"Hoy nadie cuestiona que un recién nacido necesita a su madre"

ENTREVISTA A MICHEL ODENT

"Hoy nadie cuestiona que un recién nacido necesita a su madre"

Entrevistamos al doctor Michel Odent, gran comprometido con el nacimiento respetado.

28 de agosto de 2018, 19:44 | Actualizado a

Michel Odent ha visitado nuestro país para presentar su nuevo libro.

“Existen razones para ser optimistas”, afirma. “Hoy en día nadie cuestiona que un recién nacido necesita a su madre”.

Usted nos sugiere que la ciencia redescubrirá que hay que volver al principio. ¿Estamos en el camino?

Hace 50 años nadie sabía que un recién nacido necesitaba a su madre. Durante siglos las sociedades humanas separaban a la madre del recién nacido y retrasaban la iniciación de la lactancia materna, a la vez que transmitían una gran diversidad de rituales y creencias, tales como que el calostro es peligroso para el bebé. Todo el mundo pensaba que el bebé necesitaba primero los cuidados de otra persona. Si las ciencias del siglo XX han permitido neutralizar miles de años de condicionamiento cultural, no es irrealista pensar que en el siglo XXI la fisiología nos permitirá igualmente redescubrir las necesidades básicas de la mujer que da a luz y superar las enormes dificultades derivadas de siglos de condicionamientos, reforzados recientemente por las teorías erróneas transmitidas por diferentes escuelas del parto llamado natural.

En las condiciones actuales, ¿qué puede hacer una mujer embarazada para tener un buen parto?

Cada parto es siempre un caso particular. La regla general es procurar que haya el menor número posible de personas alrededor. Si una mujer tiene la posibilidad de elegir a su comadrona, debe elegir a aquella que sea más capaz de permanecer en silencio. En el futuro, quizá será políticamente correcto atreverse a decir que la participación del padre del bebé supone actualmente la causa más frecuente de partos largos y difíciles.

Si el parto no se produce como desearíamos, ¿qué podemos hacer cada una? ¿Podemos “curarnos”?

Hasta ahora el medio cultural ha sido capaz de compensar bien los daños vinculados al modo de nacer. Perturbar el parto ha supuesto incluso una ventaja, en tanto que las estrategias de supervivencia de los grupos humanos han descansado sobre la dominación de la naturaleza y la dominación de otros grupos humanos. Cuando el número de mujeres que, a escala planetaria, traigan al mundo bebé y placenta sin liberar ese “cóctel de hormonas del amor” se aproxime a cero, se nos plantearán nuevos interrogantes.

¿Y a nivel generacional? ¿Qué podemos hacer con estas generaciones de bebés que han nacido sin la “hormona del amor”?

Principalmente, fomentar una toma de conciencia, combinando todos los medios posibles.

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