Testimonio: "Lo que tu quieras"

TESTIMONIO

"Lo que tu quieras"

Alícia tuvo un parto respetado y natural en un hospital, que estuvo lleno de amor y emociones.

Alícia

29 de octubre de 2018, 07:08 | Actualizado a

En mis dos partos me he sentido muy atendida y segura gracias a la profesionalidad y humanidad de matronas, enfermeras y ginecólogos. Por eso quiero felicitar desde estas líneas a todos los profesionales del Hospital Comarcal de Vinaròs. Especialmente, quiero agradecerles que me hayan permitido disfrutar de mi segundo parto, que resultó especial, muy natural e íntimo.

Tuve la suerte de ser atendida por Lys, una matrona más joven que yo pero muy segura, que me confirmó que iba de parto y que estaba dilatada de 4 cm. Me preguntó si quería epidural y si conocía las ventajas y los inconvenientes de esta anestesia. Le dije que esta vez prefería el parto natural y que si cambiaba de opinión se lo diría.

Entonces me habló del Kalynox, un gas que calmaba el dolor de las contracciones y que no perjudicaba a la criatura, y decidí probarlo. En todo momento me recordó que era yo la que decidía, y que si algo no me hacía sentir cómoda, se lo dijese. Nos llevó a una habitación en la que pude hacer lo que quise durante la dilatación: pasear, sentarme, beber..., siempre al lado de mi marido. Nos dejó solos, con una luz tenue y me preguntó si me apetecía escuchar música. Me encantó la idea y estuve casi dos horas sentada en la pelota, relajándome haciendo movimientos circulares, con los mimos de mi marido, bebiendo cuando tenía sed y emocionada con la canción de amor que sonaba y que él me dedicó entre contracciones. Cuando me cansé de estar sentada, llamé a la matrona y le pregunté cómo iba todo.

Me examinó y me dijo que ya podíamos empezar con el expulsivo allí mismo. No hacía falta el traslado al paritorio. Nos quedamos asombrados, pues imaginábamos que la recta final sería dolorosa, “aparatosa”, nunca tan “normal”. Me dejó elegir la postura para parir y decidí hacerlo sentada. Me advirtió que no haría episiotomía si no era por necesidad, y eso me tranquilizó todavía más de lo que estaba.

En pocos minutos pude tener a mi hija Roser entre mis brazos, y la abracé y la llené de caricias y besos. Era, y es, preciosa. Me llamaron la atención sus ojos, oscuros como la noche y llenos de estrellas. Su llanto enérgico se calmó cuando su boquita encontró mi pecho. Mientras tanto, la matrona dejó que mi marido cortase el cordón, nos enseñó la placenta y, sobre todo, nos dejó disfrutar de nuestra hija. Cuando se la llevaron para hacerle el control, me la de- volvieron al instante. Pedí llevarla a la habitación en brazos y no me pusieron ningún inconveniente. “Lo que tú quieras”, me dijeron.

La recuperación fue casi instantánea: sólo tenía unos pocos puntos por un desgarro indoloro. Y una felicidad inmensa. Y un recuerdo increíble del parto.

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