"No me importó que me tomaran por una excéntrica"

TESTIMONIO

"No me importó que me tomaran por una excéntrica"

Tuve una cesárea pero no paré de animar durante la operación a mi bebé. Ya en la habitación, me lo trajeron y pude abrazarle, besarle y darle el pecho.

Mar Claramonte

30 de noviembre de 2018, 12:53 | Actualizado a

Durante los nueve meses que esperé a Diego intenté no idealizar el parto para no decepcionarme si no salía como esperaba.

Creo que eso me ayudó a llegar bastante serena.

Una tarde de la semana en que salía de cuentas, mi ginecóloga me dijo que aún me veía “muy verde”, pero esa misma madrugada hacia las dos rompí aguas. Aunque las contracciones eran débiles y no muy seguidas, llamé a mi comadrona y ella me citó a las nueve de la mañana en la clínica.

Mi pareja, por el que me había sentido 100% apoyada y querida, sacando a relucir su lado más práctico, resolvió que lo mejor que podíamos hacer era intentar dormir. Aunque en ese momento me quedé perpleja, ahora debo reconocer que esas cabezacitas que puede ir dando durante la noche me fueron muy bien.

Esta imagen no tenía nada que ver con la que me había hecho en las clases de preparación al parto: yo soplando, moviéndome por casa y él dándome masajes.


Una vez en la clínica, mientras todo seguía su curso, pedí donar el cordón umbilical y, cerca de una hora después, la ginecóloga me dijo que el niño tendría muy complicado salir por el canal de parto y que además llevaba una vuelta de cordón, así que me aconsejó una cesárea.

Ni me lo había planteado, pero cuando un profesional te dice que es lo mejor y no te ofrece más opciones, ¿qué puedes hacer? Yo acepté, solo quería que mi bebé saliera sano y rápido, pero me dio pena que no dejaran entrar a Patrick.

Como yo había estado hablando a Diego durante meses, me pareció lógico seguir haciéndolo en esos minutos tan cruciales. Así que no paré de animarle en voz alta: “Venga, cariño, que ya sales”, “mamá está aquí esperándote”...

A los médicos y enfermeras les pareció insólito e incluso la anestesista me espetó: “Oye, que a quien has de animar es al cirujano, que el niño no tiene que hacer nada”.

A mí no me importó que me tomaran por una excéntrica y seguí transmitiéndole a mi hijo todas mis emociones.

Entonces oí un llanto tenue, mi bebé ya estaba en este mundo y yo arranqué a llorar. Pasaron unos minutos, interminables para mí, hasta que la comadrona me acercó a Diego a la cara, yo aún estaba tendida en la mesa de quirófano.

Fue muy intenso y a la vez algo frustrante porque le veía de lado y tan cerquita que no le distinguía bien y, encima, no podía tocarle.

Al cabo de un rato, ya en la habitación, me lo trajeron y al fin pude abrazarle, besarle y darle el pecho, pero me hubiera gustado que estuviera desnudito para sentirle piel con piel.

Aun así, fueron momentos muy especiales, y si bien hubo detalles de mi parto que no fueron como hubiera deseado, recuerdo lo esencial con emoción y alegría.

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