El sentido de la Navidad

CRIANZA CON AMOR

El sentido de la Navidad

Cada familia la vive a su manera. Pero, seguramente, si nos regalamos palabras de agradecimiento, sonrisas, recuerdos y canciones compartidas, en un espacio de intimidad adecuado a los más pequeños, serán unas fiestas inolvidables.

Laura Gutman

11 de diciembre de 2018, 07:00 | Actualizado a

Cuando recordamos los festejos de Navidad y Año Nuevo y las visitas de los Reyes Magos sucedidos durante nuestras infancias, conectamos con una época en la que la ilusión duraba un año entero. Las noches se perpetuaban mientras escribíamos nuestras cartas con esmero, esperando que esos seres mágicos vestidos de terciopelo atendieran nuestros anhelos. Y en esas cartas a veces escribíamos “que el abuelo se cure” o “por favor, que este año pueda ver la nieve”, y también “quisiera un hermoso vestido”. Claro que había pedidos de regalos costosos, imposibles de ser adquiridos por personas de carne y hueso como los padres de uno. Por eso ponerlos por escrito era fascinante. Si por casualidad se cumplían, era por gracia de un ser superior.

Más allá del sentido religioso que podían tener para las personas mayores, las fiestas eran pura felicidad para los niños, porque todo brillaba como en un cuento de hadas. Era el momento de cumplir algún sueño, se respiraba alegría y esperanzas, y hasta teníamos la fantasía de que todos éramos un poquito más buenos. Y la alegría era inmensa al recibir finalmente un regalo. Uno. Inolvidable.

Del exceso y la falta de encanto

Hoy la magia seguramente tiene más relación con Internet que con descubrir a Papá Noel depositando los regalos en el árbol de Navidad. Los hechizos duran apenas unos segundos mientras nos apabulla la publicidad en la televisión. El consumo desenfrenado nos somete a comprar y comprar y comprar muchos regalos costosos para llenar hasta arriba los camellos de los Reyes Magos, y quizás para sentir algo más de bienestar.

Regalos para los niños, para los grandes, para los ancianos, para los vecinos, para los sobrinos y los nietos y las nueras y los yernos y los hermanos. Todos compramos muchos regalos y usamos nuestras tarjetas de crédito hasta el límite para cumplir un ritual de hartazgo de juguetes y ropas y zapatos y electrónica y ordenadores y vacaciones y objetos de todo tipo.

Los niños entonces entienden que en eso consisten las fiestas. Pretendemos recordarles que festejamos el nacimiento del Niño Jesús o la adoración de los Reyes Magos de Oriente, pero esa idea la podemos sostener apenas unos instantes. Luego queremos saber quién regaló qué, quién se olvidó, quién cumplió con todos, cuántos y qué tipo de regalos recibieron nuestros hijos, y si nuestra familia ha sido justa en el reparto de obsequios. También comemos con exageración. Y brindamos y bebemos más que de costumbre. Y nos vamos a la cama.

Si ésa ha sido la realidad durante los últimos años de festejos familiares, quizás podamos hacer pequeños movimientos que nos satisfagan más y, sobre todo, que llenen de sentido esas noches tan especiales, especialmente si pensamos en la ilusión de nuestros hijos.

Tal vez podamos volver a cierta intimidad, reunirnos con pocas personas muy allegadas y regalar a cada uno un escrito colmado de agradecimientos por cada una de las actitudes que han tenido con nosotros. Si nos atrevemos, podemos ofrecer una poesía cariñosa. Incluso preparar la comida preferida de algunos. O el pastel que más disfrutan otros. Y para los niños, claro que habrá algo fuera de lo común, algo soñado, esperado, imaginado y, en lo posible, no muy caro.

Los niños tienen derecho a recibir una carta llena de afecto de su madre o su padre. Unas palabras que nombren lo orgullosos que sus padres están de ellos. Y una hermosa carta escrita por Papá Noel felicitándolos por sus virtudes, firmada con letra dorada. Puede haber un canasto con nueces, golosinas y chocolates. Un álbum de fotos o una carpeta con dibujos que los padres hicimos cuando éramos niños, y que Papá Noel encontró entre sus tesoros. Alguien puede regalar un breve concierto de piano o una pieza tocada en flauta dulce. Otros pueden ofrecerse a cantar una canción o enseñarla a grandes y pequeños, y luego cantarla en canon todos juntos. Podemos sacar los álbumes de familia y mirar fotos viejas durante horas, recordando qué jóvenes éramos todos, y los niños descubriendo a sus abuelos con cabello, a sus padres siendo ridículamente niños, y a novios y novias que quedaron en el olvido. Hay familias donde quizás algunos de sus miembros se atrevan a danzar juntos alrededor de la mesa cogidos de la mano.

En otros ámbitos, será divertido ofrecer a los comensales dos minutos de tiempo para pedir un deseo en voz alta, de modo que todos estemos comprometidos y se haga realidad. Podemos jugar a que sean los niños quienes sirvan los platos y quienes nos digan por una vez que tenemos que sentarnos bien a la mesa y comer en silencio. Y desde ya, podemos guardar silencio. Pensar. Meditar. Rezar. Ponernos las manos en el corazón.

Darnos cuenta de que estamos juntos. Regalar sonrisas a los niños. Contarles algo relativo al nacimiento de cada uno de ellos, al modo en que recordamos haberlos recibido, relatar pequeñas anécdotas de cuando eran bebés. En fin, cualquier gesto amoroso, cargado de ilusión y respeto, que nos recuerde por qué estamos juntos, es perfecto para un verdadero día de fiesta compartida.

Actuar según nuestros deseos

¿Y si hay familiares que no están dispuestos a modificar las rutinas ya probadas y repetidas de años anteriores? No pasa nada. Pero hay algo que sí podemos hacer: revisar si el modo en que históricamente hemos celebrado estas fechas encaja ahora con nuestra realidad. Por ejemplo, evaluemos si vale la pena estar lejos de casa hasta altas horas de la madrugada si tenemos bebés muy pequeños, o si es saludable someterlos a ruidos y música inadecuados. Observemos si nuestros niños se sienten cómodos entre familiares que ven una sola vez al año.

Registremos si estamos arrastrando a nuestros cónyuges a ciertos circuitos donde no son bienvenidos o se sienten incómodos. Examinemos si nuestro deseo está alineado con nuestras acciones, o si seguimos costumbres obsoletas, como cenar desde hace siglos en casa de una rama de la familia porque siempre ha sido así y nunca nadie lo ha cuestionado. En cualquier caso, podemos mirarnos, mirar a nuestra pareja y, sobre todo, mirar a nuestros hijos y evaluar si hemos organizado las fiestas de acuerdo a nuestra realidad familiar o según los mandatos establecidos.

Sin ninguna duda –si hemos perdido el sentido profundo de estas reuniones–, los niños no tardarán en manifestar su incomodidad a través de enfermedades, llantos o enfados. Si se diera este caso, en lugar de castigarlos por su comportamiento, examinemos si hemos arrastrado a toda nuestra familia a un sitio sin sentido, justo cuando era momento de encontrarnos con nosotros mismos.

Sueños vestidos de realidad

Las Navidades y el día de Reyes pueden volver a ser mágicos. Todos los adultos estamos en condiciones de ofrecer a los niños pequeños una noche especial, fuera de lo común, llena de sorpresas y de encanto. Es una sola noche al año. Todas las demás noches estamos cansados, hartos de nuestra rutina, enfadados con los niños y enfadados con los mayores.

Y ese hastío no hay juguete que lo transforme.

¿Cómo lo logramos? Podemos elaborar una lista que incluya todas las situaciones banales que hemos padecido en años anteriores: discusiones familiares, compromisos asumidos sin responsabilidad, desacuerdos históricos, lejanía, desencuentros en los horarios o lo que sea que nos haya resultado complejo o desagradable. A continuación, confeccionemos una lista “ideal” con las situaciones que nos gustaría reproducir, aunque resulten inalcanzables: que mi madre viaje especialmente y quiera visitarnos en nuestra casa, que lo festejemos por la tarde para que los niños puedan dormirse en cuanto lo necesiten, que toda la comida sea saludable, que no haya ruido, que los abuelos se muestren cariñosos con sus nietos, que tengan paciencia con ellos. En fin, un ejercicio de pura imaginación que vale la pena poner por escrito, al menos para saber qué es lo que nos gustaría que pasara en una vida ideal, aunque parezca lejana.

Por último, comparemos las dos listas y compartamos esos escritos con nuestra pareja –si tenemos una– o con la persona más allegada afectivamente. Seguramente, con algo de creatividad y buena voluntad, se nos ocurrirán muchas opciones posibles. No serán perfectas, tampoco inalcanzables, pero nos permitirán atravesar las fiestas alineados con nuestro momento vital y respetando el cuidado de nuestros hijos pequeños. De este modo, convertiremos aquellas soñadas Navidades infantiles en realidades palpables y actualizadas.

Cómo podemos disfrutar los mayores

A veces llegamos al día de Navidad, Año Nuevo o Reyes totalmente agotados. Hemos cumplido con la organización de las comidas y las cenas. Hemos comprado todos los regalos. Hemos puesto la casa en orden. Los arreglos florales y los adornos están en su sitio.

Pero somos nosotros, los adultos, quienes nos hemos olvidado de nosotros mismos. De nuestras necesidades y de nuestro placer personal. En esas condiciones, probablemente no tengamos ganas de festejar nada. Y luego, sin darnos cuenta, desparramaremos nuestro mal humor sobre los demás.

Si eso sucede, intentemos poner las cosas en su justo lugar: detectar qué movimientos tenemos que asumir indispensablemente para las celebraciones en familia y cuáles no. Aquello que no sea imprescindible, abandonémoslo.

Cómo pueden disfrutar los niños

Los niños necesitan, en primer lugar, que sus biorritmos sean respetados. En la medida que el sueño, el hambre, el cansancio o el tiempo de reposo sean tenidos en cuenta, los niños podrán disfrutar de casi cualquier situación, siempre y cuando estén bien acompañados.

Será necesario revisar que los estímulos no resulten exagerados para su edad: ni sustos, ni gritos, ni demasiados rostros desconocidos en una vorágine de ruido. Si podemos ofrecer un ámbito de amparo y relativa comodidad, el niño será capaz de disfrutar de lo que acontezca, aunque sea algo totalmente nuevo: un sitio desconocido, personas nunca antes vistas, niños diferentes, un clima diverso o comida con sabores novedosos.

Los niños pueden aprovechar un clima de alegría y diversión en la medida que conserven la seguridad otorgada por la mirada comprensiva y cercana de sus padres.

Artículos relacionados