La importancia del vínculo seguro

NIÑOS MÁS FELICES

Vínculos más seguros y sanos

El apego madre-hijo que se establece durante los primeros años de vida de los niños les ofrece seguridad en la infancia y determina su modo de relacionarse con los demás en la vida adulta.

Jorge L. Tizón

5 de febrero de 2018, 18:10 | Actualizado a

El apego o conducta de apego es aquella que lleva a que una persona alcance o conserve la proximidad con otro individuo diferenciado y preferido, del que recibe seguridad y apoyo.

A lo largo de la vida infantil, tendemos a estar o sentirnos próximos a esa figura que encarna normalmente la madre o el cuidador principal, y que después, con los años, pueden jugar otras personas.

El resultado es el establecimiento de vínculos afectivos fundamentales, al principio entre el niño y el progenitor y, más tarde, entre adultos. Es un tema crucial para el desarrollo del niño y, en general, del individuo y de la especie.

El psicólogo, médico y psicoanalista británico John Bowlby fue el propulsor de esta perspectiva: él pensaba que el apego o vinculación aparece cuando existe una "relación cálida, íntima y continua con la madre, en la cual madre e hijo encuentran satisfacción y placer".

Su punto de vista psicológico, que luego se ha llamado "teoría del apego" o "psicología del apego", considera cruciales esos vínculos iniciales.

A diferencia de los psiquiatras y psicoanalistas de su época, Bowlby defendía que el tener una figura de apego, de vinculación, sobre todo en la infancia, pero también a cualquier edad de la vida, es algo tan importante como las necesidades básicas de mamar, dormir, conocer... Decía que los vínculos emocionales íntimos entre los individuos son primarios y tienden a desarrollarse sin tener que enseñar a hacerlo.


Un seguro de perpetuidad

Los vínculos de apego cumplen una importante función biológica: la supervivencia del individuo y la especie. Sin ellos estamos en peligro de perecer por la falta de cuidados, alimentación, por los depredadores, por las alturas... O, simplemente, por el impacto caótico de nuestras emociones primitivas, cuando no son contenidas por la madre y el padre, las primeras figuras de apego.

Por tanto, todos buscamos desde el nacimiento una figura de apego o vinculación (al menos una). Pero estas figuras de apego no solo proporcionan cuidados, seguridad y defensa, sino que son la base de todos los mecanismos mentales que guían nuestras expectativas y la planificación de nuestra conducta.

Los generamos a partir de la interiorización de nuestras propias relaciones con las figuras de apego fundamentales; generalmente es la madre y, cada vez con mayor importancia, el padre.

¿El apego es resistente al cambio?

"Madre no hay más que una" y "Te quiero más que a mi madre" son dichos populares que atestiguan la tendencia a que esa primera relación permanezca como la más importante de la vida y el modelo para las demás. Sin embargo, en la especie humana, sobre todo en sus niños y adolescentes, hay un potencial continuo para el cambio, de forma que la vida de una persona es permeable tanto a la adversidad como a las influencias favorables.

En ese sentido, aprendemos a apegarnos de diversos modos y, por tanto, hay diferentes tipos de apego, desde seguro hasta inseguro.


Repetimos los modelos

A lo largo de la vida, tendemos a buscar una y otra vez la figura de apego o a sus representantes reales o simbólicos ("figuras maternas" y "figuras paternas"). Incluso en la vida adulta, cada disgusto o contrariedad tiende a aproximarnos a la familia, vale decir, a las figuras de apego: queremos llorar o consolarnos con nuestra madre, nuestro padre, nuestro hermano, nuestro tutor... Buscamos otras figuras de apego, pero casi siempre según los patrones que hemos establecido en la infancia, modificados por las experiencias posteriores.

Eso explica la tendencia de algunas personas a establecer "malas parejas" o "malas relaciones" repetidas: tiene mucho que ver con cómo vivimos nuestra relación con nuestra figura de apego inicial.

¿Era una persona cálida, próxima, presente...? Probablemente, sin darnos cuenta, buscaremos en el futuro figuras similiares. Ahora bien, si la madre o cuidadora principal era asustadiza y llena de miedos, seguramente generará en nosotros tendencias parecidas... En cualquier caso, habrá una relación entre las relaciones establecidas con esa figura de apego y muchos de los rasgos de personalidad más profundos de ese niño y ese adulto.


Otras influencias esenciales

El vínculo de apego tiene una gran importancia moldeadora sobre nuestro psiquismo, pero también posee influencias decisivas sobre el desarrollo de nuestro sistema nervioso, hormonal e inmunitario, entre otras cosas porque muchas de las emociones humanas más intensas, que se basan en esos componentes biológicos, se estructuran y desarrollan precisamente mientras las relaciones de apego se forman: en la primera infancia.

Es entonces cuando vamos a sentir y manifestar por primera vez los patrones del placer, de la sorpresa, del sufrimiento, del miedo... En ese sentido, las emociones son la base del apego, y el apego, el moldeador de nuestro mundo emocional.

Además, mientras se gestan y maduran las relaciones de apego, vamos desarrollando diversas estrategias para lograrlas o conservarlas.

Por ejemplo, hay padres para los cuales solo son valiosos los niños valientes y sin miedo, que afrontan solos los peligros, que tienden a separarse, alejarse... Mientras que otros padres o madres favorecerán el que sus hijos soliciten su ayuda ante toda situación de peligro o dificultad, ante todo temor.

Otros se mostrarán a veces próximos, estimuladores de la dependencia, mientras que en momentos diferentes (e imposibles de predecir para el niño) pueden mostrarse distantes, estimuladores de la autonomía o incluso de la separación prematura, lo cual puede inestabilizar al niño a través de inestabilizar la posibilidad de un apego seguro.

Sin consenso


El apego o las conductas de apego pueden ser de diversos tipos. Una forma de clasificarlos es la que los divide en:

  • apego seguro
  • apego ansioso
  • apego evitativo
  • apego disociado-desorganizado

Otro modo de diferenciarlos sería:

  • apego seguro
  • apego preocupado
  • apego desestructurado
  • apego temeroso

Como vemos, todavía no existe una tipología aceptada por todos los grupos de investigación aunque, en general, se piensa que hay vinculaciones o apegos seguros, apegos ansiosos y apegos desestructurados.


Un mismo niño, ante la amenaza de que su madre se vaya, se mostrará nervioso y con tendencia a reaccionar nerviosamente en las relaciones, o bien con temores excesivos a separarse de esa mamá y de los demás. Pero también puede reaccionar con llantos, chillando, o con rabietas incontrolables, o haciendo regresiones como volviéndose a orinar encima...


Estrategias para mantenerlo

Mientras que un vínculo de apego perdura, las diversas formas de conductas de apego que contribuyen a él están activas solo cuando es necesario.

El bebé y el niño no tienen que estar quejosos siempre, solo cuando sienten peligrar el vínculo de apego, temen que la madre se vaya, etc.

De ahí que las separaciones tempranas, intempestivas o demasiado prolongadas inestabilicen la figura de apego. Es algo que los padres sensibles pueden notar cuando dejan al bebé durante más de uno o dos días: a la vuelta, el niño se manifiesta triste, o enfadado, o rebelde, o vulnerable...

Son diversas formas de mostrar el dolor por la pérdida y de avisar para que no se repita.

Porque el mantenimiento del vínculo de apego es la principal fuente de seguridad en la infancia y una de las fundamentales en la vida adulta. En consecuencia, la psicología y la psicopatología de las emociones coincide, en buena parte, con la psicología y la psicopatología de los vínculos de apego: unos vínculos de apego alterados porque los padres están y no están, son inestables emocionalmente, o uno de los dos está deprimido, o no controla su ira y otras emociones...

Entonces altera el desarrollo de esas emociones primitivas, lo que facilita la aparición de trastornos mentales en el niño.

De ahí que, como suele decirse, la mejor forma de ayudar a criar a un bebé y a un niño es mediante la felicidad y la seguridad interna de sus progenitores.

Para ayudar a un niño que tiene algún tipo de problema, lo mejor que pueden hacer sus padres es buscar ayuda para ellos mismos y para las relaciones que establecen, tanto los adultos entre sí como los adultos de esa familia con el niño.

Desgraciadamente, el no saber o no confiar en la importancia que tiene el apego hace que numerosas personas, incluso profesionales de la medicina y la psicología, crean que pueden modificarse los problemas del niño dándole medicaciones desde los primeros años, o tan solo con "psicoterapia para el niño", sin que los padres sean atendidos al mismo tiempo.

Las primeras emociones

En el mismo periodo en el cual la relación de apego se establece es cuando se estructuran muchas de las emociones humanas más intensas.
La relación de apego con los momentos de unión y placer o de desunión, de alejamiento de la madre, es el lugar donde se desarrollarán esas emociones más primitivas, para las que venimos genéticamente pre-programados: placer, sufrimiento, asco y malestar, interés y reacciones de sorpresa. Y luego, alegría, ira, tristeza, envidia, celos y las demás emociones más complejas, pero también secundarias.

Todas ellas empiezan a manifestarse en el bebé y en la relación mientras las relaciones de apego se forman, se mantienen, se desorganizan, se renuevan... Por ejemplo, la alegría (ante la renovación del apego) y el placer, la seguridad y la confianza (en su mantenimiento). O el miedo e ira (si el apego está amenazado), o sufrimiento, tristeza e ira (si se ha perdido o separado de la figura de apego).

Las experiencias nos cambian

Brindar cuidados es complementario a la conducta de apego y cumple asimismo una función evolutiva: proteger al individuo apegado. Por eso mismo se dice que la relación de apego es bipersonal: porque un individuo busca cuidados y uno o varios los proporcionan.

Qué, cuándo y cómo se buscan los cuidados depende de nuestra dotación como especie y como individuos, pero depende también de qué, cómo y cuándo se nos han proporcionado los cuidados, y eso puede ser modificable.

Las formas de vincularse pueden alterarse porque el individuo ya tenía desde la infancia unos patrones perturbados, pero también debido a influencias actuales de suficiente peso emocional que reactivan otros modelos relacionales que hasta entonces habían permanecido como secundarios en su mente y su cerebro.

Esa idea básica, de una forma de apego dominante y unas formas de apego dominadas o secundarias, es la que explica por qué determi-nados acontecimientos de la vida adulta pueden cambiarnos tanto, pueden hacer aparecer otras formas de relacionarnos y vincularnos antes secundarias.

Por ejemplo, como suelo decir, la marginación engendra violencia y apegos ansiosos o desorganizados.

El apego infantil, como la genética, son importantes, pero una relación amorosa profunda, un buen tutor, profesor o maestro, una experiencia o una serie de experiencias impactantes, incluso aparentemente negativas, pueden poner en primer plano otras tendencias del apego hasta entonces secundarias en nosotros.

Esa es la esperanza que nos queda para el cambio mediante la psicoterapia y, en general, para el cambio humano...

Para saber más

Jorge L. Tizón es Psiquiatra, psicoanalista, psicólogo y neurólogo. Director del Equipo de Prevención en Salud Mental-EAPPP del Institut Catalá de la Salut de Barcelona.

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