Celos entre hermanos

CRIANZA RESPETUOSA

Una mirada diferente a los celos entre hermanos

Somos los adultos los que hemos creado la idea de que los hijos mayores sienten celos del recién llegado. Ese malestar aparece cuando no satisfacemos sus necesidades

Laura Gutman

18 de abril de 2016, 17:36 | Actualizado a

Con el test de embarazo en nuestras manos, y preparándonos mentalmente para la llegada de un nuevo hijo, apenas el niño llora pensamos: “Está celoso”. Si se niega a comer: “Está celoso”. Si está cansado y tiene un berrinche: “Está celoso”. Si nos extraña tras la jornada de trabajo: “Está celoso”.

Que la llegada de un hermano va a producir obligatoriamente una cascada de celos en los hermanos mayores es un prejuicio inventado, sostenido y afianzado por los adultos. Es una creencia compartida, y de tanto repetirla solo se nos ocurre que al niño le sucede “eso” y no pensamos en otras posibilidades.

Basta pasear por las calles embarazada y acompañada por un niño de dos o tres años para que cualquier persona se acerque a decirle “pobrecito”, dándole a entender que va a ser destronado de su supuesto reinado. Es un pensamiento tan común entre adultos que nos acomodamos en esa idea y, frente a algún síntoma o demanda del niño, no se nos ocurre reflexionar más allá.

Primeras dudas y celos de un hermano hacia el otro

Con frecuencia nos sucede a las mujeres que, embarazadas por segunda vez, tenemos la sensación y el temor de que no podremos amar a “otro” tan profundamente como amamos a nuestro hijo ya nacido. Es tal la potencia del amor, la vivencia completamente nueva desde que somos madres, que creemos que será irrepetible tamaña intensidad. Sin embargo, el corazón de las madres no se divide, sino que se multiplica con cada hijo que nace.

Temores desplazados

Lo comprobamos en cuanto nace el segundo hijo y el amor se instala con la naturalidad y el derroche de antaño. Una vez que hemos comprobado que no hay peligro, que podemos amar a dos hijos, luego a tres o a cuatro... desplazamos ese temor a nuestros propios hijos: suponemos que ellos no podrán amar a otro. Y que la presencia de un hermano pequeño necesariamente será en detrimento de no sabemos bien qué, pero que lo vivirán como un hecho negativo. Así lo decidimos.

A partir de ese momento, cualquier actitud molesta del niño, cualquier berrinche, llanto, enfermedad, mal humor, demanda, enfado, insatisfacción o inquietud la juzgaremos con la muletilla bien conocida por todos: “lo que le pasa es que está celoso”. Y de ese modo, ya no nos molestaremos en averiguar qué es lo que necesita el niño en ese momento en particular. Simplemente daremos por hecho que, en presencia de un hermanito en casa, indefectiblemente aparecerán los celos. Sin embargo, no es necesariamente así.

No tengamos miedo: el corazón de las madres no se divide, sino que se multiplica con cada hijo que nace

Resulta que ese mismo niño, mucho antes de la presencia de otro bebé en casa, también manifestaba sus inquietudes o necesidades, con mayor o menor suerte a la hora de ser respondido. Es importante tener en cuenta si antes del embarazo o nacimiento del hermanito, el niño o la niña mayor manifestaba síntomas parecidos. Veremos que en muchos casos su actitud no ha variado demasiado. Hay algo que necesita y que merece ser averiguado.

No es tan fácil mantener un equilibrio

La mayoría de los adultos creemos estar dando a nuestros hijos todo cuanto necesitan. Sin embargo, la vida les resulta difícil aun en tiempos de tecnología y confort. Tienen gran cantidad de juguetes, ordenadores, juegos electrónicos... pero pasan la mayor parte del día solos, frente a la pantalla de la televisión, rodeados de adultos que exigen que se lo coman todo, se porten bien, hagan sus deberes, no molesten, se queden quietos y sean educados. La vida cotidiana de los niños pequeños modernos no suele ser demasiado encantadora. Eso es lo que quizás tendremos que atender: las necesidades concretas de cada niño.

Una vez que nace el hermano menor, acomodamos el pensamiento generalizado de que ahora dejará de ser el rey o la reina de la casa. El tema es que los niños no son ni reyes ni príncipes, no tienen vida de soberanos, sino que por el contrario tienen vidas bastante difíciles, enredados en sus propios mundos emocionales muy lejos del mundo de los demás.

Raramente pueden contar con los adultos, no saben explicar lo que les está sucediendo y son generalmente juzgados por sus llantos, tristezas o angustias, recibiendo a cambio incomprensión. Hay pocos niños verdaderamente colmados viviendo dentro de familias armoniosas, en las que circula el amor y el diálogo en abundante gratitud.

Mirar más allá

Si en la mayoría de los casos estamos alejados del mundo interno de nuestros niños, si no nos ocupamos de averiguar, preguntar, acompañarlos y ayudarlos en sus búsquedas personales, será fácil que nosotros atribuyamos cualquier gesto de incomodidad a los supuestos celos hacia el hermano menor.

Si los padres decidimos tener más hijos para amarlos, lo lógico es compartir ese fin con nuestros hijos ya nacidos

Si elevamos el pensamiento, admitiremos que no hay nada más maravilloso que el nacimiento de un hermano, que es el ser más par, más cercano, más “hermanado” que tendremos a lo largo de toda la vida. Y si los padres decidimos tener más hijos para amarlos, lo lógico es compartir ese fin con nuestros hijos ya nacidos para ampliar y aumentar nuestro campo de amor.

Amor compartido

¿Por qué estarían celosos? Nuestros hijos aprenderán a amar a sus hermanos si los incluimos en el mismo circuito de amor y dicha. Si demostramos la felicidad por la nueva presencia, si participamos todos en los cuidados del más pequeño, si respondemos a las demandas y necesidades específicas de los niños mayores y, muy especialmente, si esos niños mayores están acostumbrados a ser mirados y escuchados genuinamente por sus padres, no pueden existir los celos. Porque en esos casos no hay nada que el bebé pueda quitar al mayor.

Cuando circula la generosidad y la comprensión entre unos y otros, cuando las palabras suavizan y explican los sentimientos confusos, cuando hay respeto por las necesidades de cada uno; un nuevo miembro de la familia solo puede enriquecer las vivencias y las experiencias cotidianas de todos nosotros, incluidos los niños.

Qué necesita

Cuando nuestro hijo mayor pide algo “imposible de satisfacer” –y por lo tanto creemos que no tiene razón y que lo que le ocurre, simplemente, es que está celoso– podríamos dedicar luego un momento para permanecer con él y bucear juntos en su interior, tratando de averiguar si necesita más presencia de un adulto, si no le gusta la escuela, si está cansado, si extraña a un amigo, si pasa demasiado tiempo sin actividades lúdicas. Claro que no es fácil estar con varios niños pequeños a la vez. Y no es necesariamente la madre quien tiene que satisfacer todas las necesidades de cada niño. Pero esas necesidades sí merecen ser reconocidas como importantes. Después podremos determinar qué otra persona allegada puede acompañarle.

Los bebés que nacen no despiertan celos en los hermanos mayores. Aparece necesidades emocionales que ya existían antes

Cuando cada niño encuentre palabras para nombrar lo que desea, cuando cada niño sepa que cuenta con su madre, su padre u otro adulto que lo escucha y lo comprende, cuando cada niño obtenga un lugar donde desplegar sus inquietudes, no habrá motivos para estar celoso, por más bebés que sigan naciendo en esa familia. Los bebés que nacen no despiertan celos en los hermanos mayores. Solo muestran necesidades emocionales que ya existían antes de su nacimiento.

Ante el desconcierto

Si las personas mayores decimos “está celoso” ante cada reclamo, el niño terminará por creerlo, aumentando el desconcierto hacia sus propias sensaciones y sintiéndose desvalido y sin recursos para enfrentar su desazón. El niño no está celoso. El niño tiene necesidades y merece ser escuchado y asistido.

Los celos entre hermanos son un invento de los adultos. Y solo aparecen cuando nosotros no somos capaces de satisfacer las necesidades genuinas de cada niño. No es verdad que un niño desee estar en el lugar del otro. En absoluto. Cada uno desea ser uno mismo, siempre y cuando reciba la atención y la satisfacción de sus necesidades emocionales mínimas.

Cariño de ida y vuelta

Los niños son naturalmente generosos cuando forman parte de un territorio amoroso para convivir. Y están ávidos por ayudarnos, ser útiles, facilitarnos la vida y ser amados por esos bebés que llegan al mundo para admirarlos. No hay mejor sonrisa que la que un hermano mayor puede robar a su hermano menor cuando éste aún es bebé.

Cuando uno siempre recibe. En primer lugar, revisemos cómo hemos distribuido los roles dentro de nuestra familia. Observemos si hemos creado bandos de “buenos” y “malos” entre los adultos. Tratemos también de comprender cómo empiezan este tipo de escenas antes de que el niño lastimado se nos acerque llorando. Entendamos que los celos no tienen nada que ver y que estamos poniendo rótulos a situaciones que no hemos logrado comprender en su totalidad; y, si no sabemos cómo desarmar las dinámicas donde un niño pega a su hermano, pidamos ayuda.

Si todos opinan que está celoso... Expliquemos a nuestro hijo que estamos orgullosos de él, por cómo es capaz de cuidar al pequeño, de avisarnos cuando llora, alcanzarnos los pañales o explicarnos qué le sucede al bebé cuando nosotros no logramos decodificar sus reclamos. Digamos a los demás que nuestro hijo está feliz por la llegada de su hermano, y gritemos a los cuatro vientos que es sumamente bondadoso con el pequeño, así el niño se sentirá reconocido en nuestras palabras y estará preparado para seguir sintiendo dicha y alegría en su corazón. Nombremos el cansancio, el hastío o el aburrimiento que obligan al niño a perder la paciencia. Entonces él sabrá que sabemos y comprendemos lo que le sucede, aunque no podamos ayudarlo en ese preciso momento.

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