Más tiempo juntos

POR UN PERMISO DE MATERNIDAD MÁS LARGO

Separarte de tu bebé no es lo mejor

Las criaturas separadas de su madre multiplican por dos los niveles de cortisol. El objetivo debería ser tener permisos de maternidad de dos años, como mínimo.

Jesús García Blanca

3 de abril de 2017, 08:55 | Actualizado a

El psiquiatra revolucionario y pionero de la crianza ecológica, Wilhelm Reich, escribió en 1950:

“La civilización comenzará el día en que la preocupación por el bienestar de los recién nacidos prevalezca sobre cualquier otra consideración”

¿Ha llegado ese día? Organizaciones internacionales han aprobado declaraciones y convenciones recogiendo los derechos de los niños, pero a la hora de la verdad ¿prevalecen esos derechos sobre las necesidades de los adultos?

Veamos algunos datos. Según el Instituto Nacional de Estadística y Eurostat, el 52% de mujeres no consiguen un trabajo si están embarazadas. Hace tiempo que se acuñó el término “mobbing maternal” para referirse al acoso sistemático que sufren algunas mujeres en el mundo laboral cuando se quedan embarazadas, y el cual tiene un efecto disuasivo sobre otras mujeres, según comentan los especialistas.

Más datos para la reflexión: en España, la tasa de escolarización de niños entre tres y cinco años, cuando aún no es obligatoria, es del 100%. Por debajo de esa edad, los porcentajes de 2012 son del 49,8% para los de dos años, 31,8% para los de un año y 9,7% para los menores de 12 meses, todos ellos con tendencia al alza.

¿Esto es conciliar?

En España, los permisos por maternidad solo son de 16 semanas, y una parte puede ser cedida al padre.

¿Puede llamarse conciliación familiar a la separación del bebé de su madre? ¿Qué consecuencias tiene esta costumbre institucionalizada en las sociedades modernas? ¿Existe algún conocimiento de la naturaleza humana que permita o aconseje esta separación?

A continuación veremos qué nos dice la biología, la psiquiatría y las neurociencias para que podamos comprender que esto debería ser una exigencia básica a los responsables públicos, pero que también es importante que empecemos a interiorizarlo personalmente. Es parte de la aportación que cada uno de nosotros podemos hacer a la construcción de una sociedad mejor, más armónica, más justa y más feliz: los bebés deben permanecer en su hábitat natural, que es el cuerpo de la madre, hasta al menos los dos años, e idealmente hasta que inicien espontáneamente su etapa de socialización, en torno a los tres años.

Aún depende de ti

En 1940, Reich impulsó la creación del Centro de Investigación Orgonómica Infantil, en el que por primera vez en la historia se estudió al niño sano, es decir, al niño autorregulado nacido en condiciones armónicas de concepción, embarazo y parto. De este modo pudo confirmar sus teorías sobre el origen del sufrimiento humano a partir de los trastornos que se producían en la gestación y los primeros años de vida, en particular a lo largo del primer año, el cual denominó “periodo crítico biofísico” y durante el que el recién nacido continúa siendo un “feto” a nivel biológico que depende de la madre para su desarrollo y maduración.

La investigación biológica desde la década de los noventa viene confirmando los hallazgos y las intuiciones de Reich. Para empezar, todos los mamíferos, incluyendo al humano, mantienen una serie de programas neurológicos idénticos, regulados por su cerebro arcaico y en conexión con mecanismos endocrinos muy similares en todas las especies, cuya finalidad es satisfacer las cuatro necesidades biológicas básicas: oxígeno, nutrición, calor y protección, todas ellas cubiertas mientras estuvo en el útero materno.

Una vez en el exterior, como afirmaba Reich, el bebé continúa dependiendo de la madre para satisfacer sus necesidades, pero es la relación y el estímulo entre ambos lo que hace posible cubrirlas y lograr un desarrollo óptimo.

Si el bebé permanece piel con piel con la madre, estimula en ella la segregación de una serie de hormonas que lo nutren y contribuyen a un correcto desarrollo neurofisiológico y afectivo que sentará las bases para la siguiente etapa.

Pero ¿qué ocurre si sacamos al bebé mamífero de su hábitat, si lo separamos de su madre?

¿Cuales son los efectos?

Según explica el neonatólogo sudafricano Nils Bergman, la separación cierra el programa biológico de nutrición y abre un programa de defensa caracterizado por:

  • Inicio del llanto
  • Descenso de temperatura
  • Descenso del ritmo cardiaco
  • Descenso de la respiración
  • Aumento de los niveles de cortisol, también conocidas como hormonas del estrés, las cuales dañan el sistema neurológico y potencian la percepción del dolor.

Se ha comprobado que las criaturas separadas de su madre multiplican por dos el nivel de cortisol, y si además están expuestas a luz intensa, ruido, manipulaciones y análisis –como ocurre en las unidades de cuidados intensivos de un hospital–, el nivel puede llegar a multiplicarse hasta por 10, convirtiéndose en un grave peligro de daño cerebral.

También se ha comprobado que, si los bebés separados vuelven a los brazos de la madre, en solo una hora los niveles de cortisol descienden hasta ocho puntos.

En cambio, si la separación se mantiene y el bebé no logra atención, el estrés persiste y se pone en marcha un programa de disociación, de desconexión, de resignación..., destinado a evitar el sufrimiento, pero que puede dejar importantes secuelas psicoemocionales.

Estas alteraciones pueden traducirse en diversos trastornos y patologías dependiendo en gran parte del momento en que se produzcan: cuanto más temprana sea la perturbación, más profundas y graves serán las consecuencias. Se han documentado retrasos en el crecimiento, alteraciones alimentarias y del ritmo del sueño, dificultades en el desarrollo psíquico, relacional y afectivo, y una mayor vulnerabilidad a enfermedades.

El apego, el contacto, el mantener reunida la díada madre-bebé durante los primeros años, muy especialmente durante el primero, impulsará a la criatura a la expansión vital, mientras que la separación y el estrés que ello desencadena provocarán una contracción, un cerrarse a los demás y al entorno.

Solo necesita tu calor

No nos autoengañemos para justificar las prioridades adultas: los niños no necesitan socializarse antes de los tres años, lo que necesitan es contacto permanente con su madre, lo que garantiza una lactancia segura, una maduración adecuada y la capacidad de mantener, llegado su momento, relaciones sociales funcionales y sanas.

Si queremos promover una conciliación familiar armónica y, más aún, sentar las bases para una sociedad de personas sanas, el objetivo debería ser tener permisos por maternidad de una duración mínima de dos años, aunque lo ideal serían tres.

Si la objeción es el coste económico, bastará evaluar lo que cuestan la guardería, los cuidadores o el personal especializado que trata las alteraciones causadas por la separación: equipos de atención y los tratamientos farmacológicos de una legión creciente de niños medicalizados, por no hablar de lo que suponen estas alteraciones en jóvenes y adultos, y en la propia sociedad.

No olvidemos que la maternidad cumple una función social clave; ya lo cantaba el poeta libanés Jalil Gibran:

“Tus hijos no son tus hijos, son hijos e hijas de la vida deseosa de sí misma. No vienen de ti, sino a través de ti, y aunque estén contigo, no te pertenecen”.

Más tiempo juntos sí importa

El objetivo debería ser crear unas condiciones sociales que permitan compatibilizar los derechos de los bebés con las aspiraciones y derechos de las mujeres y la responsabilidad social, dando siempre la máxima prioridad a un desarrollo saludable de los niños:

1. La lactancia materna es un 10% nutrición y un 90% estimulación. El bebé regula la producción de leche según sus necesidades, en cada momento del día y a lo largo de su crecimiento, provocando cambios tanto en la cantidad como en la composición.

2. Existe una sincronía térmica, un mecanismo de regulación de temperatura entre madre e hijo. Tras el parto, la temperatura de la madre es un grado más alta de lo habitual, y puede subir o bajar según las necesidades del bebé.

3. La etapa oral, cuya característica principal es la succión, comienza ya en el útero de la madre, cuando el bebé se alimenta por el cordón umbilical, al que algunos autores consideran la “primera boca”. Y es que el hecho de succionar no solo le proporciona alimento, sino que también le ofrece placer y calma. Todo se lo acaba llevando a la boca, porque es su forma de descubrir el mundo que lo rodea.

4. Los niños acaban esta etapa (desde el nacimiento a los 3 primeros años de vida) mostrando autonomía en la toma de sus decisiones, expresividad sin culpa, resistencia a las enfermedades, expresión verbal madura y una falta total de inhibición.

El amor es esencial para poder vivir

La bióloga y escritora Casilda Rodrigáñez propone recuperar la “maternidad entrañable” y que la mujer “vuelva a ser madre en lugar de un segundo padre para sus criaturas”, proteger la simbiosis primaria entre madre y bebé basada en el deseo y el amor, y escapar al matricidio que la sociedad patriarcal ha perpetrado provocando en las criaturas un sentimiento profundo de resignación y miedo que las hace sumisas ante el poder.

La madre entrañable sacia el deseo de su criatura y es el germen de una sociedad armónica.

Todas las corrientes de crianza que apoyan el contacto piel con piel no son ninguna innovación. Ya en el siglo XIII, el emperador Federico II ordenó realizar un experimento para averiguar qué lengua hablarían los niños si nunca escuchaban hablar. Un grupo de huérfanos fue atendido y alimentado sin dirigirles la palabra ni hacerles gestos expresivos o afectuosos. Resultado: todos murieron. Lección que necesitamos aprender: el amor –la comunicación, el afecto, el contacto, la relación afectiva– es imprescindible para la vida. Algo que los neurocientíficos están confirmando y que toda madre sabe desde tiempo inmemorial.