Vivamos con ojos de niño

CRIANZA RESPETUOSA

Vivamos con ojos de niño

El camino que lleva a nuestros hijos de la dependencia física y emocional absoluta a una independencia relativa será más fácil de recorrer si nombramos sus necesidades y las colmamos.

Laura Gutman

15 de mayo de 2018, 17:57 | Actualizado a

Los mamíferos entramos a la vida a través del cuerpo de nuestra madre, quien nos ha alimentado durante la vida intrauterina, y de algún modo continuará haciéndolo durante los primeros años de vida extrauterina.

Durante la primera infancia, el alimento y el afecto están unidos, son casi la misma cosa, ya que sentimos el amor de nuestra madre en la medida en que nos alimenta, nos protege, nos acuna, nos mima y nos acaricia.

Esta primera experiencia de ser alimentados y cobijados se constituirá en nuestro mayor poder interior y nos marcará a fuego a lo largo de toda nuestra vida posterior.

Sabemos que nuestra madre nos da sustancia física y emocional. Mucha o poca, conservamos aquello que hemos mamado durante ese período crítico que son los primeros años de vida, de los cuales no tenemos recuerdos conscientes. Sólo tenemos sensaciones, percepciones y un registro corporal inconfundible. Aquello que nuestra madre nos ha enseñado de algún modo, en su forma de alimentarnos, de cuidarnos, de protegernos o de abandonarnos, es lo que luego vamos a manifestar en todas las áreas de nuestra vida. Y además, “eso” que hemos vivido se va a convertir para siempre en una experiencia “calentita”, que nos dará seguridad. Podrá ser una experiencia objetivamente dolorosa; sin embargo, si viene de la mano de la experiencia infantil al lado de nuestra madre, es decir, si tiene alguna cualidad nutricia, si está ligado al recuerdo de la cercanía del cuerpo materno, será vivida como positiva y reconfortante.

La “sensación de seguridad” es una certeza que cada uno de nosotros puede decodificar con precisión cuando se presenta, aunque llamativamente esa vivencia de seguridad puede variar mucho entre una persona y otra.

Experiencias particulares

Ahora bien, ¿acaso todo depende de la madre real que nos ha tocado en suerte? En parte sí, pero en parte depende también de la energía que traemos con nosotros. De hecho, nuestros hermanos experimentan una madre totalmente diferente, aunque se trata de la misma mujer con quien compartimos la función materna.

No depende sólo de lo que nuestra madre “haya hecho” con nosotros, sino también de qué es lo que nosotros hemos “interpretado”.

Luego, a lo largo de las siguientes experiencias vinculares, viviremos cada situación parecida a la cualidad del vínculo materno con sensación de placer, o al menos como una experiencia segura. A algunos de nosotros nos resultará seguro el contacto corporal, para otros lo será el aislamiento, para otros la palabra, y para otros la sensibilidad. Algunos nos sentiremos seguros si hay comida y bebida; otros, sólo si hay algún desafío que afrontar; otros, si hay situaciones de confianza; otros, si participan de acontecimientos caóticos o desorganizados.

Es interesante descubrir qué situaciones de la vida cotidiana nos hacen sentir “como en casa” en la actualidad. Eso nos dará algunas indicaciones sobre la modalidad materna que nos ha nutrido. A veces disponemos los hechos rutinarios de modo tal que vivimos en un estado de conflicto permanente, o necesitamos que la nevera esté siempre llena, o que haya un cierto equilibrio estético, o tener el control de todo lo que acontece, o bien necesitamos mantener una buena distancia emocional, o dar y recibir explicaciones ante cada nuevo acontecimiento. En fin, reconocer el pulso básico siempre presente en nuestra modalidad vincular, nos da pistas sobre la madre que hemos vivido; y esa madre interior, a su vez, nos refleja nuestras seguridades e inseguridades actuales y nuestras capacidades para relacionarnos con los demás.

Dependientes ante el mundo

Ahora bien, ¿qué es lo que, siendo niños, más nos importa? El confort.

Sí, el confort de la presencia de nuestra madre. O de alguna figura maternante, alguien que simplemente nos sonría, aceptándonos tal cual somos, intentando brindarnos todo aquello que necesitamos para afrontar el mundo que se presenta inmenso e inabordable. No importa si hay una guerra atroz más allá de los brazos de mamá. Si mamá está, nada malo nos podrá acontecer.

En cambio... si el mundo externo es relativamente pacífico pero no hay nadie que nos acoja, nos suavice, nos alce en brazos, nos preste palabras sencillas para nombrar con anticipación todo lo que va a suceder, nuestro pequeño mundo infantil se convierte en un territorio hostil y peligroso.

El mundo es peligroso, inconmensurablemente arriesgado si estamos solos. La soledad o la buena compañía hacen toda la diferencia cuando somos niños. ¿Por qué? Porque siendo niños somos totalmente dependientes de los cuidados de los demás. Siendo muy pequeños no podemos resolver prácticamente nada por nuestros propios medios. Si tenemos hambre, dependemos de que alguien nos alimente. Si tenemos frío, dependemos de que alguien nos abrigue. Si tenemos dolor, dependemos de que alguien nos alivie. Si tenemos miedo, dependemos de que alguien nos cobije. Si estamos perdidos, dependemos de que alguien nos encuentre.

Hacer el camino acompañados

La evolución desde la dependencia física y emocional más absoluta hacia una independencia relativa, es un tránsito muy prolongado... de casi veinte años. El camino que tenemos por delante es enorme. Y eso, todos los niños lo sabemos. Por otra parte, también tenemos una certeza intuitiva de que cada hecho de la vida cotidiana se presenta bajo una modalidad demasiado difícil de abordar desde nuestra dependencia emocional. Y que necesitaremos, obligatoriamente, la asistencia de un adulto para que medie entre el mundo y nosotros.

Por ejemplo, si aún no tenemos capacidad para caminar, es evidente que alguien nos tiene que prestar sus piernas. Eso significa que esperamos estar siempre, siempre, siempre, en brazos de alguien que camine. Y cuando logramos iniciar la marcha y dar los primeros pasos, lo que es un éxito significativo, de todas maneras seguimos necesitando caminar con las piernas de otro. Y mientras no contamos con el lenguaje verbal, esperamos que alguien nombre nuestras sensaciones, nuestra hambre, nuestro frío, nuestro dolor de barriga.

Esperamos que las palabras broten de los labios de alguna persona generosa que decida dar un significado a todo aquello que nos acontece.

Hasta que alguna vez nosotros mismos seamos capaces de nombrar cada cosa.

Sin embargo, con frecuencia, no obtenemos aquello que necesitamos. No encontramos piernas que caminen nuestro andar, ni brazos que nos otorguen movimiento, ni palabras que canten nuestras canciones. Lo más grave no es el desencanto, sino el peligro en el que efectivamente estamos. Librados a los depredadores, lloramos con desesperación. Pero en lugar de ser comprendidos, llamativamente, somos desestimados. Algo que ninguna otra especie de mamíferos haría: desestimar la llamada de la cría.

En estos casos, intentamos cambiar las estrategias: si el llanto no es escuchado, probamos enfermando. Lamentablemente, en ocasiones obtenemos respuestas, pero casi siempre directas sobre la enfermedad, no en relación a nuestro llamamiento. En ese punto, los niños ya no sabemos cómo explicar que necesitamos desesperadamente la presencia y la mediación de un adulto autónomo.

Demandas acalladas

El mundo es inasequible desde nuestro pequeño rincón infantil. El tiempo de espera duele. El silencio duele. La quietud duele. El hambre duele. La soledad duele mucho. No es posible concebirnos si no estamos en presencia de otro, porque si estamos solos, no estamos completos, no somos. Encontrar confort es sencillo cuando lo obtenemos. Es poco lo que necesitamos: apenas estar en brazos de un adulto. Todo el tiempo. Ahora bien, si estamos solos, no tenemos otra opción que rendirnos a ser devorados por los monstruos. El sufrimiento lo inunda todo.

En ciertas ocasiones intentamos hacer otro movimiento: nos adaptamos. Es decir, podemos inventar que no necesitamos eso que necesitamos. Y así logramos sobrevivir. Pero, claro, tendremos que pagar algunos precios para sostener la mentira. Que hayamos sobrevivido disminuyendo las demandas, significa que hemos relegado a algún lugar sombrío las necesidades básicas que no han sido satisfechas. Pero éstas no desaparecen. Sólo desaparecen para la conciencia. La vivencia más profunda es la necesidad permanente. Poco a poco se va esfumando el registro de las necesidades personales.

Cuando cumplimos tres años, ya comprendemos fehacientemente que no podemos llorar como un bebé recién nacido; a los seis años, mucho menos.

Aprendemos a pedir sólo lo que los adultos están dispuestos a escuchar, porque ya estamos entrenados para no pedir lo que no corresponde.

Además, de todas maneras no lo obtendremos. Así nos alejamos de nuestras almas en pena, porque ya no nos reconocemos. En ese mismo instante, hemos perdido para siempre la sabiduría de la infancia.

Los niños no tenemos más remedio que esperar que el tiempo transcurra. Atravesamos la infancia anhelando convertirnos en mayores, suponiendo que entonces aliviaremos la sensación de inmensidad. Mientras, vamos despojándonos de nuestra ingenuidad hasta convertirnos en las personas que somos: cuerpos grandes con almas de niños esperando calor. Pensado así, hoy sólo nos resta ponernos en la piel de los niños... para ofrecerles aquello que nosotros hemos deseado con todo nuestro corazón.

Ver las cosas desde su punto de vista

El ejercicio de vivir la vida con ojos de niño puede ser de mucha utilidad. Imaginar el tamaño que tienen las escaleras en relación al cuerpo del niño, la altura de una alacena, la amplitud de una cama que sólo ocupa él o la lejanía de la oficina donde trabaja mamá, nos dan idea de la dimensión del espacio y del tiempo desde la vivencia infantil.

Si nos pusiéramos en el lugar del niño, constataríamos qué difícil es la espera, qué infinita es la calle, qué angustiante es permanecer entre muchos niños desconocidos, qué frío se siente cuando estamos solos, qué llanto lloramos por dentro sin que nadie lo registre, cuánto anhelamos ser grandes y cuánto tiempo es preciso esperar para que ello suceda.

Si pudiéramos solidarizarnos con las vivencias desde los ojos de los niños pequeños, posiblemente seríamos menos exigentes con ellos, y bastante más cariñosos.


Lo que hemos vivido acaba siendo lo normal

Es posible que nuestra madre haya sido extremadamente rígida o autoritaria. Pero en nuestro recuerdo, aparece la madre que algunas veces cocinaba un pastel de chocolate. Luego, la dureza, los golpes o las restricciones afectivas, simplemente eran normales para nosotros.

Así era la vida, y ésa era toda la vida que conocíamos. Tal vez en nuestra casa nadie hablaba, o las peleas entre hermanos eran moneda corriente sin que ningún adulto interviniera. Eso era normal, y hoy también es normal para nosotros. Las referencias internas se han plasmado a través del cristal de las experiencias vividas durante la primera infancia.

Esa tonalidad ubicará los matices de lo que para cada uno de nosotros hoy puede ser una circunstancia agresiva, tolerable, sufriente, simpática, cruel, apacible o simplemente sin importancia. Relacionar el color de nuestro cristal de la infancia, nos permitirá comprender hoy por qué ciertas situaciones nos incomodan y otras ni siquiera las registramos.

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