Jugar a tu lado

Crianza

¿Tanta importancia tiene jugar?

Conoce qué necesita en ese momento de ti

Laura Gutman

7 de marzo de 2017, 18:53 | Actualizado a

Para los niños, la vida es juego. Todo, absolutamente todo lo que vislumbran en su entorno lo pueden ir aprehendiendo en la medida que esté canalizado por el juego. Desde las primeras burbujas que un bebé intenta hacer con su boca a los pocos días de nacer para recibir las sonrisas de su madre, hasta ir a dormir, vestirse o caminar, todo es un juego para los niños. Que los adultos hayamos perdido la capacidad de jugar mientras realizamos las tareas sencillas y cotidianas de la vida es un problema nuestro. Que hayamos olvidado cómo jugar en general, también es nuestra dificultad. Ahora bien, quienes tenemos acceso a la vida cotidiana con niños pequeños podemos recordar o retomar el juego como una manera más fácil y placentera de vivir.

Sentir una presencia disponible

Los niños juegan constantemente, pero para jugar necesitan tiempo. Precisan básicamente que no les demos prisa. Y también necesitan ser mirados. Éste es un aspecto que se tiene poco en cuenta, y que generalmente se ignora. Muchos de nosotros mandamos a los niños a jugar a su habitación para que no nos molesten, sin comprender que un niño pequeño puede jugar en la medida que está sostenido por la presencia o la mirada de un adulto. Si está solo no puede concentrarse en su juego porque está preocupado en obtener compañía y seguridad. Por eso, los niños no suelen permanecer solos en su habitación hasta prácticamente la preadolescencia. Prefieren jugar en la cocina o en el lugar donde hay adultos circulando. Tampoco es esencial que los adultos juguemos todo el tiempo con ellos.

Lo que sí es indispensable, y esto es algo importante a tener en cuenta, es que los acompañemos. Que los observemos. Que estemos disponibles si nos acercan algo, si nos traen un juguete (depende de la edad del niño) o si nos invitan a participar. Los niños no siempre necesitan que formemos parte de sus juegos. Pero invariablemente, en toda circunstancia, les resulta esencial saber que hay algún adulto que los protege. Esto los tranquiliza y los ayuda a entregarse a la fantasía, porque de este modo pueden partir del mundo concreto hacia los mundos sutiles, donde reside el verdadero juego.

Actividades a su medida

Por otra parte, en estos tiempos tan modernos que vivimos, solemos empujar a los niños a una adaptación prematura a la vida de los adultos. De hecho, casi todos los niños están sometidos a jornadas escolares tan prolongadas como nuestras jornadas laborales; nos acompañan a actividades de adultos en las que tienen que esperar, portarse bien, no moverse, no hablar o no jugar. La pregunta es: ¿cuándo nos adaptamos nosotros a las actividades de los niños? ¿Cuándo nos sacamos los zapatos y en el suelo, recostados en la pared de su habitación, intercambiamos figuritas? ¿Cuántas veces hacemos un puzle con ellos o jugamos corporalmente o construimos una casita con cojines? Si fuéramos capaces de dedicar 15 minutos al día a jugar en el cuarto de los niños, las cosas fluirían mejor entre ellos y nosotros. Estamos hablando de sólo 15 minutos. Y también hacemos referencia al cuarto de los niños en lugar de creer que jugar con ellos es circular por la ciudad, pasear por un centro comercial o comer en un local de comida rápida. Esto también podemos hacerlo si nos gusta, pero no entra en el casillero de “jugar”.

Una de las consecuencias más complejas de la falta de juego en la vida de los más pequeños es que, hoy, muchos niños ya raramente juegan. El tiempo de ocio creativo se convierte en un tiempo de interacción con la tecnología, los juegos de ordenador, que no son nocivos en sí mismos, pero creativos, no son. No facilitan el intercambio emocional, no generan un aprendizaje en las cuestiones humanas, ni en la amistad, ni en los conflictos afectivos ni en cómo llegar a superarlos. El juego, tanto si el niño se divierte solo como si lo hace en compañía de un adulto o con otros niños de su edad, pone de manifiesto todo lo que le ocurre a él y, también, lo que le ocurre a los otros. Y el niño tendrá que afrontar esa realidad emocional. Eso es justamente algo que no sucede en la soledad del ordenador.

El juego electrónico tiene un guión preestablecido y un sistema ordenado al que el niño se acomoda para conseguir la meta que está marcada. Es un objetivo de superación, que no está mal, tiene su interés. En cambio, en el encuentro humano no hay más objetivo que el encuentro. El juego está hecho de puro encuentro, con el otro o con uno mismo. Eso es jugar. Es un ensayo permanente de la vida real, pero convertida momentáneamente en juego para poder aprender cada día.

Imitando a los mayores

Hay algo más que hemos olvidado en la vorágine de la vida moderna: los niños adoran jugar haciendo las cosas más sencillas; lavando los platos, pasando la escoba, abriendo y cerrando los cajones, sacando objetos de los armarios, hablando con alguien por teléfono, tocando todas las teclas de cuanto mando a distancia haya en casa... Porque los niños imitan todo lo que los adultos hacemos automáticamente. Para ellos, la vida es juego. Lo insólito es que con frecuencia nos enfadamos con ellos porque intentaron barrer y lo dejaron todo más sucio que antes, sacaron prendas de ropa de los cajones de la cómoda o abrieron los grifos del cuarto de baño y mojaron el suelo. Pero, en realidad, ellos están jugando a ser personas grandes. Hacen lo mismo que nosotros. Reproducen con ansias de descubrimiento lo que nosotros realizamos sin apenas darnos cuenta.

Resulta que jugar es eso: imitar la vida cotidiana, encontrar la manera de expresar lo que late en nuestro interior en un plano concreto. Los niños no tienen otra manera de hacerlo y necesitan nuestra ayuda. Por este motivo, permitámosles que jueguen disponiendo para ellos tiempos exclusivos de juego, ya que con tanta obligación escolar muchos niños han perdido su capacidad de jugar. Y por otra parte, acompañémoslos más y mejor, de modo que puedan retomar la costumbre de hacer que la vida sea un juego, siempre, a cada instante.

La mala costumbre de irnos si se distraen

Las madres tenemos una actitud bastante frecuente: apenas registramos que los niños se divierten jugando, inmersos en la fantasía de las hazañas que viven sus muñecos, salimos corriendo a preparar la cena, “aprovechando” que están distraídos.

En ese instante el niño interpreta: “Cada vez que juego y me invento historias con mis muñecos pierdo a mi mamá. Será mejor estar atento”. En estas circunstancias, el niño pequeño va a estar cada vez más pendiente de nuestros movimientos, porque sabe por experiencia que no puede distraerse. Y así es imposible concentrarse en un juego.

Confiarán más en nosotras si permanecemos cerca mientras juegan. Y luego, un rato después, les podemos ofrecer que nos acompañen a la cocina si tenemos que preparar la comida, o a nuestra habitación si necesitamos hacer unas llamadas. Pero el niño sabrá que cuando juega, estamos. Y si no estamos, sabrá que nos puede acompañar.

Una mirada a la actitud de los hombres

Quizás porque hoy en día las mujeres aún asumimos más tareas hogareñas, sentimos que siempre hay cosas pendientes de resolver. Nos resulta muy difícil “descansar” cuando llegamos a casa. Para los hombres suele resultar más sencillo: llegan al hogar después de su jornada laboral y se sientan a mirar la tele o se dedican a hacer sus cosas.

Pero algunos de ellos están dispuestos a jugar con los niños. Y hacen eso: simplemente juegan. Ante esta actitud, las mujeres nos quejamos pretendiendo que en lugar de jugar resuelvan el tema del baño, o que ayuden a ordenar los juguetes, o al menos que preparen la cena.

Claro que es bueno compartir las obligaciones, pero tenemos la oportunidad de observar cómo los hombres más que las mujeres juegan con los niños. ¡Y para colmo se divierten! Y los niños disfrutan mientras las únicas que continuamos enfadadas somos nosotras. Éstas son escenas de las que tenemos algo que aprender. Observemos cómo lo hacen.

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