El riesgo de creernos indispensables

MATERNIDAD

El riesgo de creernos indispensables

Si construimos nuestra identidad queriendo ser reconocidas como madres sacrificadas, cuando nuestro hijo crezca, la sensación de pérdida será inevitable.

Laura Gutman

21 de septiembre de 2018, 11:48 | Actualizado a

La creencia de que el otro no va a poder arreglarse sin nuestra presencia es habitual entre las personas que erigimos nuestra identidad en la medida que el otro nos necesita.

¿Pero es verdad? En principio, interpretamos una escena entre dos personas, como mínimo. En este caso, hay uno que juega el personaje de quien no puede resolver nada sin ayuda, y el otro juega el personaje de quien se desvive para traer solución a cuanta dificultad aparezca.

¿Acaso eso no se llama generosidad? Depende. A menudo, cada uno alimenta a su propio personaje, hasta tal punto que quien asume el papel de solucionador de problemas o cuidador de enfermos no podría vivir sin el agradecimiento y el reconocimiento permanentes por sus gigantescos esfuerzos.

Éste es un rol fácilmente asumido por las mujeres, quizás como consecuencia de siglos de represión moral y servidumbre emocional. La cuestión es que somos más las mujeres que los hombres quienes sucumbimos al placer de devenir indispensables para los demás.

Es verdad que quienes nos hacemos cargo del rol de sacrificadas pretendemos desplegar una actitud noble y desinteresada. Pero también es cierto que cuando nos apegamos a este funcionamiento, establecemos relaciones sólo en la medida en que el otro se convierta en un ser dependiente afectivamente de nosotras.

Así nos emparejamos: nos enamoramos si percibimos en el otro debilidad y necesidad de ser ayudado. Claro, tiempo después, cuando nacen los hijos, este sistema muestra sus fallos, ya que frente a la demanda de los niños pequeños, la demanda de la pareja se vuelve intolerable.

Renuncias interesadas

Sin embargo, ser reclamadas por todas partes tiene una ventaja: obtenemos la queja como modalidad de intercambio. Para las demás personas es fácil aceptar que trabajamos mucho, que nos desangramos por los demás, nos sacrificamos, nos rendimos y nos privamos de cosas por el bien del otro.

A partir de ese momento, somos reconocidas como “aquella que se sacrifica”. Pobre. Pobre mujer que renuncia a su propia vida a favor de las necesidades de sus hijos, su pareja, sus padres, sus hermanos; en fin, a favor de quien necesite algo de ella.

Si somos esa mujer que se desvive por los demás y luego se queja amargamente, prestemos atención.

Sepamos que es nuestra manera de obtener mirada. De un modo poco visible, nos nutrimos de agradecimiento, de reconocimiento o de favores. Es legítimo que lo hagamos, pero sepamos que éste es el único modo en que sabemos vincularnos, y que nosotras también obtenemos ventajas.

Incluso es posible que miremos menos de lo que creemos a quienes supuestamente estamos ayudando y, en cambio, miremos más a nuestra propia necesidad de ser gratificadas y amadas.

El problema de asumir el personaje de la sacrificada llega a un punto de máxima comodidad al convertirnos en madres. La crianza de nuestros hijos propiamente dicha nos lleva varios años de nuestra vida, esto es verdad. Pero el valor que hemos otorgado a la identidad en función del acto de maternar es fruto de una decisión personal. Una cosa es ocuparse de los hijos, estar atentas respondiendo a sus necesidades en la medida de lo posible, escucharlos y comprenderlos, acompañarlos en el crecimiento y apoyarlos en sus dificultades. Y otra cosa es anteponer nuestra necesidad de ser reconocidas, de sentirnos vivas o valiosas, en la medida en que somos indispensables para el otro.

Dicho de otro modo, si el hecho de habernos ocupado de nuestros hijos fue fruto de la necesidad de “ser alguien” dentro del hecho maternante, y si esta identidad favoreció nuestra estima y el despliegue de nuestras virtudes personales, significa que hemos dado prioridad a nuestras necesidades, no a las necesidades de nuestros hijos. Aunque ellos se hayan beneficiado con nuestros cuidados.

El síndrome del nido vacío

La angustia por seguir sintiendo que hay algo vivo en nuestro interior, siempre y cuando “el otro nos necesite y nosotras respondamos gracias a nuestros valores maternantes”, es una trampa. ¿Por qué? Porque esta dinámica vincular nos confunde mientras los hijos son pequeños, ya que, efectivamente, son seres dependientes de cuidados, cobijo y mirada. Pero una vez que crecen y adquieren autonomía, se supone que estos mismos hijos adultos ya no nos necesitan.

¿Sólo sufrimos nosotras?

Mirarnos permanentemente el ombligo y estar convencidas de que nuestras problemáticas son las más difíciles de resolver nos ciega y nos aísla, ya que de esta manera deja de importarnos todo aquello que hace sufrir a los demás. Por eso, si ése es el personaje que estamos acostumbradas a jugar, hagamos la prueba de preguntar cada mañana a nuestra pareja: “¿Qué necesitas de mí hoy?”. Observemos entonces si nos estamos enterando de dificultades y problemas que no habíamos sospechado antes, y hagamos algo al respecto.

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