¿Te preocupa el habla de tu hijo?

SANA COMUNICACIÓN

¿Te preocupa el habla de tu hijo?

Conversar con él desde el primer día y no abusar de los triturados son las dos actitudes que más le ayudarán.

Mariana Vas

21 de marzo de 2018, 22:37 | Actualizado a

Todos los niños acaban hablando, al igual que todos los niños acaban masticando o durmiendo solos. Esta es una de esas afirmaciones que todos hemos oído en más de una ocasión. Y yo siempre me he preguntado, ¿entonces no importa lo que les demos de comer o cómo los tratemos a la hora de ir a dormir? ¿No importa cómo les hablemos? ¿El tipo de alimentación que le ofrecemos no influye para nada? ¿Se sienten igual de felices y acogidos tanto si los atendemos por la noche como si no? ¿Es lo mismo hablarles con paciencia y compartir cuentos y charlas que darles órdenes o fórmularles preguntas constantemente?

Por supuesto que no. El modo en que hacemos el camino tiene una importancia decisiva. Por eso estamos aquí, porque sabemos que la comunicación y el lenguaje son la base en la que se asienta el desarrollo cognitivo y emocional de los más pequeños.

Es cierto que la gran mayoría de niños habla, mastica y duerme sin problemas al final de primaria. Precisamente de eso se trata: lo consiguen cuando son “mayores”, tras atravesar unos años fundamentales para su desarrollo personal. Años que representan los cimientos. Es justamente en esta etapa cuando se gestan lentamente las características que lo definirán al llegar a adulto. El bebé nace con unas capacidades, sin duda, pero es en la infancia cuando se desarrollan y empieza a dibujarse su futura personalidad.

Un bebé acabará masticando, claro que sí, pero el modo en que se incorpore a la alimentación sólida y la adquisición de algunos hábitos familiares influirán en el correcto desarrollo de su aparato estomatognático. Si tenemos en cuenta que se trata del conjunto de órganos y tejidos que permiten deglutir, hablar, sonreír, respirar, succionar y hasta besar, vale la pena tenerlo en cuenta, ¿no? Y más cuando sabemos que el desarrollo del habla está íntimamente ligado a él.

El tipo de alimentación y los hábitos adquiridos, algo aparentemente tan sencillo, tendrá repercusiones en la implantación dentaria o en la manera de respirar (con la boca abierta, por ejemplo). ¿Os habéis fijado en la cantidad de niños que llevan aparatos de ortodoncia hoy en día? Pues bien, estudios realizados en el yacimiento de Atapuerca demuestran que nuestros antepasados no tenían estos problemas.

La explicación más plausible es que se alimentaban con leche materna durante más tiempo y, posteriormente, incluían alimentos duros y fibrosos en su dieta.

El abuso de las dietas blandas (demasiados triturados, exceso de alimentos blandos como la bollería, etc.) ha puesto en alerta a odontopediatras y logopedas de todo el mundo.

Pendientes de su evolución

¿Tiene importancia que un niño respire por la boca, que tenga siempre mocos o disfonía (trastorno de la voz)? ¿Da lo mismo que empiece a hablar al año que a los dos? ¿Tenemos que hacer algo si nuestro hijo deja de hablar al entrar en la guardería o empieza a tartamudear? ¿Se sentirá bien un niño que no pronuncia bien y le da vergüenza preguntar en clase?

Un niño que se comunica eficazmente, que puede entender y hablar a la edad apropiada, se siente mejor con él y con los demás. Es por este motivo que los padres estamos pendientes de su evolución, porque somos conscientes de que todo su mundo pasa por entenderse y hacerse entender.

Ahora bien, nuestras dudas más habituales no tienen nada que ver con casos raros o excepcionales; lo que necesitamos saber es qué es una evolución normal. ¿Con un año tiene que decir palabras? ¿Qué ocurre si no le entendemos a los dos? ¿Hacemos bien hablándole en tres idiomas a la vez? De todos estos temas trata la logopedia, cuyo principal objetivo es –como me gusta resaltar– facilitar la comunicación entre personas.

Aprendiendo a expresarse

¿Qué podemos observar en un bebé durante el primer año? Su evolución es realmente espectacular: pasa de sonreír y mantener el contacto con la mirada para comunicarse a imitar los sonidos que emite el adulto y balbucear.

La comunicación aparece antes que las palabras. Las miradas, las muecas y los gorjeos del bebé nos seducen. Esto es lo que podemos esperar en esta etapa:

0-4 MESES

Sonríe y mantiene contacto ocular. Reacciona ante el sonido y la voz. Tiene buen reflejo de succión: las dificultades en el agarre al pecho o al biberón pueden indicarnos que el bebé presenta alguna disfunción (frenillo lingual corto, forma del paladar...). Emite sonidos que recuerdan a alguna vocal.

4-8 MESES

Participa en turnos comunicativos y de imitación. Responde a los cambios de entonación del adulto y su carita nos muestra que reacciona a los diferentes estímulos que le proporcionamos: nota cuando le hablamos con un tono cariñoso o cuando nos dirigimos a otra persona. Intenta imitar los sonidos del adulto, aparece el balbuceo o laleo, y mueve la cabeza hacia el sonido.

8-12 MESES

Se gira al oír su nombre y produce sonidos con intención comunicativa. Comprende algunas palabras de su entorno cotidiano, lo que no significa que sea capaz de verbalizarlas. Si oye agua, sabe qué es aunque no pueda expresarlo. En esta etapa es muy beneficioso que respondamos a sus vocalizaciones siempre que sea posible: si nos dice algo, actuemos como si esa expresión tuviera un sentido claro para nosotros. Es su mayor motivación.

La etapa en la que el niño empieza a decir sus primeras palabras se sitúa entre los 12 y los 18 meses, aproximadamente. Suele nombrar cosas cercanas, cotidianas: “mamá”, “papá”, “aba” (agua, abuela). A partir de entonces, el ritmo de incorporación de palabras a su vocabulario es muy rápido. Hacia el año y medio, señalará con el dedo todo aquello que su curiosidad le pida saber.

Alrededor de los dos años

A los 24 meses las cosas han cambiado, y mucho. A esta edad puede contar ya con un vocabulario de unas 300 palabras, que usa con alegría y decisión.

Comprende frases sencillas. Por ejemplo, “Trae el camión”. Muy pronto comprenderá otras más complicadas, como “Trae el camión y ven a jugar aquí”. El niño comprende muchísimas cosas que aún no es capaz de expresar, y nosotros podemos observar cómo evoluciona observando sus reacciones. Si no entiende antes, no hablará después. Un signo de alerta es que, a los dos años, no mire un objeto cuando se le nombra.

Utiliza expresiones de dos palabras o más. A esta edad ya es algo tarde para decir solo palabras sueltas. Es cierto que cada niño tiene su propio ritmo, pero eso no es excusa para pensar “Ya hablará”. Hay que saber qué está ocurriendo. Un niño que no puede comunicarse debe ser atendido urgentemente, porque se está comprometiendo su desarrollo y su bienestar.

La mitad de lo que dice puede ser entendido por un extraño. Mamá, papá o la abuela solemos comprender casi todas sus frases, pero el niño también debe hacerse entender por la maestra o el amigo del parque. Esto no significa que todo aquello que diga deba ser correcto, sino adecuado. “Ete cote e mío” es una frase fantástica aunque no todas las palabras estén pronunciadas correctamente.

Lo importante es la intención comunicativa y que se haga entender.

Si un niño de esta edad solo dice palabras sueltas –por ejemplo, solo sustantivos (coche, mamá, teto)–, pero no los une ni expresa ninguna acción, debería consultarse a un especialista. A veces lo que ocurre es que los adultos le preguntamos demasiadas veces “¿Qué es esto?” y no incorporamos acciones ni adjetivos a nuestras frases cuando jugamos con él.

Utiliza los pronombres “yo”, “tú” y “mí”. Ya sabemos que a nuestros hijos pequeños les cuesta compartir –algo completamente natural a pesar de los conflictos que causa–, pero esta fase es la idónea para que surjan los pronombres “tú” y “yo”, que inauguran una etapa de evolución importante en el desarrollo de su lenguaje.

Todos respiramos, todos hablamos, todos dormimos y comemos. Pero no somos iguales ni lo hacemos todo de la misma manera. Nuestros hijos lo lograrán sin problemas si cuentan con nuestro apoyo y nuestra guía.

Hablar con naturalidad

En nuestro afán por proporcionar vocabulario a los hijos, a veces olvidamos lo importante que es “charlar”. A diario veo en la consulta niños de entre dos y tres años que saben muchas palabras, pero son incapaces de unirlas en expresiones y frases.

  • Hablar a nuestro hijo con naturalidad implica usar todo tipo de palabras (verbos, adjetivos, nexos, etc). Hablar de forma sencilla y comprensible no es usar solo sustantivos.
  • Nuestro hijo viene de una etapa en la que nos preguntaba el nombre de todas las cosas. Íbamos por la calle con él y señalaba todo lo que veía; nos habíamos acostumbrado a decirle: “Sí, cariño, es una farola”, “Sí, es un coche”... Ahora necesita saber qué se hace con todas esas cosas para poder ir construyendo frases.

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