Monitorización fetal

BEBÉS SANOS

Monitorización fetal ¿es siempre necesaria?

Es una gran herramienta para el seguimiento de los partos de riesgo, con oxitocina o epidural, pero se ha revelado como un factor que eleva el riesgo en los partos normales.

Emilio Santos Leal

11 de agosto de 2017, 07:00 | Actualizado a

Tiene un papel estelar en los paritorios convencionales, hasta el punto de que parece imposible parir sin él. Sin embargo, la experiencia ha demostrado que la utilización del monitor fetal en partos de bajo riesgo es, en sí mismo, un factor medicalizador del parto, ya que aumenta las intervenciones sin mejorar los resultados. Por ese motivo, la recomendación actual de las sociedades científicas y de la Organización Mundial de la Salud (OMS) es racionalizar su uso y utilizar procedimientos más sencillos y menos invasivos cuando son suficientes.

De todos modos, también es cierto que es difícil mover una pieza del engranaje sin tener en cuenta las demás, y las demás piezas en este caso son el resto de los elementos considerados normales en un parto medicalizado (inmovilización en posición horizontal, administración de oxitocina, analgesia epidural...), que terminan por elevar los riesgos. Y en estas circunstancias, la utilización de la monitorización fetal se hace casi imprescindible. Por ello, dar al monitor el lugar que le corresponde en el sistema de atención al parto obliga a tener en cuenta todos los demás factores y desmedicalizar la asistencia a los partos normales.

El ritmo de su corazón

La monitorización electrónica fetal consiste en registrar la frecuencia cardiaca del bebé mediante unos sensores que se colocan sobre el abdomen de la madre y se sujetan con unas correas. Las señales van dibujando una gráfica sobre un rollo de papel. Lo normal es que esa frecuencia varíe continuamente en torno a una línea de base, que suele ser cercana a los 140 latidos por minuto. La variabilidad suele ser de unos 10 latidos arriba o abajo aunque una variabilidad entre 5 y 25 se considera normal. También se considera normal que en algunos momentos haya aceleraciones transitorias. Cuando no hay variabilidad o no hay ascensos suele ser porque el bebé está durmiendo, pero también podría ser por posible sufrimiento fetal. Durante las contracciones lo normal es que la frecuencia cardiaca del bebé no se altere; si lo hace, debe ser en unos patrones determinados.

La complicaciones aparecen, en ocasiones, a la hora de interpretar los datos. Durante el parto, y también antes de que éste se desencadene, el gran problema de la monitorización fetal es que arroja demasiados falsos positivos, es decir, que los datos que proporciona hacen pensar que hay problemas cuando en realidad no los hay. Así, basándose en la monitorización, se realizan más cesáreas de las necesarias.

Muchas veces el monitor indica alteraciones en la frecuencia cardiaca del bebé, pero no porque el parto en sí presente problemas, sino debido a las circunstancias en las que transcurre.

Por ejemplo, la postura de decúbito supino (tumbada boca arriba) es la mejor postura para que el monitor detecte el corazón del bebé y marque sus latidos sobre el papel... pero, en realidad, es la peor postura para el parto. Ninguna hembra mamífera adopta una postura tumbada panza arriba para parir; y la hembra humana, si sigue su instinto, no es una excepción. A menudo, un simple cambio de postura resuelve el “problema”, un problema aparente y no real, porque la mujer estaba en esa postura sólo porque era la mejor para colocar el aparato.

Métodos alternativos

Aparte del monitor fetal se han probado otros sistemas. El más antiguo es la medición del pH de la sangre del bebé: a través de la vagina de la parturienta, se pincha el cuero cabelludo de la criatura para tomarle una muestra de sangre. Si el pH es menor de 7,20 es decir, si el pH sanguíneo se acidifica, lo que permite deducir que al bebé no le llega suficiente oxígeno, se realiza una cesárea de inmediato. Lógicamente, éste es un método invasivo y que supone ciertos peligros para el bebé, por ejemplo, el riesgo de infección a través de la herida. Por ello, esta opción queda relegada a los casos de monitorización dudosa.

Hace unos diez años, un método llamado pulsioximetría fetal creó grandes expectativas. Consistía en conocer el nivel de saturación de oxígeno de la sangre del bebé mediante la observación del color de su piel. Se llevaba a cabo mediante un captor que, a través de la vagina de la parturienta, se coloca en la cara del bebé; cuando el aparato marcaba una saturación menor de 30%, se procedía a realizar la cesárea. Sin embargo, cuando este método se sometió al rigor de los estudios científicos, suspendió. Se constató que no salvaba vidas de bebés, y también aumentaba el número de cesáreas.

Es triste, pero ningún método de monitorización durante el parto ha demostrado científicamente su utilidad. Se han estudiado diferentes métodos en profundidad y en todos los casos se ha visto lo mismo: usados de forma rutinaria no salvan vidas de bebés y, en cambio, todos se relacionan con un aumento del número de cesáreas.

Intervenir lo menos posible

Si nos basamos en la evidencia científica, realmente, en los partos normales sin factores de riesgo no debería usarse la monitorización.

Sería suficiente con hacer una auscultación intermitente mediante un dispositivo muy sencillo llamado estetoscopio de Pinard. Este aparato tiene forma de campana y se coloca sobre la barriga de la embarazada. En el otro extremo, la matrona acerca la oreja y escucha perfectamente los latidos del bebé.

Los estudios científicos dan ventaja a la auscultación porque interfiere menos con el proceso del parto. Una mujer puede moverse libremente y llevar las contracciones siguiendo su instinto mientras la matrona, cada cuarto de hora, sigilosamente, se acerca y escucha el latido del bebé. La monitorización, en cambio, obliga a la mujer a estar en una postura antinatural, tumbada boca arriba y sin moverse para que no se desajuste la sonda.

Los motivos por los que el uso del monitor se generalizó tan rápidamente son más bien logísticos y jurídicos. El motivo logístico es que una matrona puede estar al tanto de tres o cuatro embarazadas desde el ordenador central sin levantarse de su puesto de control. El motivo jurídico es que si al bebé le ocurriera cualquier cosa, ante un juez se podría demostrar que todo se hizo bien, pues existe un registro de la monitorización. En cambio, cuando se realiza una auscultación intermitente, no existe tal prueba legal. Por desgracia, hoy en día muchas veces la medicina actúa más en función de evitar las demandas legales que en función de la salud de las personas.

Todas las variaciones

Existen varios tipos distintos de monitorización fetal:

Monitorización externa

La sonda que detecta la frecuencia cardiaca del bebé está fuera del abdomen de la madre, “pegada” a la piel mediante un gel conductor de ultrasonidos. Funciona por efecto Doppler (el cambio de frecuencia de una onda producido por el movimiento del objeto observado, en este caso, el bebé), igual que las ecografías de este tipo.

Monitorización interna

La sonda que detecta la frecuencia cardiaca del bebé no está fuera del abdomen de la madre, sino que es una espiral que se atornilla en el cuero cabelludo del bebé, haciéndole una pequeña herida que se cura tras el nacimiento. Se utiliza en los casos en que no se consigue una buena señal de detección y, habitualmente, en casos de mujeres muy obesas.

En algunos centros hospitalarios se utiliza de forma rutinaria en todos los partos, principalmente porque ahorra puestos de trabajo de matronas, ya que, una vez puesta la espiral, la señal se mantiene sin problemas, mientras que con la monitorización externa es frecuente que se pierda el foco y, por tanto, la señal, o que el aparato detecte la frecuencia cardiaca de la madre en lugar de la del bebé. Para resolver todos esos incidentes es necesario que una matrona esté disponible para acudir a valorar la situación y recolocar la sonda en el lugar correcto.

Éste es un tipo de monitorización que proporciona datos fiables, pero no deja de ser una opción agresiva e invasiva, tanto para la mujer de parto como para el bebé que está a punto de nacer. Además, también restringe los movimientos de la madre.

Monitorización continua

La mujer está conectada con cables durante todo el parto, desde las primeras contracciones hasta las últimas. Es la habitual en los hospitales españoles convencionales.

Monitorización en ventanas

Si una mujer embarazada no tiene factores de riesgo y su parto transcurre de forma normal, se realiza una monitorización durante una “ventana” de, por ejemplo, 20 minutos. Después se mantiene sin monitorizar durante, por ejemplo, 40 minutos. Y así, cada hora. Esta opción da más margen a la madre para moverse libremente durante la dilatación, evitando los problemas asociados a la monitorización continua. También es una alternativa a la auscultación intermitente cuando los profesionales aún no se sienten con la confianza suficiente como para limitarse al uso del estetoscopio.

Auscultación intermitente

Es un sistema sencillo y fiable, utilizado principalmente en las unidades de parto natural y en los partos en casa. La matrona escucha los latidos del bebé con un aparato (estetoscopio fetal o de Pinard) cada cierto tiempo el momento clave es justo tras la contracción. Se trata de una auscultación discreta, que casi no causa molestias a la mujer. La evidencia científica ha demostrado que es el mejor método en los partos normales, pues tiene un menor índice de cesáreas y no aumenta la mortalidad de bebés. Sin embargo, no se suele usar porque requiere una mayor dedicación de cada matrona a cada gestante, es decir, más profesionales en las unidades de partos.


Un buen uso de la monitorización fetal

Valorar los pros y los contras

El monitor fetal no es bueno ni malo, todo depende de las circunstancias en las que se use. En los partos normales que progresarían bien se ha demostrado que comporta más problemas que beneficios.

  • ¿Puede ser perjudicial? Sí. Precisamente, lo que muestra la evidencia científica es que realizar monitorizaciones fetales antes del parto aumenta el número de cesáreas y no disminuye los índices de mortalidad de bebés. El motivo es que se detectan muchos falsos positivos, es decir, registros cardiotocográficos anormales que llevan a inducir partos o a hacer cesáreas aunque, en realidad, el bebé no tenga ningún problema.
  • ¿Por qué se hace durante el parto? En la mayoría de hospitales, una vez que el parto comienza se realiza monitorización porque se parte de la base de que el parto es un proceso peligroso para el bebé. Es la forma de vigilar el bienestar de la criatura de forma continuada; así se sabe si está soportando bien o no las contracciones del parto.
  • El uso inadecuado de este recurso llevó a su inventor, el Dr. Caldeyro Barcia, a exclamar:

“Yo inventé el monitor fetal para ayudar a las pocas mujeres que tienen dificultades en el parto, no para poner a todas las mujeres de parto en dificultades.”


Casos en los que no hay discusión

  • La monitorización continua es imprescindible en los partos con oxitocina intravenosa, un factor de medicalización del parto. Esto incluye todos los partos inducidos. La oxitocina intravenosa produce contracciones más intensas que las naturales, lo que aumenta el riesgo para el bebé y obliga a una vigilancia más estrecha. En estos casos el dolor normal de las contracciones se torna insoportable y se hace necesaria la analgesia epidural.
  • También tiene que usarse en los partos con analgesia epidural, ya que ésta puede causar hipotensión materna durante los primeros minutos u horas, reduciéndose el aporte de sangre al bebé. Es típico que en este primer período tras su administración se produzcan deceleraciones en la frecuencia cardiaca del bebé, que hay que vigilar de cerca. La epidural es, además, un factor de inmovilización de la mujer y la desconecta de las sensaciones de su cuerpo. En cambio, la mujer que pare sin analgesia percibe como más cómodas las posturas que favorecen el bienestar del bebé y como incómodas las que le perjudican. Es un factor de protección del bebé dispuesto por la naturaleza.
  • También se considera imprescindible en partos en los que, al romperse la bolsa, se aprecia que el líquido amniótico está teñido de meconio. A menudo, esta circunstancia no implica que algo vaya mal, pero es cierto que, en muchos casos, responde a un factor de estrés del bebé. Un estrés emocional por ansiedad de la madre puede provocar líquido meconial, pero también puede hacerlo un estrés físico por sufrimiento fetal. Ante la duda, cuando en un parto el líquido es meconial, la monitorización continua se considera necesaria.
Tener un parto respetado

MATERNIDAD GOZOSA

Tener un parto respetado

Artículos relacionados