cuando hay apertura, cuando podemos hablar entre todos sobre lo que nos pasa. Cuando permitimos y alentamos que los niños que no son hermanos de sangre compartan actividades, que coincidan algunos días a la semana en nuestro hogar. Cuando los estimulamos a visitarse aunque no sea el día pautado legalmente. Cuando apoyamos que se llamen por teléfono, se manden correos o se encuentren en alguna red social.

Cuando buscamos a esos hermanos mayores para pedirles apoyo en una tarea de la escuela. Cuando los niños tienen la vivencia real de que son necesarios para sus hermanos del alma, y se sienten responsables y comprometidos para permanecer cerca. Cuando sienten internamente que esto es una familia, una familia amorosa y acogedora... todos nos olvidamos quién es la madre o el padre biológico de cada uno. Porque eso no tiene ninguna importancia.

La locura de viajar juntos

No es lo habitual, pero supongamos que decidimos viajar al extranjero y tenemos cinco niños a cargo. Cada uno con un apellido diferente, con autorizaciones firmadas de madres y padres diferentes, con sellados de distintas ciudades o provincias, incluso alguno nacido en el extranjero, que trae consigo una partida de nacimiento junto con una traducción legalizada y autorizaciones consulares.

Esta escena puede provocar un colapso nervioso a los agentes de cualquier aeropuerto. Pero no deja de ser divertida y jocosa para los niños, que aprenden a burlarse de la extraña situación, haciendo gala de cierta originalidad y desparpajo bajo la mirada atónita de los demás pasajeros.

Mientras, los niños demuestran vivir esta situación con bastante naturalidad, los padres prefieren pasar desapercibidos intentando parecerse a una familia normal.

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