El verdadero valor de las rutinas

CRIANZA

El verdadero valor de las rutinas

Las acciones que se repiten a diario aportan seguridad a los niños. Y esa estabilidad les ayudará a comprender mejor los cambios.

Laura Gutman

16 de octubre de 2018, 21:52 | Actualizado a

La vida es ritmo. Los bebés ingresan en la vida acompasados por el ritmo cardiaco de la madre. Sus primeras experiencias están atravesadas por los flujos de hambre, sueño, ingesta, defecación. Y, por supuesto, van incorporando el devenir del día y la noche, la actividad y el descanso.

En la medida que estos ciclos naturales se repiten, traen seguridad y bienestar. Por eso, los niños necesitan –y las personas mayores también necesitamos– rutinas cotidianas que nos aporten serenidad y confort.

Costumbres cotidianas

Hay rutinas “naturales”, como dormir por la noche y estar despiertos durante el día. El hambre y su saciedad también se van incorporando paulatinamente, cuando vamos fijando horarios para las comidas cuando el niño es un poco mayor. Remarquemos que no estamos hablando de lactantes, sino de niños que ya toman alimentos sólidos.

Las rutinas tienen que ver con pequeños actos cotidianos, como lavarse las manos después de jugar o salir a pasear todas las mañanas. Que repitamos ciertas actividades todos los días da seguridad a los niños, porque esas rutinas organizan el día y les ayudan a prever qué es lo que va a suceder a continuación.

Dicho esto, siempre es beneficioso que los adultos respetemos ciertas costumbres que los niños adquieren espontáneamente, sobre todo en relación a sus horarios. También es recomendable que instauremos pautas que repetimos cada día, cada semana o al inicio de una estación: los viernes hacemos una limpieza más profunda en la casa, cuando empieza el otoño vamos a pisar hojas al parque...

No es necesario ser rígidos, pero sí utilizar estas pautas como parámetros espacio temporales. Por ejemplo, para un niño es un alivio saber que, siempre, cuando él se despierta de la siesta, su madre regresa a casa. Para él, la siesta, el descanso y el reencuentro con su madre van de la mano.

Asimismo, si van a producirse cambios, podremos explicárselos en relación a lo que sucede habitualmente, por ejemplo: “Hoy después de la siesta mamá no regresará como de costumbre, sino que volverá cuando ya sea de noche”.

Si existen ámbitos estables, podemos movernos con mayor libertad. Ese es el auténtico sentido de la rutina.

Tenemos que inventarlos pero, luego, esos pequeños actos cotidianos que repetimos antes o después de ciertas situaciones nos ayudarán a convivir con los niños pequeños.

Por ejemplo, establecer que al llegar a casa, siempre nos quitamos los zapatos. O que al sentarnos a la mesa, cantamos una canción. O cuando llega papá, vamos todos un rato a su habitación. O los domingos todos miramos la tele en la cama grande.

No importa cuáles sean los permisos o las propuestas. Importa que se repitan para que el niño tenga parámetros seguros en los que apoyarse.

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