El verdadero significado de los celos

CRIANZA

El verdadero significado de los celos

Lejos de la imagen romántica del amor apasionado, los celos son sólo la muestra del miedo, la soledad y la falta de seguridad interior que arrastramos desde la niñez.

Laura Gutman

3 de octubre de 2018, 12:57 | Actualizado a

Pensemos por un instante qué nos pasa cuando sentimos celos de alguien. En primer lugar hay algo que anhelamos porque no lo hemos tenido. No hablamos de celos cuando queremos una casa más bonita o un viaje o un trabajo; en esos casos nos referimos a la avidez o a la ambición o al deseo. En cambio, cuando tenemos celos es porque anhelamos ser amados pero tenemos miedo de no ser suficientemente queridos o valorados.

Tenemos miedo de perder a ese individuo que supuestamente nos va a colmar de seguridad y atenciones personales. Tenemos miedo de no ser suficientemente valiosos.

Ese miedo es un miedo infantil. De hecho, haga lo que haga el otro para tranquilizarnos, nunca será suficiente. ¿Por qué? Porque ese miedo está apoyado sobre experiencias que sucedieron durante nuestra infancia, cargadas de soledad, desamparo y dolor.

El principal obstáculo para abordar los celos que sentimos en la actualidad es que no tenemos recuerdos conscientes sobre aquello que nos ha sucedido durante el transcurso de nuestra infancia. Y en el caso de que tengamos algún vago recuerdo, será desestimado por las palabras que nuestra madre, nuestro padre o el adulto que ha nombrado la realidad, haya usado.

Por ejemplo, si fuimos niños que pasamos nuestra infancia siendo testigos de las peleas entre nuestros padres, nadie nos miraba ni atendía nuestras necesidades porque éramos nosotros quienes mirábamos a los adultos. Sin embargo, esto no ha sido nombrado. Nadie dijo que éramos un niño o una niña expuestos a la falta de cuidados. Y si nadie lo dijo, hoy no lo podemos recordar. A pesar de todo, hay algo que sí se perpetúa en nuestro interior; la soledad y la sorda sensación de no ser valiosos para nadie.

Y sucede algo más: si somos nosotros el objeto de los celos, si alguien enloquece cuando otra persona nos mira, o con sólo pensar que alguien podría mirarnos... creemos que “eso” es amor. Suponemos que si alguien se vuelve loco es porque nos ama.

También aprendemos a relacionarnos de esa misma manera: consideramos que amar es no permitir que el otro tenga una vida más allá de nosotros. Y cada vez que protagonizamos una escena de celos, como si fuera un ritual, estimamos que así se manifiesta el amor intenso. Pues bien, todo esto es falso.

Los celos no tienen nada que ver con el amor, todo lo contrario: son reflejo del desamor que hemos padecido a lo largo de la infancia y que hoy perpetuamos bajo el manto del terror a ser nuevamente abandonados. Eso de amor no tiene nada.

Desesperados e inseguros

Cuando sentimos celos se produce una gran equivocación. Pretendemos que el otro cambie, que no mire hacia otro lado, que no hable con nadie del sexo opuesto, no salga, no tenga amigos, no establezca relaciones interesantes... porque cualquier cosa es potencialmente peligrosa para nosotros.

Observemos que ese nivel de “peligrosidad” lo pueden percibir solamente estructuras muy débiles, es decir, individuos que cargamos con un nivel de inseguridad y desamor inmensos, lo sepamos o no.

La desesperación −infantil− nos ciega, por eso no hay explicaciones ni hechos concretos que nos calmen; del mismo modo que un niño pequeño, harto de pedir cuidados sin recibirlos, comienza un berrinche que luego es imposible de detener.

A los adultos nos ocurre lo mismo: no hay promesas ni demostraciones de afecto ni refugios que nos calmen, porque entramos en un ritual de descargas antiguas. No se trata de lo que el otro “hace” para provocar nuestros celos, sino que cualquier actitud del otro “dispara” en nuestra frágil estructura una catarata de miedos históricos, que literalmente nos enloquecen.

Afrontar las carencias

Esta situación también puede aparecer cuando nace un bebé y el hombre supone que ese niño está robando el amor que su mujer sentía por él. Objetivamente es un despropósito; nadie roba el amor de nadie. Pero para ese individuo hambriento, temeroso y herido, cada pequeña falta, cada segundo sin ser colmado, es vivido desde el inmenso vacío de su niñez.

Su realidad emocional se convierte en algo enorme y devorador. El problema es que esos padres son, en el fondo, niños lastimados y temerosos luchando por unas migajas de mirada. Incluso obteniéndola, sienten el vacío que arrastran desde la infancia.

Lamentablemente, los celos siguen haciendo estragos, porque simplemente manifiestan el nivel de miedo, de desamor, de soledad y de falta de recursos afectivos que no hemos tenido la oportunidad de fomentar en nuestro interior.

Hemos llegado a la adultez carentes de seguridad en nosotros mismos. Ahora, sólo la comprensión honesta sobre nuestra realidad emocional podrá poner las cosas en su lugar.

Ni nuestra pareja, ni las demostraciones de afecto, ni las seguridades materiales conseguirán compensar las privaciones de cariño del pasado. Sólo la valiente decisión de revisar nuestra propia historia podrá calibrar nuestras necesidades afectivas con un manto de cordura y objetividad.

No reclamemos a los demás que se hagan cargo de nuestros miedos. Si pretendemos vivir una vida de adultos, hagámonos cargo de ella.

Del miedo a la dominación

Cuando dentro de una relación de pareja empezamos a sentir miedo se genera una reacción automática, que consiste en pretender tener el control sobre el otro. Y si el miedo es muy grande, intentaremos que el otro no tenga movilidad para poder controlarlo aún mejor. Cuanto más quieto, más cerca y más a mano esté, más fácil es tenerlo dominado. Menos se escapa, menos puede decidir con autonomía, menos puede tener un deseo propio. El miedo logra que nuestros actos escapen de toda lógica, hasta el punto que preferimos tener al otro encerrado, encadenado, pero cerca.

Sin embargo, ése es el preciso momento en que el amor desaparece, porque sólo podemos amar a otro si conservamos cierta distancia para mirarlo como un ser diferenciado.

Cuando se destruye el amor

  • En nuestra desesperada necesidad de sentirnos amados, es común que generemos situaciones que desestabilizan al otro, por ejemplo, dándole a entender que estamos mucho mejor sin ellos, o que hemos conocido a alguien estupendo, o despreciándolo para que crea que tiene que hacer grandes esfuerzos para recuperarnos.
  • En estos casos, aunque el otro parece más desequilibrado o empobrecido, en realidad nosotros estamos peor: decidimos simular una escena de celos porque tenemos miedo.
  • En la dinámica de ciertas parejas, creemos que alimentamos el amor cuando estamos en tensión permanente. Sin embargo, este tipo de tensiones va desgastando el poco amor que quizás habíamos logrado generar.
  • Si los conflictos entre nosotros son moneda de cambio, si los reproches ocupan más espacio que las conversaciones amables, si no conocemos la historia real de nuestra pareja y nosotros mismos conservamos más de un secreto como si fueran un auténtico tesoro, es muy posible que quede ya poca sustancia para compartir.
  • Los celos nunca son nutritivos ni generan momentos de amor, por más que las películas y las telenovelas estén repletas de estas historias con las cuales nos sentimos tan identificados. Si estamos implicados habitualmente en escenas de celos, pidamos ayuda para conversar sobre nuestros terrores, porque eso que sentimos es mucho más que miedo.
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