Sabiduría femenina, de abuelas a madres

CRIANZA

Sabiduría femenina, de abuelas a madres

Con un bebé en brazos necesitamos solidaridad sin condiciones y ayuda sin consejos. Sólo con la sabiduría y el aliento de la abuela se consigue que la madre busque y encuentre su propio camino.

Laura Gutman

22 de junio de 2018, 12:05 | Actualizado a

Con el nacimiento de un niño todos cambiamos los roles que ocupábamos dentro del esquema familiar. Las mujeres jóvenes devenimos madres, las madres devenimos abuelas, los hermanos devienen tíos, aparecen madrinas, padrinos, bisabuelos y suegros. Y claro, cada uno tiene algo que decir respecto al bebé.

Por otra parte, en la medida que la familia nuclear va ganando territorio –especialmente en las ciudades– aparecen dos situaciones complejas y contradictorias: por un lado, las madres y los padres jóvenes estamos muy solos en la crianza de los niños; y por el otro, estamos sometidos a una avalancha de consejos, opiniones y guerras intergeneracionales defendiendo posiciones respecto a lo que se supone que es correcto hacer en relación al bebé.

Salir a la luz

En el período inmediatamente posterior al nacimiento del bebé, el vínculo que con más impacto muestra su profunda complejidad es la relación existente entre la mujer joven devenida madre y la madre de ésta devenida abuela.

No es que ese vínculo cambie con el nacimiento del niño, sino que en ese momento aparece justamente lo que siempre existió... pero que nosotras no sabíamos que existía. Para bien y para mal. Veremos que las coincidencias o dificultades manifiestas serán un reflejo de lo que ya sucedía previamente.

Abuelas satisfechas

Si como madres maduras hemos sido fieles acompañantes de los procesos de aprendizaje de nuestras hijas y hemos contado con la sabiduría suficiente para comprenderlas, acompañarlas, sostenerlas y alentarlas; constataremos los frutos de ese vínculo en pleno período puerperal. En el rol de abuelas haremos lo que siempre hicimos: acompañar, escuchar, estar atentas, estar disponibles, estar en silencio, dar ánimos, equilibrar, facilitar y cobijar. ¿A quién? A nuestras hijas que se han convertido en madres.

No es absolutamente necesario que permanezcamos totalmente disponibles para el bebé, porque si nuestras hijas logran tener las espaldas cubiertas, si se sienten suficientemente protegidas, amparadas y cuidadas, podrán ocuparse de satisfacer las necesidades de sus hijos recién nacidos perfectamente.

¿Pero no nos quedaremos con la sensación de vacío de no poder acceder a la suavidad del bebé en brazos? No, todo lo contrario: nos sentiremos plenas, porque somos mujeres satisfechas viviendo en un retiro espiritual permanente.

Estar disponibles

La ventaja de ser mujeres conscientes y maduras cuando nos convertimos en abuelas es que ahora no necesitamos alimentar al niño, sino que superamos ese rol alimentando espiritualmente a las mujeres jóvenes. La obligación que asumimos como mujeres mayores y responsables es la de iniciar a otras mujeres en la conciencia espiritual. De hecho, muchas reencontramos el sentido de nuestras vidas cuando ofrecemos la sabiduría de nuestras experiencias femeninas a nuestras propias hijas. Pero no con la intención de que elijan los caminos que nosotras hemos elegido en el pasado, sino con la esperanza de que cada mujer joven se conozca más y mejor, y sea fiel a sus propias convicciones.

En estos casos, las jóvenes pueden contar con nuestro apoyo y amparo en un momento tan complejo como es la presencia de un bebé. En nuestra función de abuelas, no opinaremos ni nos enfrentaremos a la madre reciente, sino que, por el contrario, estaremos disponibles, atentas y silenciosas, ayudando a nuestras hijas a revisar si actúan con el niño y consigo mismas en concordancia con los dictados de su propio corazón.

Abuelas necesitadas

En cambio, si antes del nacimiento hemos malgastado los días batallando contra los deseos de nuestras hijas, instalando la distancia emocional y las diferencias de criterio, sellando la desconfianza entre nosotras, esa dinámica seguirá funcionando en momentos difíciles.

Es posible que hayamos tenido vidas difíciles. Es probable que hayamos padecido épocas de posguerra, de represión religiosa, soledades y miserias. Esas experiencias nos pueden haber ampliado los horizontes afectivos o, por el contrario, quizás nos dejaron encerradas en esquemas rígidos y dolientes. Si ése ha sido el caso, los puerperios de nuestras hijas serán otro motivo para ahondar la lejanía entre ellas y nosotras.

Durante el puerperio las madres jóvenes necesitarán nuestra ayuda. Las mujeres mayores devenidas abuelas tendremos genuinas intenciones de ayudar. Pero ambas quedaremos enfrascadas en desacuerdos históricos.

Creeremos que se trata de quién tiene razón.

Lucharemos por imponer las mejores recetas para criar bebés sanos y felices. Discutiremos. Buscaremos aliados entre médicos, psicólogos o pedagogos.

Pero el sentimiento de soledad y fracaso será la única sensación compartida.

Perpetuar modelos

En estos casos, la nueva condición de abuela puede ser la peor consejera. Porque supondremos que nuestras experiencias pasadas deberían ser el modelo a cumplir por las más jóvenes. Sin embargo, ese patrón al que estamos tan apegadas sólo nos servirá para perpetuar el tipo de comunicación que hemos tenido con nuestras hijas a lo largo de la vida. Es decir, nos arrojará al mismo lugar conocido: el que nos permita seguir quejándonos de los otros, de nuestras hijas, yernos o nietos; instalándonos cómodamente en el lugar de “víctimas-a-quienes-los-demás-no-escuchan-ni-respetan”.

Así las cosas, quienes sufren más hondamente el desamparo y el vacío son las madres recientes con sus hijos pequeños en brazos. En el instante en que necesitan más ayuda sin consejos, más presencia sin amenazas, más solidaridad sin condiciones... se quedan solas defendiéndose de sus propias madres.

Confianza y aliento

Iniciarse en la maternidad sin guías confiables es árido y desesperanzador. La madre joven necesita el aval de otras madres, y especialmente de su propia madre. Ahora bien ¿qué necesita recibir concretamente?

  • Confianza. Confianza en su propio mundo interior.
  • Aliento para buscar en su propia esencia los caminos para vincularse amorosamente con el bebé.
  • Seguridad para lanzarse a descubrir sus capacidades de dar abrigo y amparo a un ser absolutamente dependiente.
  • Compañía para no perderse en el cansancio y el agobio cotidiano.
  • Generosidad para no hacerse cargo de los quehaceres domésticos y quedar liberada para dedicarse al niño.
  • Palabras que nombren las sensaciones ambivalentes de éxtasis y soledad, de pasión y locura, de amor y desesperación.
  • Abrazos y caricias para sentirse amada entre tanto llanto y tantas noches sin dormir.
  • Mensajes suaves que le aseguren que “eso” que la agobia desaparecerá.

Las puertas del paraíso

Si una madre joven puede recibir ese nivel de amor y altruismo por parte de su propia madre, se le abrirán las puertas del paraíso.

La maternidad será una experiencia suave y llevadera. Por su parte, es posible que, llegada a ese punto, la madre convertida en abuela adquiera una nueva dimensión. Es decir, la función que pensaba cumplir asistiendo a su hija quedará superada, al convertirse en una madre nutricia para las próximas generaciones.


Un universo entre mujeres

  • Casi cualquier mujer empática con el momento de la maternidad puede convertirse en una “madraza” de la mujer puérpera. Basta con tener la intención de apoyar y asistir emocionalmente sin interferir.
  • Las que actúan como sostenedoras de la madre reciente ocupan la función de madres mayores. A veces son vecinas, amigas, familiares o maestras.
  • Las mayores depredadoras emocionales también suelen ser mujeres, cuando opinan, amenazan, se escandalizan o interrumpen el equilibrio de la díada madre-bebé con argumentos discutibles.
  • Todo este mundo que rodea a la madre reciente puede ser suave y acogedor o hiriente y cargado de envidia. Sepamos distinguir entre uno y otro.


La relación con la madre ... y la suegra

  • Con nuestra madre conocemos la historia que nos une. Nada demasiado diferente va a suceder entre las dos. Pero el vínculo con la suegra es “heredado” de la pareja, y no solemos conocer la verdadera complejidad de la relación.
  • Las coincidencias o los desacuerdos con las madres podemos jugarlos con total libertad. Pero con la suegra dependemos de los códigos que nuestra pareja tenga con ella. Por eso, el abordaje de esas problemáticas se resuelven en la cama con ese señor que duerme con nosotras. Es allí donde debemos discutir, reflexionar, compartir y tomar decisiones conjuntas.

Y cuando no contamos con el apoyo que esperamos, ni por parte de la madre, ni por parte de la suegra, vale la pena contarles con palabras simples qué esperamos de ellas. No tienen por qué adivinarlo.

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