Los 4 obstáculos del parto

LIBRO RECOMENDADO

Los 4 obstáculos del parto

La mujer actual tiene una visión errónea sobre el momento de dar a luz, y solo devolviéndole un papel activo en este proceso, totalmente femenino, logrará volver a confiar en su capacidad de parir.

Consuelo Ruiz Vélez-Frías

14 de enero de 2018, 10:15 | Actualizado a

Consuelo Ruiz Vélez-Frías, comadrona de profesión, fue una mujer comprometida y pasional que luchó incansablemente por terminar con la extendida creencia de que el parto duele, así como para devolverle a las mujeres el placer de ser madres.

En el recomendable libro que hoy te traemos, llamado Parir sin Miedo (Editorial Ob Stare) dejó todo un legado de sabiduría. Consuelo estaba convencida de que la mujer "podría autodirigir su parto sin miedo, sin errores, sin supersticiones y sin tener que entregarse pasivamente a manos ajenas."

A continuación un fragmento de sus valiosas palabras:

Juzgo del mayor interés que se sepa bien cuáles son los enemigos del parto en casa, porque solo así podremos eliminarlos y conseguir que el pobre recién nacido -que en definitiva es quien paga el pato de un parto traumático- nazca en paz y que, aún en su vida intrauterina, y en especial en el transcurso del parto, se le reconozca su condición no solo de ser vivo, sino de ser humano dotado de sensibilidad, de fuerza vital, de instinto, de una inteligencia en evolución, destinada a poner en práctica, en el futuro, realidades que no se pueden ni siquiera conjeturar por el momento.

Los enemigos del parto en casa son cuatro: la ignorancia, el miedo, el dolor y la impaciencia:

La ignorancia

Lo corriente es que la embarazada ignore que el parto no es sino la fase final del largo y complicado proceso de reproducción vivípara, porque, aunque en otros temas sea una mujer culta e instruida, sobre dicho proceso, los brujos de la tribu de todos los tiempos convirtieron el parto de manera esotérica -quizá porque ellos mismos ignoraban todavía qué era el parto- y dieron sobre él informaciones fabulosas, falsas, equivocadas y tremebundas.

Desde épocas muy lejanas, el parto ha sido relacionado con el peligro, el dolor y el castigo, y hasta la actualidad, en la que está considerado como una verdadera enfermedad necesitada de hospitalización y atención médica y quirúrgica.

No es razonable que la culta, la liberada, la instruida mujer moderna, que tanta y tan notable participación tiene en todas las esferas de la vida, se resigne a no tener más papel en su parto que el de ofrecer, pasiva y disciplinadamente, su cuerpo como simple materia para que otras personas, las que saben, sean las que decidan cómo, dónde y cuándo ellos quieran la van a hacer parir de forma artificial sin que ella tenga derecho a saber, de antemano, en qué consiste el parto y de qué medios se van a valer para realizarlo, porque ella, según parece, es incapaz de parir por sí misma.

El miedo

El parto no ha perdido, pese a los avances de la ciencia, su condición de acontecimiento amenazante, entre cuyos riesgos la eterna y lapidaria frase de "lo que pueda pasar" es el argumento decisivo que obliga a la mujer a hospitalizarse para parir. Nunca nadie le explica en concreto qué es lo que puede pasar y, lógicamente, la embarazada se imagina lo peor, tiene miedo al parto, y el miedo es un sentimiento poderosísimo capaz de trastornar, tanto física como mentalmente, el organismo de la parturienta. La única defensa contra el miedo no puede ser otra que conocer de antemano la causa por la que el dolor se produce y cómo evitarla, pues si fuera factible evitar el miedo al parto, el dolor desaparecería por sí solo, automáticamente.

El dolor

Toda embarazada debería saber por qué duele el parto y los medios que tiene a su alcance para defenderse de él, sin que ello acarree perjuicios ni consecuencias indeseables ni para ella ni para su hijo, pero ya hemos quedado en que la embarazada no solo no sabe por qué duele el parto , sino que ni siquiera sabe lo que es el parto. Es verdaderamente extraño que se hayan sucedido tantísimas civilizaciones en la Tierra y que ninguna de ellas haya investigado los motivos del dolor en el parto, aunque se comprende que, si se presentó como un castigo divino, el hombre no podía investigar sobre ello: hubiera sido un desacato, un pecado pedirle cuentas a Dios sobre sus decisiones cuando estas deberían ser inapelables.

Actualmente al ser considerado y tratado como una enfermedad, su consecuencia lógica es el dolor. Por eso, ya no se busca una explicación al mismo, sino que se lo combate con los medios drásticos de los que dispone el hospital: analgésicos, anestésicos y el final rápido por vía abdominal, que ya no se emplea desde hace muchísimos años en partos atendidos en el domicilio.

La impaciencia

Es inconcebible que, en general, la mujer se resigne a que el embarazo dure nueve largos meses, que los aguante estoicamente disimulando su deseo de ser madre y de que se acaben de una buena vez sus molestias, y que llegado el momento del parto quiera que este ocurra en una hora cortita.

En realidad, no sé quien demuestra en el parto más impaciencia, si la parturienta o el profesional que la asiste, porque da la casualidad de que todos, o casi todos, los inventos relativos al parto están encaminados a aligerarlo a costa de lo que sea, y ni siquiera la eventualidad de que acelerar un parto pueda perjudicar al feto se suele tener en cuenta. No es de extrañar que en un tiempo en que todo se hace deprisa, la impaciencia tenga un lugar preeminente en un acontecimiento tan parsimonioso como el parto, y esa impaciencia está reforzada por la ignorancia que se tiene sobre lo que es y en qué consiste, verdaderamente.

La idea general es que se presenta de repente y que el bebé sale disparado, rompiendo cuanto encuentra a su paso si no se ha prevenido el destrozo con un buen tijeretazo en la zona vulvar. Se ha decidido que el parto es una grave enfermedad que requiere un moderno y bien instalado hospital provisto de todos los adelantos modernos, tanto de drogas, aparatos e instrumentos como de personal especializado en hacer parir, por las buenas o por las malas, a las incapaces embarazadas que sin ayuda ajena no podrían hacerlo. Por ahora, no se sabe por qué la mujer actual, que ha avanzado en muchos aspectos, ha retrocedido en otros hasta el punto de no saber llevar a cabo una función que, en el pasado, fue exclusivamente femenina y para cuya ejecución todas nacen provistas de los órganos adecuados.

Curiosamente, casi todas solo fallan en la parte final, la más fácil y la más breve de la función reproductora vivípara.

El parto es un trabajo muscular y, como todos, produce calor y movimiento, consume oxígeno y energía, y satura el organismo de anhídrido carbónico y de cansancio. Como la naturaleza tiene a su cargo el cuidado del cuerpo para que no se deteriore por un trabajo excesivo, el parto está organizado de modo que entre contracción y contracción, y entre los diferentes grupos de contracciones, siempre haya pausas para que tanto el organismo materno como el feto se recuperen. Si la mujer sabe que esos periodos de descanso son fisiológicos y que benefician al parto, los interpretará como lo que son y no como "parto que no progresa", que es lo que se suele pensar. Este conocimiento hace que la impaciencia no tenga sentido.