Tus brazos de día favorecen su sueño de noche

CRIANZA RESPETUOSA

Tus brazos durante el día favorecen su sueño

La noche es larga y oscura, difícil de atravesar para un bebé indefenso y dependiente. Nuestros hijos, como cualquier cría, se despiertan por las noches guiados por un poderoso instinto de supervivencia, esperando hallar alimento, calor y seguridad.

Laura Gutman

21 de mayo de 2018, 22:07 | Actualizado a

¿A quién le gusta estar solo de noche? A nadie. No es lo mismo la luz que la oscuridad. La noche es el momento en que volvemos a la cueva, nos refugiamos en un lugar conocido y caliente, buscamos amparo y seguridad. La noche invita al recogimiento, es el momento ideal para los encuentros afectivos, ya que la falta de luz favorece la intimidad.

La noche nunca es un momento apropiado para que estemos solos o aislados.

Si eso es lo que sentimos nosotros los adultos, cómo no les va a pasar algo similar a los niños, que son mucho más pequeños, más indefensos y dependientes.

Toda cría de mamífero se despierta si está sola –y es esperable que eso ocurra– porque, de lo contrario, cualquier depredador podría comérsela. Saber que debe estar protegida mientras duerme responde a un instinto de supervivencia. Los seres humanos también somos mamíferos, aunque a veces lo olvidemos, y es esperable y saludable que nuestros bebés también se despierten si están solos y nos llamen. Ni siquiera tenemos que enseñárselo, sino que ya vienen “de fábrica” con ese extraordinario nivel de sabiduría innata.

El bebé despierta para procurarse presencia materna. Además, espera encontrarse con alimento, brazos, calor, seguridad y cobijo. Tomemos en cuenta que el bebé tiene razón. No sólo quiere, sino que debe encontrar resguardo en el cuerpo de una persona mayor, de lo contrario estará en peligro. Este concepto de peligro e indefensión no da lugar a muchas interpretaciones, es sencillo: el bebé no está en condiciones de permanecer solo, especialmente cuando duerme en medio de la noche.

La única dificultad para terminar de aprender esta ley natural es la catarata de opiniones, quejas, molestias y prejuicios que hacemos circular entre las personas mayores, quienes creemos mayoritariamente que los bebés deberían dormir solos en sus preciosas cunas, que para eso se las hemos comprado, y no molestar. Tales apreciaciones son injustas, ya que los bebés y los niños pequeños no tienen voz ni voto, y lo único que pueden hacer es llorar. Claro, hasta que el llanto tampoco nos importe nada y ellos constaten que se quedan sin herramientas para avisarnos de que no pueden dormir en peligro. Nadie puede conciliar el sueño con una dosis tan alta de adrenalina, la hormona que segrega el cuerpo cuando tenemos que defendernos. Por lo tanto, cuanto más miedo tengan, y más insistamos en dejarlos solos, menos podrán dormir. ¿Qué podemos hacer? Cambiar nuestros puntos de vista.

Tener en cuenta su realidad emocional

¿Pero cuándo lograrán dormir solos? Determinar a qué edad nuestros hijos “ya deberían dormir” no deja de ser una apreciación autoritaria y subjetiva, ya que cada caso responde a realidades emocionales primarias y no siempre comprensibles desde el puro intelecto. Incluso que un bebé duerma toda la noche no es necesariamente “algo bueno”, ya que no sabemos si ese niño se ha resignado, y si dentro de esa desesperanza, reconoce que no podrá obtener amor ni compañía. En esos casos, los adultos no deberíamos tener motivos para enorgullecernos.

Así como desconocemos los secretos de la psique femenina, entorpecemos el normal desarrollo de los partos e ignoramos el apego que todos los mamíferos desarrollan hacia la propia cría; nos hundimos en filosofías arbitrarias sobre lo que cada bebé debería hacer para ser “normal”. Las opiniones son inocuas cuando la emocionalidad de la mujer es sólida y está acompañada por afectos firmes, pero pueden resultar destructivas en mujeres frágiles o solas. Los consejos suelen conformar más a las personas que los emiten que a aquellas que los reciben porque responden a experiencias personales.

Concretamente, en nuestra sociedad hay una tendencia alarmante a separar el máximo de tiempo posible a la cría del cuerpo de la madre. La idea fuertemente arraigada es no tenerlos demasiado tiempo en brazos “porque se van a mal acostumbrar”. A veces las propias madres nos justificamos diciendo que “no nos queda tiempo para hacer otras cosas”.

Ahora bien, en una sociedad que defendiera su propia especie, hombres y mujeres cerrarían filas para que la madre reciente delegara todas las tareas que no fueran el cuidado permanente del bebé.

Si, aun comprendiendo todo esto, nos preocupa que nuestro bebé se despierte por las noches, podemos preguntarnos: ¿Qué significa que se despierta mucho? ¿Una vez, dos veces, tres, cada cinco minutos? Si está en brazos de su madre, ¿duerme mejor? ¿Acaso se despierta cada vez que, silenciosamente, lo ponemos en su cuna? Observemos cada situación con la mayor honestidad posible.

Necesidades no siempre satisfechas

Aunque cada caso es particular y sólo estamos tratando de pensar juntos, vale la pena cuestionarnos si las necesidades básicas de ese bebé humano han sido satisfechas. Nos vamos a sorprender: casi ningún bebé occidental es tenido en brazos suficientemente.

Casi todos necesitan más calor, más cobijo, más contacto corporal, más conexión, más mirada, más disponibilidad emocional.

Por otra parte, en la medida que los bebés pasan la mayor parte del día en un moisés, aunque duerman allí plácidamente, para ellos la vivencia es de ausencia de mamá. Esos bebés son los que luego más reclamarán la presencia de la madre durante la noche. Por eso, la primera recomendación es llevar al bebé siempre en brazos durante el día, sostenido por un fular o una mochila. Si tuvo mucha mamá en horario diurno, es posible que duerma más tranquilo y relajado durante la noche.

Los bebés no confunden el día y la noche. Simplemente por la noche encuentran a su madre en reposo, es decir, disponible.

También puede resultar útil conocer cómo duermen los bebés en otras sociedades: recapacitaremos sobre el grado de desprotección y desamparo con el que pretendemos “educar” a nuestros hijos.

Sin temor a equivocarnos

Si trabajamos, si estamos muy cansadas, si estamos al borde del divorcio, si estamos hartas, si queremos huir, es imprescindible que recuperemos fuerzas durante la noche. Eso será perfectamente posible si permanecemos con nuestros niños, porque todos dormiremos en paz. Casi sin excepción, cuando las mamás nos ponemos las manos en el corazón reconocemos que nos da placer dormir abrazadas al niño. Aunque nos da temor qué va a suceder después. Nos preguntamos si “esto” se va a terminar algún día. Procuremos tranquilizarnos: los niños suficientemente acunados evolucionan en sus necesidades una vez que han superado y adquirido la madurez necesaria. Inversamente, la mayoría de los adultos permanecemos inmaduros reclamando en el presente que alguien nos acune y nos cuide, que esté atento a nosotros, y que seamos el ser más importante para el otro. Lo que no fue satisfecho en la infancia queda pendiente para el futuro.

Lo normal no es un problema

Comprendo que la mayoría de las madres estamos muy presionadas por la opinión del marido, del médico o del psicólogo, quienes consideran que “no es normal” que el bebé reclame tanto. Todos se dedican a buscar una solución al supuesto problema, cuando en realidad se trata de un bebé que se despierta por la noche porque es bebé. Es importante dejar claro que no se trata de ninguna patología.

Las mamás queremos dormir, pero cuando nos enteramos de que es esperable que durante los primeros años de vida el niño despierte, y que por lo tanto no hay ningún problema a solucionar, ni es un problema de hambre... nos relajamos y, sin prestar demasiada atención, finalmente todo niño encuentra en algún momento un ritmo razonable entre vigilia y sueño. La noche es un océano en la oscuridad. Es importante que dentro de la fusión emocional con el bebé, acompañemos su proceso de adaptación sin prejuzgar desde la mirada racional del adulto.

Un momento de encuentro y de paz

Por último, para vivir un sueño relativamente tranquilo, toda madre necesita ser cuidada y sostenida por otro, ya que el cuidado del niño absorbe toda su energía. Posiblemente, la dimensión de este fenómeno sea sólo comprensible para las mujeres que hayan pasado por este trance. Si estamos demasiado agotadas, revisemos nuestros acuerdos de pareja – si tenemos una–, pensemos si contamos con suficiente ayuda, observemos si hemos sido suficientemente claras en nuestros pedidos. Necesitamos una red de cobijo y amparo. Si estamos bien sostenidas, si somos escuchadas y comprendidas, cada noche podrá ser un momento de encuentro y de paz, en lugar de una batalla de hastío y descontrol.

Cuando las noches son difíciles no sirve de nada buscar recetas. Es mucho mejor revisar los funcionamientos básicos de la pareja y la familia que hemos construido. Las madres debemos procurar las condiciones necesarias para que nuestros hijos tengan un acceso ilimitado al cuerpo materno, porque ése es el diseño del ser humano en tanto que mamífero. Podemos pelear contra nuestra esencia, si eso nos gusta o nos hace bien, pero de este modo no hacemos más que perder las batallas una y otra vez. Cuando las madres nos alejamos de nuestra función específica durante el período de crianza de los niños pequeños, terminamos produciendo desencanto y sufrimiento. Confiemos en el ritmo natural de las cosas. Los bebés nos esperan.


El niño protector que nos reconforta

Las madres que estamos solas –sin cónyuge o en la vivencia emocional–, contamos con un hijo que al despertar nos asegura: “Estoy aquí y no te voy a abandonar, ni de día ni de noche”.

Sería interesante hacernos cargo de nuestro temor a la soledad, a la cama vacía, al frío y a la oscuridad. El cuerpo del niño nos reconforta recordándonos que no estamos tan solas en el mundo. Que somos dignas de ser amadas.

Cuando la violencia es la modalidad de comunicación en la pareja, el cuerpo del niño puede actuar como nuestra coraza. A veces sucede que el varón se relaciona a través del poder y entonces tomamos la revancha valorizándonos a través de los pedidos del niño. Necesitamos la demanda permanente para sentirnos amadas, nos volvemos indispensables.

En ese punto deberíamos discriminar si hay un pedido real del niño o si es un pedido nuestro formulado a través de él.


Recuperar el tiempo perdido

Me refiero a las mamás que trabajamos muchas horas fuera de casa, o bien que estamos en casa pero no dedicamos al niño un tiempo de atención exclusiva. Los niños necesitados de mayor presencia saben que a mamá la encuentran de noche. Quizás enfadadas, pero estamos.

A veces creemos que estamos totalmente disponibles para nuestros hijos, pero, en verdad, nuestra mente, nuestros sueños o preocupaciones se han disparado al infinito.

Si somos capaces de aceptar que hay un tiempo mínimo indispensable para ambos, madre e hijo, de contacto cercano y permanencia, un tiempo sin el cual el niño lastima su campo emocional, podemos suponer que si no aumentamos esos momentos durante el día, no tenemos mejor opción que ofrecérselos por la noche. En última instancia somos nosotras quienes elegimos cómo repartir el tiempo.

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