Tener un animal nos ayuda a amar

CRIANZA

Tener un animal nos ayuda a amar

Jugará diariamente con él y llegará a quererlo con la locura propia de los niños. Sin embargo, que aprenda a tratarlo y cuidarlo con delicadeza y responsabilidad depende de nosotros.

Laura Gutman

7 de marzo de 2018, 14:39 | Actualizado a

Casi todos estamos de acuerdo en que, para un niño, un animal es fuente de amor, aprendizaje y responsabilidad.

Un perro, un gato, un hámster o una tortuga le ofrecen no solo compañía y juego, sino también un ámbito de experiencia vincular. Ofrecer al niño la posibilidad de relacionarse con un animal doméstico siempre es algo positivo.

De todos modos, aunque su presencia nos quite la obligación de estar permanentemente cerca de nuestro hijo –ya que la mascota ocupa tiempo y espacios de juego–, es de esperar que el niño nos encuentre siempre que nos busque.

Trabajos compartidos

Solemos pensar que con un animal en casa nuestro hijo va a aprender a ser responsable, y es frecuente que aceptemos tener uno si el niño adquiere el compromiso de ocuparse de él.

Pues bien, habitualmente es mejor que seamos los adultos quienes nos ocupemos de las tareas menos glamurosas, como llevarlos al veterinario, sacarlos a pasear, curarles las heridas, bañarlos, prepararles la comida o aplicarles alguna vacuna.

Por supuesto, podemos proponer a los niños que nos acompañen. Pero una cosa es que nos acompañen para que aprendan y se sientan en parte responsables, y otra muy distinta es delegarles toda la responsabilidad. Y peor aún es castigarlos si no cumplen con las obligaciones que supuestamente habían prometido asumir.

Con nuestro ejemplo

Enseñar a amar a alguien, incluso a un animal, tiene mucho que ver con la imitación. Si los adultos amamos a los animales, los cuidamos, estamos atentos a sus necesidades e incluimos a los niños en las tareas cotidianas de higiene y salud, ellos aprenderán a amar a sus mascotas.

Si crecimos con un animal a nuestro lado, quizá será útil que recordemos la intensidad amorosa que desplegamos cuando fuimos pequeños y pensemos qué hubiéramos necesitado en aquel entonces de los adultos que teníamos alrededor. Tal vez esos recuerdos nos ubiquen en la realidad emocional de nuestros hijos hoy y nos ayuden a reconocer que las mascotas que les hemos ofrendado tienen un lugar prioritario en sus corazones. Y que esa inconfundible presencia los ayuda a desplegar toda su capacidad de amar.

Si el niño no ha pedido ningún animal de compañía, pero nosotros creemos que es un buen momento para que lo tenga, siempre es mejor escoger un animal con el que pueda interactuar. Un gato o un perro será mejor que un pez.

También es ideal que todos los adultos estemos de acuerdo y que la llegada de un animal a casa no sea el motivo perfecto para continuar las batallas cotidianas.

Evaluemos si la casa tiene las condiciones mínimas para que estemos cómodos y que la mascota redunda en beneficios para todos. Y por supuesto, si el animal recibe el cuidado y la atención que merece.

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