Volver a la infancia con ellos

CRIANZA

Volver a la infancia con ellos

¿Estamos dispuestos a divertirnos?Jugando con ellos, nosotros también salimos ganando.

Imma Marín

21 de octubre de 2018, 19:52 | Actualizado a

Jugar es una actitud vital que no tiene edad. Más allá de los juegos y las actividades, es una manera concreta y positiva de abordar la vida. El instinto del juego forma parte de la humanidad, nos define como personas y como comunidad. Pero, a menudo, los adultos olvidamos o menospreciamos esa capacidad. Nos volvemos serios y nos ocupamos de las “cosas importantes”, hablamos del juego en tono negativo: “Te pasas el día jugando; no te tomas nada en serio”, “Esto no es un juego”, “Conmigo no se juega”.


Pero sabemos que cuando nos damos permiso para reír y jugar, cuando somos capaces de tomarnos las cosas y a nosotros mismos menos en serio, nuestra mirada cambia, nuestra sonrisa se hace más franca y nuestra energía se multiplica.

El adulto, igual que el niño que juega, está más preparado para abordar de manera creativa los viejos y nuevos retos y expresa de manera más sana sus emociones.

Oportunidades para encontrarnos

Cada propuesta que nos hacen los hijos es una invitación a su mundo... y una gran oportunidad. Se trata de olvidarnos de los “tendría que” para concentrarnos en el disfrute de su juego: ¿Somos leones a punto de cazar una presa? ¿Estamos organizando la fiesta de cumpleaños de una de sus muñecas? ¿Podemos hacer más creíble el disfraz de bruja o mago confeccionando una varita mágica o una escoba voladora?

El juego permite crear y compartir recuerdos. A nuestro lado los hijos aprenden como con nadie, y nosotros nos sentimos recompensados en esos espacios donde el tiempo toma otra dimensión, lo más pequeño se vuelve lo más importante y las complicidades conforman los vínculos de la comprensión, la comunicación y el amor.

Cualquier actividad será buena si la disfrutamos todos. ¡Algunos de nuestros juegos infantiles continúan siendo los juegos de nuestros hijos! Podemos compartir muchos de ellos: la rayuela, el trompo, pares o nones, el cinquillo...

Pero nuestros hijos también pueden disfrutar aprendiendo nuevos juegos de ayer, si sabemos escogerlos pensando en ellos: ¿Qué tal una partida del juego de los barcos con papel y lápiz? ¿Hacemos una carrera de chapas? ¿Y conseguir formas divertidas con las servilletas? En este intercambio, ellos también nos pueden enseñar sus nuevos juegos.

Sin convenciones

En eso debe concentrarse nuestro empeño, en permitir su capacidad de jugar y recuperar la nuestra. Para ello es imprescindible priorizar la educación de la actitud lúdica libre, placentera, alegre, curiosa y de total gratuidad. Necesitaremos despertar también el deseo, las ganas de mirar, tocar, reír o descubrir, reservando e imaginando tiempos y espacios para jugar, en calles, plazas y casas.

Quizás una propuesta válida sería recuperar el juego como una ilusión compartida. Con el cambio, los niños saldrían beneficiados, pero también nosotros, los adultos, libres por una vez de convenciones, de nuestras particulares e intensas vidas, de nosotros mismos, de la vida tal como la vivimos, tan serios.

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