Sus primeros conflictos

CRIANZA

Sus primeros conflictos

Los adultos sufrimos cuando vemos que la generosidad o la actitud cariñosa de nuestros hijos no es correspondida. Nosotros los podemos ayudar a comprender esa realidad.

Laura Gutman

22 de octubre de 2018, 11:12 | Actualizado a

Algunos padres nos ocupamos con esmero de nuestros hijos; nos importa transmitirles valores como la bondad, la generosidad, la escucha, la compasión y la amabilidad.

Si realmente permanecemos abiertos y disponibles, si nuestros hijos están satisfechos y nutridos, es muy posible que se conviertan en niños dóciles, alegres y tranquilos.

Luego salen al mundo. Van al jardín de infancia, se encuentran en las plazas con otros niños, juegan con sus primos en las reuniones familiares o con los hijos de nuestras mejores amigas en casa. Entonces sucede algo insólito: nuestros hijos empiezan a relacionarse con otros niños que no tienen la misma suerte: posiblemente son niños que no se sienten tan satisfechos ni amparados y, por tanto, no son tranquilos ni apacibles, sino que, por el contrario, pegan, mienten, lastiman a otros niños, se burlan o hieren verbalmente a los demás.

Y pasa algo más: es posible que los padres de esos niños sean testigos de estas conductas –y lejos de intervenir– se ríen, o no les importa, o consideran que los niños ya se arreglarán entre ellos. Tenemos un problema: hemos enseñado a nuestros hijos lo que consideramos que es correcto hacer en relación al respeto por los demás, pero luego los arrojamos a una selva de pequeños depredadores que están ávidos por comerlos.

¿Qué podemos hacer?

En primer lugar, es importante saber lo que no nos compete: nosotros, los adultos, no nos podemos enfrentar a un niño pequeño ajeno. Pero sí podemos abordar a los padres de ese niño que está lastimando al nuestro. Y con nuestra mayor capacidad amorosa, explicar aquello que nos preocupa, sin acusaciones, sino ofreciendo nuestra ayuda.

Es importante que nuestro hijo sepa que estamos al tanto de lo que sucede, y que trataremos de solucionar este problema entre las personas mayores.

Planteado el problema, hay dos opciones: que los padres del niño que maltrata se interesen en resolver el conflicto, o que no se interesen. Si se interesan, tal vez quieran recibir nuestra ayuda. Lo ideal sería no descargar la responsabilidad en el pequeño, sino apoyar a los padres para que revisen qué pedidos desplazados está manifestando el niño que pega.

Si estas conversaciones son posibles, será pertinente que nuestro hijo siempre esté al corriente de lo que sucede, porque así sabrá que estamos acompañando a una familia en un proceso en el que todos estamos involucrados.

Comprender a los demás

En la mayoría de los casos, las cosas no suceden tan idealmente. Es frecuente que los padres de un niño despreciativo no tengan, por el momento, la intención de revisar qué les pasa internamente. También puede suceder que, para dejarnos tranquilos, nos aseguren que se ocuparán del asunto, pero luego no sepan cómo encararlo ni se les ocurra dónde pedir ayuda. Por lo tanto, el niño en cuestión seguirá hostigando al nuestro.

En esas circunstancias, es muy importante que demos a nuestro hijo la mayor información posible sobre la realidad emocional de su amigo.

Sí, incluso si son niños de tres años pueden comprender perfectamente lo que significa que un niño necesite estar más tiempo con su mamá y no lo logre.

¿Por qué tendríamos que explicar esto a nuestro hijo? Porque si comprende, será compasivo. No solo con ese niño en particular, sino que se le abrirán las puertas para observar todas las realidades que lo circundan. Un niño pequeño, si obtiene palabras que describen las realidades emocionales, podrá percibirlas, comprenderlas y asimilarlas.

A prueba en la adversidad

¿Estas medidas serán suficientes para que nuestro hijo deje de ser molestado por el otro niño? Tal vez no. Quizás ese niño envidia la paz y el cariño que nuestro hijo emite, y eso sí que no lo podemos resolver. Pero, en cambio, nuestro hijo podrá comprender la lógica de las reacciones de su compañero.

Esta manera de enfocar el problema también le servirá para observar más atentamente lo que sucede a su alrededor, para afinar sus intuiciones y para mirar de cerca la conducta humana. Es decir, se trata de un aprendizaje acompasado por una familia que lo protege, que no juzga entre buenos y malos, entre niños bien educados o mal educados, sino que mira realidades globales con sus propias lógicas.

También es posible que nuestro hijo no quiera comprender tanto, sino que simplemente quiera ser tratado mejor en la escuela o en el barrio. En ese caso, le diremos que le toca pasar por esta prueba por algún motivo. Quizás tenga que rozar situaciones menos entrañables que las que experimenta en su propio hogar. Y quizás también aprenda que las cosas no suceden en modo automático: no es verdad que si uno es generoso, inmediatamente se va a encontrar con otros niños igual de generosos. Generalmente es al revés: nuestras buenas actitudes se ponen a prueba en la adversidad, y eso también les acontece a los niños pequeños.

La otra cara de la moneda

Estas dificultades entre los niños también nos ponen a prueba a los mayores, porque solemos creer que los demás padres lo hacen todo muy mal y que nosotros lo hacemos todo bien. Sin embargo, es tiempo de reflexionar. Quizás nuestro hijo dócil, amable, feliz y sonriente también está manifestando de manera oculta una parte menos luminosa, radiante y perfecta. Tal vez ha hecho gala deliberadamente de una seguridad personal que ha dejado herido o maltrecho a un niño menos cobijado. Y que el modo de despreciar o maltratar a otro niño haya sido menos visible, pero no por eso menos impactante. Vale la pena que observemos bien, que miremos y registremos las escenas completas, desde que se inician sutilmente hasta que concluyen en un maltrato visible y torpe del niño ya tildado como problemático. Y a través de todos esos pequeños encuentros problemáticos que nuestros hijos van ensayando, podemos observar incluso nuestras propias dificultades en las relaciones con personas diferentes, con aquellos que piensan distinto, trabajan distinto y se vinculan de una forma distinta a nosotros.

Territorios por explorar

Es posible que, gracias a estos intercambios no del todo felices, los adultos también podamos abrir el abanico de posibilidades, y seamos capaces de salir al mundo de las diferencias con algo menos de temor.

En realidad, no hay mucho peligro allí afuera.

Además, cuanto más vivamos encerrados en nuestra maravillosa manera de ser, de amar y de criar niños, más señales nos enviará el destino de que hay un territorio para ser explorado, que es el universo de la diversidad.

Así pues, en lugar de dedicarnos a echar la culpa a los demás, acusar a los padres de otros niños o levantar ostensiblemente pancartas sobre la vida perfecta, atrevámonos a cruzar nuestras propias fronteras para integrar otras maneras de relacionarnos con los demás.

Si el medio es hostil

Puede suceder que, en un momento determinado, sintamos que la escuela a la que acuden nuestros hijos es demasiado diferente a lo que nosotros esperamos, que nuestra familia no nos comprende, que nuestros amigos nos tildan de locos y que en el vecindario nos miran con ojos acusadores.

Pues bien, quizás llegó la hora de hacer cambios. Tal vez necesitemos buscar ámbitos más afines a nuestras elecciones personales. En lugar de permanecer batallando por nuestros ideales, puede ser más beneficioso cambiar y estar más a gusto en ambientes donde tanto nosotros como nuestros hijos nos apropiemos de esos lugares de pertenencia.

Es posible que no sea cómodo, ni barato, ni cercano ni fácil. En lugar de pretender que sean los demás los que cambien, tendremos que revisar si nosotros estamos dispuestos a cambiar. La decisión puede llevarnos un tiempo, pero una vez hecho el movimiento, constataremos que es más fácil vivir en armonía con el entorno.

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