Tu bebé percibe lo que tu cuerpo le dice que sientes

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Tu bebé percibe lo que tu cuerpo le dice que sientes

Con las palabras puedes enmascarar tus emociones; en cambio, tu cuerpo siempre revelará lo que sientes. Sostenido en tu regazo, tu hijo no tendrá dudas de ese amor tan inmenso e incondicional que le tienes.

Naomi Stadlen

2 de diciembre de 2017, 08:25 | Actualizado a

El del tacto es un lenguaje que aprendemos antes de poder hablar, y la necesidad de contacto continuado se refleja en nuestro lenguaje, aunque a medida que nos hacemos mayores su significado deja de ser literal. “Mantenerse en contacto”, decimos los adultos. Normalmente nos referimos con ello al teléfono y al resto de los medios electrónicos. Pero, aun así, eso mantiene vivo algo valiosísimo para nuestra existencia. Si bien tenemos cinco sentidos, no usamos los otros de la misma manera. No decimos con frecuencia “mantenernos a la escucha” o “mantenernos donde pueda olerte”. El tacto es especial.

¿En qué momento empezamos a aprender el lenguaje del tacto y quién nos lo enseña? El contacto se inicia antes del nacimiento y nadie nos lo enseña. Cada uno de nosotros tiene que descubrirlo por sí solo. Con la lengua, las manos y los pies aprendemos a tocar nuestro propio cuerpo, el cordón umbilical, la placenta e incluso a nuestras madres desde dentro, mucho antes de nacer y, por lo tanto, mucho antes de que ellas puedan tocarnos a nosotros.

Una vez que ha nacido, el bebé ya no se encuentra constreñido dentro del vientre de su madre. Los músculos de sus manos y sus brazos parecen laxos, y se diría que los controla mucho menos que antes. Hay, no obstante, otros músculos que cobran nueva importancia: los de la boca, que le permiten succionar y tragar. Una madre lactante, o cualquiera que meta un dedo en la boca del bebé, se sorprenderá al descubrir lo fuertes que parecen dichos músculos. Al menos durante los primeros seis meses son el modo más fiable que tiene el bebé de relacionarse con su entorno.

Después del nacimiento la madre puede sostener al bebé en brazos, y así da comienzo un lenguaje basado en sensaciones de contacto piel con piel. Las madres parecen necesitarlo tanto como los bebés. Con mucha más rapidez de lo que piensan, sus manos empiezan a transmitirles toda clase de impresiones acerca de sus recién nacidos: calor, suavidad, sudor, flacidez, nerviosismo… Quizá sus hijos descubran información semejante sobre ellas. Por suerte, a nadie se le ha ocurrido enseñar a los bebés cómo se aprende esto, de modo que cada bebé sigue siendo autodidacta.

Como madres no somos del todo inexpertas porque aprendimos el lenguaje básico del contacto, aunque sea de manera imperfecta, cuando éramos bebés. Hay técnicas útiles que podemos aprender de mayores, para sostener, por ejemplo, la cabeza del bebé o para cogerlo sin riesgo mientras lo bañamos. Sin embargo, afortunadamente a las madres se les suele permitir que anden a tientas las primeras semanas y que, por lo tanto, redescubran por sí solas la manera de comunicarse con sus hijos a través del lenguaje preverbal del tacto.

El del tacto es un lenguaje muy sincero, pero la insensibilización a la que posiblemente se ha sometido a la madre en el trabajo antes de tener hijos constituye un obstáculo para su comprensión.

Cualquiera que haya pasado varios años trabajando fuera de casa habrá aprendido a reprimir las sensaciones físicas.

El hambre y la sed han de posponerse hasta la hora del descanso, y, en cambio, otras veces una tiene que comer y beber en un almuerzo de trabajo, aunque no le apetezca. A menudo es preciso mostrarse interesada por algo cuando, si pudiéramos ser sinceras, nos mostraríamos francamente aburridas. Otras respuestas corporales, como el llanto, la crispación producida por la ira o el sobresalto del miedo, también han de mantenerse bajo control hasta cierto punto.

Tras años de ejercer este autodominio de las reacciones físicas, resulta difícil percibir las señales que nos envía una persona tan poco dueña de sí misma como un bebé. Puede que las señales no sean muy difíciles de interpretar, pero con frecuencia las madres deben hacer un esfuerzo para recuperar su simplicidad.

La comunicación a través del tacto difiere de la conversación verbal. Si tú estás hablando, yo debo guardar silencio a fin de escucharte. Y si sigues hablando, no tendrás oportunidad de escuchar lo que yo voy a decir. El diálogo depende de la alternancia. El tacto, en cambio, es simultáneo, y nuestra reacción a él es a menudo más rápida que el pensamiento consciente. Una madre que sostiene a su bebé puede sentir que este se acurruca más laxamente en sus brazos. Quizá no piense de manera consciente: “Ah, se ha dormido”, pero seguramente sus brazos habrán respondido a la sensación de mayor peso sosteniéndolo con más firmeza.

Nuestros bebés también nos conocen bien. A veces, lo que la madre comunica conscientemente puede estar en contradicción con los sentimientos que expresa de manera corporal. Su bebé advertirá invariablemente lo que expresa su cuerpo. Puede que para él sea obvio. Quizá una madre lleve a su bebé a una reunión familiar decidida a disfrutar de la ocasión, pero también puede que espere comentarios negativos acerca de sus prácticas por parte de sus familiares y que no sea consciente de lo tensa que está. El bebé reacciona a su tensión y se pasa toda la reunión llorando, acongojado. Se calma, en cambio, en cuanto nota que su madre se relaja tras despedirse y salir.

Conflictos internos

  • En algunos ámbitos de nuestra cultura puede que esta pulsión elemental de aferrarse a la madre apenas tenga oportunidad de desarrollarse. En Occidente, sin ir más lejos, existe una larga tradición de dejar a los niños en cunas y cochecitos en lugar de tenerlos en brazos.
  • Quizás cuando yo era un bebé me dejaban sola, y si lloraba, nadie me oía. Y ahora, mi instinto me impide hacer lo mismo. Llevo a mi hijo en una mochila, pero sentirme tan necesitada me crea un conflicto. Oigo esa voz que he interiorizado dentro de mi cabeza que me grita que lo estoy haciendo fatal.
  • Muchas madres primerizas educadas en esta tradición se encuentran desorientadas cuando oyen llorar a sus recién nacidos angustiados en cuanto los dejan solos. Resulta desconcertante para estas madres porque, para ellas, es normal que te dejen solo en una cuna.

Para saber más

Este artículo se ha extraído del recomendable libro de Naomi Stadlen Cómo aman las madres (Urano) que desenmascara el complejo mundo emocional de la díada madre-bebé y nos acompaña a las mujeres en esta etapa tan especial. En ningún momento nos dice qué es lo que tenemos que hacer, sino que va más allá y nos ayuda a afrontar esas inseguridades que aparecen en la mayoría de nosotras durante los primeros años de vida del bebé.

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