Por un parto sin sufrimiento

SIN MIEDO

El secreto de un parto sin sufrimiento

Una cosa es el dolor y otra muy distinta el sufrimiento. Sufrimos si estamos solas y nos sentimos maltratadas. En cambio, soportamos el dolor si nos adentramos en el parto acompañadas y cuidadas.

Laura Gutman

12 de marzo de 2017, 12:16 | Actualizado a

¿A qué tememos cuando vamos a tener un hijo?

El miedo es consecuencia de la desinformación y de los prejuicios que circulan socialmente. Las mujeres creemos que tenemos miedo al dolor. Pero en verdad tenemos miedo al sufrimiento. No son la misma cosa, y trataremos de reconocer las diferencias.

El dolor –tan desprestigiado en los tiempos modernos– es necesario para el recogimiento, para sumergirnos en nuestro interior y salir del tiempo y espacio reales. El dolor nos permite desligarnos del mundo pensante, perder el control, olvidarnos de las formas y de las conductas correctas. El dolor nos lleva de la mano hacia el mundo sutil, allí donde el bebé reside, y conecta con nosotras. Para entrar en el túnel del desprendimiento del bebé es indispensable dejar mentalmente el mundo concreto. Porque parir es pasar de un estadio a otro. Es un rompimiento espiritual. Y como todo rompimiento, duele. El parto no es una enfermedad que hay que curar. Es el pasaje a otra dimensión. Por más que la palabra dolor no nos guste, es pertinente decir que el del parto es soportable, siempre que éste no sea dirigido, siempre que no nos hayan introducido oxitocina sintética para acelerar las contracciones, y estemos acompañadas y cuidadas.

En cambio, el sufrimiento no se soporta. Es importante aclarar que las mujeres no sufrimos a causa de las contracciones. Sufrimos si estamos solas, humilladas, mal tratadas, amenazadas o atemorizadas. Eso es lo que nadie merece atravesar.

Es llamativo que, en relación a los partos, las mujeres permanezcamos ignorantes, temerosas y sin capacidad de hacer buenas elecciones, en contraposición a otros aspectos de nuestra vida como el trabajo, las relaciones sociales, familiares o afectivas donde nos manejamos con diversos grados de autonomía y decisión. Tenemos miedo de los partos aunque no tenemos tanto miedo para afrontar otro tipo de desafíos.

Busca en tu interior

Si supiéramos que el parto no es sólo un hecho físico que comienza con las contracciones uterinas y finaliza con el nacimiento del bebé y el desprendimiento de la placenta, y que, sobre todo, es una experiencia mística, pensaríamos de otro modo. Como hecho sexual, tenemos derecho a vivirlo en intimidad, con profundo respeto, en resonancia con nuestra historia, nuestras necesidades y deseos personales. “Intimidad” significa conectadas con nuestro ser profundo, sin valoraciones externas de “bueno” o “malo”. Cada parto debería ser diferente y único. El parto debería ser nuestro.

Ahora bien, esto es posible sólo si alguien nos ampara. Si contamos con un acompañamiento amoroso por parte de profesionales o de seres queridos dispuestos a mirarnos y a estar a nuestro servicio. Por eso es imprescindible elegir la mejor compañía para este viaje. No nos conformemos con lo que “todo el mundo elige”, con los médicos de moda o prestigiosos. Más bien todo lo contrario, lo que hay que evaluar es quién está dispuesto a cuidarnos implicándose generosamente, tanto por parte de los asistentes como de los acompañantes afectivos.

Suelta el control

Asistir un parto es una tarea muy compleja a causa de la dimensión del hecho humano. Tan inmensa y misteriosa es esta situación que la mayoría de los profesionales optamos por distanciarnos de “lo humano”, refugiándonos en la intervención, que nos calma dándonos la sensación de que “hicimos todo lo necesario”. Es tal el desconocimiento que tenemos sobre el alcance espiritual del parto y el nacimiento que imponemos horarios, fechas, tiempos, posiciones, pinchamos, medimos, analizamos y anestesiamos, de manera que todo sea concreto, palpable e indiscutible.

Casi todas las rutinas impuestas desde el ingreso de una mujer de parto en un centro médico tienen por objetivo deshumanizar el acontecimiento. Perdemos identidad, nadie nos llama por nuestro nombre, no se nos informa amablemente sobre el desarrollo del parto, se nos acuesta en una camilla incómoda y no se nos permite caminar para trasladarnos hasta la sala de partos, entre muchas otras imposiciones. Gran parte de los partos son inducidos, deliberadamente se aceleran o se apaciguan las contracciones con oxitocina sintética o prostaglandinas. Estas prácticas son tan banales que nadie las cuestiona. Constataremos luego que cuando las situaciones injustas son corrientes, perdemos la noción del respeto y la libertad.

Vuelve a tus raíces

Históricamente, las mujeres hemos atravesado nuestros partos rodeadas de mujeres con experiencia. No fue hasta el siglo XVII que los médicos ingresaron en este terreno, acostaron a la mujer embarazada para lograr comodidad en sus intervenciones y los partos comenzaron a ser tratados como enfermedades. Hoy en día esta manera de actuar está tan incorporada en la cultura occidental que no podemos imaginar un parto fuera de una institución médica. Sin desmerecer los adelantos tecnológicos, es una pena que los avances logrados gracias al conocimiento acaben volviéndose en contra de la integridad emocional de las mujeres que damos a luz.

Ahora bien, para utilizar la tecnología en beneficio de las parturientas, es necesario lograr un acercamiento humano para conocer a cada mujer en particular. Cada una tiene una historia, una elección de vida, una situación afectiva, económica y emocional única. La mejor manera de acercarnos a ella es preguntando: ¿Cómo estás? ¿Qué necesitas? ¿Qué te puedo ofrecer? ¿Tienes miedo? ¿Te duele? ¿Prefieres la compañía de alguien? ¿Estás cómoda? ¿Quieres decirme algo que yo no sepa? ¿Quién está cuidando a tus otros hijos? ¿Quieres enviar algún mensaje? ¿Tienes madre? ¿Tienes buena relación con ella?

Si hay acompañamiento humano, el parto puede ser doloroso, largo, cansado o complicado, pero se atraviesa sin miedo. En cambio, sin cobijo ni confianza, cualquier atisbo de molestia o dolor se convierten en sufrimiento y desamparo. El miedo está directamente ligado a la soledad durante el trabajo de parto. Es sobre la modalidad de acompañamiento que debemos reflexionar y cambiar.

¿Existe un lugar ideal?

En los países más desarrollados las mujeres están generando modelos autónomos y libres para parir. En Francia ha sido muy reconocido el trabajo realizado desde los años 70 por el Dr. Michel Odent en el Hospital de Pithiviers, a unos 80 km de París. En Inglaterra, Alemania y Holanda cada vez más mujeres eligen parir en sus casas acompañadas de matronas o en casas de nacimiento –que se asemejan menos a un hospital y más a un hogar–, logrando que el número de cesáreas y de intervenciones innecesarias disminuyan considerablemente. En España el fenómeno de parir en casa va en aumento gracias a la valentía de matronas experimentadas que constatan los beneficios de la tranquilidad y la intimidad para el desarrollo de los partos. Muchas de ellas están cambiando los modos de atención en grandes hospitales. También es importante el papel de las asociaciones de mujeres que trabajan desinteresadamente a favor del respeto hacia mujeres y bebés.

En Estados Unidos, la mitad de las mujeres paren en casas de nacimiento acompañadas por matronas. Generalmente, estas casas de nacimiento están asociadas a un hospital cercano por si es necesaria una intervención médica urgente.

Por un trato más humano

¿Entonces a qué deberíamos tener miedo? A la deshumanización y al mal trato por parte del personal asistente. Con frecuencia las mujeres no tenemos registro de haber sufrido humillaciones innecesarias y, por lo tanto, no solemos relatar a nuestras amigas, hermanas ni colegas, el maltrato recibido. Esto complica aún más las cosas, porque perpetuamos, sin querer, la masificación y la “cosificación” de nuestros cuerpos.

Las mujeres deberíamos parir sin el condicionamiento de las infraestructuras y sin prejuicios ni prisas del equipo asistente. Las salas de parto deberían ser lugares amenos donde las parturientas pudiéramos gritar a gusto, descansar, estar en intimidad con la pareja, o con quienes deseemos, y pedir las ayudas que realmente necesitemos. Los sistemas de atención deberían recordar que el acto de parir puede no rozar los actos médicos, y que la mayoría de partos pueden ser acompañados como lo que son: procesos sanos y naturales de la vida sexual y emocional de las mujeres. Por eso, tendríamos que tener miedo a la falta de respeto, a la imposición y a la masificación.

No es el bebé quien lastima a la madre en el pasaje por el canal de parto. Son estas rutinas innecesarias que están especialmente enraizadas en las salas de parto del mundo occidental.


Habla sinceramente con otras mujeres

Es muy llamativo que las mujeres olvidemos el maltrato durante el parto y recordemos la alegría de tener al bebé en brazos. Por eso, raramente las mujeres embarazadas escuchamos relatos fieles sobre las rutinas e intervenciones innecesarias de las mujeres que ya han parido. Preguntar específicamente sobre estas cuestiones nos servirá para aprovechar su experiencia.

Tras hablar honestamente con otras mujeres que ya han vivido el nacimiento de un hijo tendremos más posibilidades de elegir un buen trato por parte del equipo médico que nos asista, de recibir cordialidad, amabilidad, respeto, consideración y cortesía. Nada de esto debería ser algo insólito. Es lo que exigimos habitualmente en cualquier otra situación de la vida cotidiana.

Indaga bien sobre el equipo médico

Preguntar al médico sobre las costumbres y modalidades de atención al parto es un derecho que tenemos las mujeres embarazadas para decidir con quién o dónde queremos ser asistidas.

Preguntas para él:

  • ¿Espera a que el parto se desencadene espontáneamente aun cuando haya pasado la fecha probable de parto?
  • ¿Utiliza prostaglandinas u oxitocina sintética para acelerar las contracciones?
  • ¿Tolera que esté acompañada por quien yo quiera?
  • ¿Qué porcentaje de cesáreas realiza entre sus pacientes?
  • ¿Realiza sistemáticamente episiotomías?
  • ¿Permitirá que me mueva libremente?
  • ¿Cuándo conoceré a las matronas que me asistirán durante el trabajo de parto?
  • ¿Cuántos partos asiste cada mes de promedio?

Posibles preguntas para ti misma:

  • ¿Es amable durante las consultas rutinarias?
  • ¿Es amenazador?
  • ¿Sabe más datos de mi vida personal?
  • ¿Tenemos buena comunicación durante las consultas?
  • ¿Recuerda mi nombre?
  • ¿Le tengo miedo?

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