Los tuyos, los míos, los nuestros

LA FAMILIA CRECE

Los tuyos, los míos, los nuestros

Cuando cada miembro de la pareja aporta sus hijos a la nueva unión, la paciencia, el diálogo y la comprensión son más necesarios que nunca.

Laura Gutman

30 de abril de 2017, 01:05 | Actualizado a

En la medida que los divorcios se van haciendo más frecuentes, las mujeres y los hombres habitualmente volvemos a emparejarnos, y de esas uniones nacen hijos que no sabemos muy bien dónde ubicar dentro de nuestro esquema de familia. Y es que las familias han cambiado en el concepto y en la realidad. Ahora los niños tienen hermanos por parte del padre, por parte de la madre, por parte de la segunda pareja del padre, sobrinos que son hijos de medios hermanos y hermanastros con quienes no tienen lazos sanguíneos pero sí convivencia fraterna. Madrastras que no se parecen en nada a las brujas de los cuentos y padrastros a quienes aman y a veces pierden después del último divorcio de la madre.

Lazos afectivos

El “quién es quién” en estos nuevos rompecabezas familiares ya no lo podemos organizar según los lazos de parentesco físico sino según los vínculos afectivos que se establecen de muy variadas maneras. Esa es la gran diferencia que exite ahora: ya no se estipula quién funciona como padre, hermano o tío según la herencia sanguínea, sino que aquel que esté dispuesto a cumplir esa función –bajo el acuerdo de todos los implicados, por supuesto– simplemente la asume.

Para los niños pequeños todas estas cosas suelen ser muy sencillas. No tienen problemas en amar a dos, a tres o a veinte personas. Con bastante frecuencia, quienes tenemos problemas somos las personas mayores, a quienes nos resulta más complejo admitir dentro de nuestro circuito afectivo a más individuos que los que habíamos calculado.

Sucede que, sin querer, nos enamoramos de alguien. Digamos, por ejemplo, que Remedios se enamora de Juan Carlos. Remedios es una mujer joven, no tiene hijos y desea tenerlos. Si hay algo que le gusta de su pareja es que es un padre encantador. Juan Carlos tiene dos hijos pequeños, Marcos de seis años y Mercedes de cuatro. Verlo jugar con sus hijos, observarlo cuando corretea con ellos los domingos y cuando los acaricia antes de dormir, la llena de ternura y pasión por ese hombre perfecto. Las cosas andan tan bien entre ellos que deciden irse a vivir juntos, incluso han conversado sobre la posibilidad de tener niños más adelante. La vida les sonríe.

Pero resulta que Remedios se enamoró de Juan Carlos pero no previó que eso significaría alimentar el amor hacia esos niños que a partir de ese momento pasan a formar parte de su vida familiar. En el día a día aparecerán las dificultades, teñidas por las limitaciones reales que implica la presencia de los niños pequeños: básicamente coartan la libertad y la autonomía. Es así.

Primeras diferencias

Ya no disponemos de nuestro tiempo ni de nuestra energía como antes: los niños y sus necesidades están primero. Pueden aparecer también concepciones diferentes en el arte de criar y todo tipo de desencuentros con la madre de los niños, motivos obvios por los cuales Juan Carlos y su ex mujer ya no están juntos. Remedios intentará inconscientemente retener a Juan Carlos, al mismo tiempo que tratará de expulsar de ese territorio a los niños molestos. El problema es que Juan Carlos “solo” no existe. Es “JuanCarlosconsusdoshijos”. He aquí uno de los malentendidos más frecuentes: una cosa es enamorarse de un hombre o una mujer con hijos, y otra es comprender que todo vínculo comprometido con esa persona incluye necesariamente a sus hijos.

Rendirnos ante la realidad

A menudo pretendemos desconocer la evidencia de la presencia indefectible de los hijos de la persona que amamos, sosteniendo la ilusión que ese ser está solo y totalmente disponible para nosotros. Sin embargo, si decidimos iniciar una convivencia, tendremos que rendirnos ante la realidad tal cual es y lograr acuerdos sobre muchas más situaciones que las habituales dentro de una pareja sin hijos. Cuando asumimos el compromiso de convivir con hijos ajenos, tendremos que ser muy claros unos y otros sobre qué estamos en condiciones de ofrecer, qué pedimos a cambio, qué espacio de libertad otorgamos a nuestra pareja para ocuparse de sus hijos –especialmente si no tenemos hijos propios- y, sobre todo, tenemos derecho a conocer la trama oculta de los vínculos de esos niños en relación a sus progenitores o las personas que les cuidan la mayor parte del tiempo.

Las cartas sobre la mesa

Inversamente, si Remedios es quien tiene tres hijos –pongamos que tiene a Clara de 14 años, y a los gemelos Lorenzo y Martín de 10 años– y Juan Carlos decide asumir la convivencia con estos niños, tendrán que discutir y poner sobre la mesa las modalidades de convivencia, lo que cada uno está verdaderamente en condiciones de ofrecer al otro, los tiempos disponibles y, sobre todo, si serán capaces de tolerar las ideas que cada uno defiende en relación a la crianza y la educación de los niños. Lo mismo sucede si tanto Remedios como Juan Carlos tienen hijos. Dependerá de quiénes son los niños que viven siempre en la casa común, de sus edades y del nivel de conflicto con cada uno de los ex cónyuges, lo que facilite o empeore el entendimiento entre las partes.

Justamente, uno de los factores que no tenemos en cuenta en ese momento es que compartiremos la vida –lo admitamos o no– con los ex cónyuges, los propios y los de nuestra pareja, ya que están presentes en cada exabrupto de los niños, cada enfado, cada enfermedad y cada toma de decisiones. ¡Esa es la verdadera sorpresa! Y la peor noticia es darnos cuenta de que los ex suegros también están invitados a la fiesta y nos vemos obligados a aceptar que forman parte de la familia.

Paciencia y diálogo

Estar dispuestos a fusionar familias supone una generosidad y una apertura excepcionales. Porque no se trata sólo del amor pasional entre un hombre y una mujer con el consecuente deseo de estar juntos. Cuando uno de los dos –o ambos– tenemos hijos, planear el futuro en común incluye múltiples variables, tantas como individuos formen parte de esta decisión tomada por la pareja enamorada y sin el consentimiento de los niños. Es decir, será menester ejercer la paciencia, el diálogo, las explicaciones, la escucha genuina y la verdadera intención de ofrecer a los niños algo tan valioso como la comprensión y la compañía, en agradecimiento a su adaptación al nuevo esquema familiar.

Ante el desafío

La familia ensamblada nos obliga a tolerar las diferencias, a ofrecer nuestras virtudes –ya sean la tranquilidad, la solvencia económica, el humor, una familia extendida que nos respalda, la simpatía, la disponibilidad para el diálogo o lo que acreditemos en beneficio de todos–porque una familia de este tipo es siempre un desafío mayor. Los adultos tenemos la obligación de cultivar el amor hacia los niños que no son propios si pretendemos que aprendan a convivir, sean respetuosos y solidarios –ya sea con sus hermanos de sangre o de vida– y todos sientan que están en su casa. Si el día a día está basado en el diálogo y la aceptación de las diferencias, cada vez seremos más capaces de acomodarnos a las necesidades de los mayores y de los pequeños nutriéndonos del abanico de percepciones y sensaciones que nos constituyen.

Con una pizca de humor, hay familias que lúdicamente dibujan árboles y mapas indicativos para no perderse en el laberinto de los lazos inter-familiares y lo cuelgan en la puerta de entrada de la casa para que quienes visiten ese hogar sepan quién es quién. Es el juego de las diferencias. Es el juego de la libertad.


La clave es tratar de entendernos

  • Los hijos de nuestro cónyuge tienen otra mamá (u otro papá), por lo tanto, tienen modos de comer, de hablar por teléfono, de estudiar, de ordenar sus juguetes o de enfadarse diametralmente opuestos a nuestras costumbres.
  • Las reglas que decidamos instaurar para la nueva convivencia deberían ser acordadas al menos entre los adultos.
  • Si pretendemos que los niños modifiquen conductas o maneras de relacionarse dentro de casa, tendremos que explicar claramente cuáles son los motivos, escuchar lo que ellos tienen que decir e intentar acercar posiciones.
  • En medio de las crisis de convivencia, podemos recordar que estamos todos en proceso de adaptación, y eso lleva tiempo.
  • Las familias ensambladas subsisten en armonía sólo si la pareja adulta cultiva el diálogo y la escucha mutua en forma permanente.

Generosidad a prueba

  • Formar una familia ensamblada, supone integrar miembros que no estaban presentes al inicio de la relación pasional. Los hijos de la pareja van apareciendo bajo cierta distancia. Pero en la convivencia, devienen abrumadoramente presentes. Tener en cuenta el pasaje entre la “idea” de los hijos ajenos y la “experiencia” de convivir con ellos es el desafío.
  • Capacidad de adaptación. Tanto los adultos como los niños y adolescentes tenemos que poner a prueba nuestra generosidad, adaptándonos a los ritmos, la cultura, el modo de actuar, las necesidades y prioridades de los demás. El “otro” –como alguien muy diferente– se va a convertir en un ser muy próximo, con quien vamos a compartir la vida cotidiana.
  • En positivo. Cuando somos más para atender y satisfacer, también somos más para escucharnos, ayudarnos, cobijarnos, acompañarnos y enseñarnos mutuamente.

Tratarlos a todos por igual

  • Hijos propios. Vale la pena reflexionar sobre cuánto tiene que ver este concepto con la apropiación de los hijos como si fueran un bien de consumo. Y qué bueno sería aprender a considerar a todos los niños como propios, sobre todo si nos toca convivir con ellos.
  • Hijos ajenos. Si la familia se divide en dos territorios dentro de la casa, el pronóstico es complicado. Evaluemos si no es mejor tener una relación de pareja sin convivencia para que los hijos propios y ajenos no se conviertan en rehenes de nuestras disputas.
  • Juntos y mezclados. En estas familias circula mucha vitalidad. Hay niños de edades diferentes que viven unos días en casa del padre y otros en la de la madre. Y es común que un niño desee compartir actividades en casa de la mamá o el papá del hermanastro.