"Mi cuerpo me decía que el niño llegaba"

TESTIMONIO

"Mi cuerpo me decía que el niño llegaba"

Notaba que Bosco quería salir; en dos empujones salió y lo puse en mi pecho.

Macarena Benítez

24 de octubre de 2018, 07:00 | Actualizado a

Dicen que los segundos partos son más rápidos: en mi caso fue rapidísimo. Llegué al hospital a las 5:50 de la madrugada, y a las 7:15 nació mi niño.

Mis dos hijos han nacido en la fecha que yo esperaba, a los nueve meses justos, pero en el caso de Bosco los médicos me traían loca. Me había realizado un test de embarazo una semana antes de faltarme la regla porque algo me decía que Violeta iba a tener un hermanito. Ellos insistían en que me equivocaba de fecha por el tamaño y el peso de mi niño. Pero no, fue un bebé sano de 3.640g y 53cm, nada fuera de lo normal.

Cuando a las cinco de la mañana llamé a mi hermana Ana, enfermera, le dije que tenía molestias y me había señalado, que viniera cuando pudiera a llevarnos al hospital. No tardó ni media hora: “Tuviste un buen parto con Violeta; este se te cae”, me dijo. Así de expresivos somos los andaluces.

En el hospital, nadie vino a ayudarnos: tenía muy buena cara y no podía estar de parto, decían. Esa mañana me había arreglado el pelo, hecho la manicura y bailado el Waka Waka con mi niña porque estaba genial, señal inequívoca, por mi experiencia, de que el parto se acerca.

En el hospital, tenía contracciones cada 15 minutos. Una matrona me reconoció y me dijo que me estaba preparando, pero mi cuerpo me decía que mi niño llegaba y no tenía ganas de esperarse.

Me llevaron a dilatación y vino Ana, la excelente matrona que me asistió: “Esto va muy bien, tranquila, en un rato vuelvo”. Estaba de tres centímetros. Las contracciones no me dejaban descansar, y ya estaba de seis cuando le dije a mi hermana que me ayudara a levantarme. Me mareé y llamé a la matrona. Le dije que tenía que empujar, que Bosco salía ya. Me contestó que esperara, que cómo iba a estar dilatada si acababa de reconocerme. Pero había llegado el momento. “Empuja cuando quieras, ya está aquí”. Mi hermana y mi marido no podían creérselo, y a mí me entraron los nervios porque no quería ir al potro. Respetaron mi decisión y parí en la cama, sin anestesias ni medicamentos, natural 100%, como tuve a Violeta.

En dos empujones salió mi niño: lo cogí y lo puse sobre mi pecho, llorando emocionada. Me miraba como diciendo: “Mami, ya pasó todo, estamos aquí juntos”.

Mi marido lo grabó todo y lloro cada vez que lo veo. Repetiría mil veces. No hay experiencia más maravillosa que tener a tu bebé sobre tu pecho nada más nacer y ver cómo empieza a mamar.

Violeta, que entonces tenía 33 meses, lo cogió entre sus bracitos, orgullosa y feliz. Me lo enseñaba y le daba besos emocionada.

A las 7:15 de un tres de agosto volví a ser la mujer más feliz de la tierra.

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