Testimonio parto natural en hospital

TESTIMONIO

"Me incorporé para sacar el resto de su cuerpo de dentro de mí"

Quería un parto lo más natural posible... y sabía que todo iba a ir bien.

Núria Carrasco

18 de octubre de 2018, 11:11 | Actualizado a

Ese día volvimos a casa después de unas vacaciones geniales. Al acostar a Hugo, no sé si por intuición o por casualidad, le expliqué cómo sería todo cuando llegara su hermana.

Se durmió y lo besé con una ternura especial. Creo que el hecho de volver a casa, a mi nido, hizo que el parto se desencadenara.

Al salir de la habitación tuve la primera contracción. Siempre había tenido la sensación de que mi primer parto había sido bueno... pero nunca me sentí parte activa.

Interiormente sabía que parir a tu hijo era otra cosa, y mi madre, que tuvo a mi hermana sin anestesia por elección propia, me lo corroboró, convirtiéndose así en una fuente de apoyo y confianza. Esta vez quería un parto lo más natural posible.

Me puse en la pelota de dilatación para pasar mejor las contracciones. No me lo podía creer, ¡quedaba muy poco para que naciera mi niña!

Estaba exultante. Sabía que todo iba a ir bien. Confiaba mucho en ella y en mí.

En el coche, camino del hospital, pensé que era una noche con una luz especial. Una vez allí tenía tanto calor que me desnudé y bebí mucha agua. Rompí aguas mientras orinaba y a partir de ahí las contracciones fueron más intensas.

De cuclillas, apoyada en la cama, era como mejor estaba. Entró la matrona, se presentó y me preguntó si quería un parto natural. Lo tenía claro; las contracciones eran dolorosas pero me sentía fuerte y capaz. “Muy bien, ya estás totalmente dilatada”, me dijo. Esa frase me animó y me dio mucha confianza. Si había sido capaz de dilatar tanto en tan poco tiempo, lo poco que faltaba sabía que lo iba a aguantar también.

La sala de partos estaba en penumbra y había una pelota sobre la que me abalancé. Siempre con la ayuda de mi compañero de aventuras, mi marido. La matrona controlaba el corazón del bebé sin monitorizarme. Pedí más agua y me dieron un par de vasos.

Para animarme, pude tocar el pelo de Emma. ¡Ya estaba ahí! Recuerdo vagamente los minutos siguientes. Pero tenía un testigo excepcional, Carlos, que cuenta que empujaba con fuerza, como una fiera.

Eran las 4:40. Mi niña preciosa asomó su cabeza y sus brazos, y me incorporé para sacar el resto de su cuerpo de dentro de mí. Fue el momento más bonito e inolvidable de toda mi vida. Rompí a llorar. Sólo podía dar besos a mi bebé que, tranquila y curiosa, abría los ojos, buscándome. Nos fundimos los tres en un abrazo interminable, besándonos y llorando. De repente, estábamos solos en la penumbra. Todos se retiraron a un segundo plano y, pasados unos minutos, cortaron el cordón, que había dejado de latir. Emma enseguida se puso a mamar con energía. No puedo explicar lo que sentí porque, realmente, toqué el cielo.

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