Testimonio: "Poco a poco sale de su jaula"

TESTIMONIO

"Poco a poco sale de su jaula"

Gracias a su colegio y a los profesionales que le diagnosticaron a tiempo, podemos ir resolviendo las secuelas provocadas por los fórceps.

Laura Perales

2 de diciembre de 2018, 10:09 | Actualizado a

El hospital donde parí, o mejor dicho, donde me parieron, es un hospital con fama de respetuoso y, además, tenía la suerte de que me tocaba gracias a mi lugar de residencia. Sin embargo, todo se torció.

Cuando llegué al hospital, mi dilatación se ralentizó a causa de las intensas luces y del ajetreo. Entonces me di cuenta de lo importante que es parir en un lugar cálido, seguro y tranquilo. Nunca sabré si fue por negarme a lo que me proponían (enema, vía, etc.) que decidieron dejar de preguntarme y actuar directamente.

Me pusieron una pequeña dosis de epidural, luego la oxitocina, pese a que mis contracciones naturales eran potentes y, más tarde, con el cambio de turno, entró un ginecólogo que sin mirarme ni decirme una palabra me hizo una episiotomía y sacó a mi hijo con fórceps.

Afortunadamente, me lo pusieron en los brazos nada más nacer, nos dejaron solos dos horas para que mamase bien y estuvimos juntos hasta que nos dieron el alta.

Pensé que ya había pasado todo lo malo y que debía centrarme en mi bebé. Pero estaba equivocada.

Cuando Unai tenía un año, yo notaba que le sucedía algo, porque no decía ni una palabra y se apreciaba con facilidad que era un niño diferente.

A los dos años aún era más evidente. Mi entorno, incluida su pediatra, me decía que no debía preocuparme porque todavía era pequeño y que ya hablaría. Un año más tarde presentaba signos más claros que me hacían pensar que mi hijo padecía autismo.

Entró en el colegio y su profesora me lo confirmó: “Unai no es como los demás niños”.

Por suerte, en su colegio seguían el sistema de pedagogía Waldorf, cuyos profesores están muy bien formados, y no nos remitieron a un profesional para que le medicara, sino que tuvimos la tremenda suerte de que nos recomendasen una reputada neuropsicóloga que trabajaba con reflejos y trastornos de procesamiento auditivo y a un buen terapeuta craneosacral.

Esta decisión fue muy importante, resultó ser clave, porque hay niños que nunca son diagnosticados correctamente y, como consecuencia, no reciben el tratamiento adecuado en la edad en la que aún puede ponerse remedio, como es el caso de Unai. Incluso hay niños cuyo único problema es que nadie entiende su individualidad y son etiquetados y medicados. Pero en el caso de los que sí les pasa algo es incluso más grave, porque les condena a vivir con esas limitaciones.

Así descubrimos que Unai seguía teniendo los reflejos primitivos de Moro, plantar, palmar y de succión. Los tres primeros debían haberse inhibido a los 4 meses. Cuando esto sucede, ni los reflejos posturales ni las áreas superiores del cerebro se desarrollan porque toda la energía se centra en la zona primitiva.

Una vez que tuvimos el diagnóstico, comenzamos con un programa de inhibición de reflejos mediante ejercicios y con la terapia auditiva Johansen. La neuropsicóloga tomó nota del fórceps en el parto como una de las posibles causas, luego también confirmada por el médico del colegio que, a pesar de que ya habían pasado tres años, pudo verle las marcas en su cabeza. El terapeuta craneosacral corroboró esta información. Mi hijo no hablaba, solo alguna palabra suelta de vez en cuando, no se relacionaba con los demás de un modo normal, no tenía un buen control motor en algunas cosas... Su cabeza no era ni mucho menos redonda, tenía protuberancias como resultado del fórceps, y tras una sola sesión con el terapeuta craneosacral, su cabeza es casi redonda y su craneo ya no impide el correcto desarrollo de su cerebro.

Y lo peor de todo: había vivido estos tres años en alerta continua (por eso era tan activo), en estrés por la presencia de esos reflejos, generando cortisol con las tremendas consecuencias de ello...

Llevaba tres años encerrado en su propia jaula.

Por suerte, habíamos colechado. Si llego a aplicarle el método Estivill o a dejarle en otra habitación, hubiese segregado aún más cortisol y no sé qué habría pasado. Quizá algo irreversible.

Hoy hace un mes desde que comenzamos el tratamiento, y soy feliz. Unai va muy rápido. Habla, comprende, se relaciona... Es él. Poco a poco sale de la jaula. Su cerebro va estableciendo nuevas conexiones, ya libre.

Ayer, por primera vez me cogió la cara y se puso a darme besos, ¡nunca había dado un beso! Y mis lágrimas de alegría y alivio se deslizaron por mi cara mientras disfrutaba de aquel momento.

Después me pidió los auriculares para escuchar música (nunca les había prestado atención) y no paró de reírse mientras oía las canciones. Seguimos con el tratamiento y su jaula cada vez está más lejos.

Hoy llueve sin parar, pero es el mejor día de mi vida. Solo me queda deciros que luchéis por un parto respetado, que no dejéis que etiqueten y mediquen a vuestros hijos sin haberos informado muy bien y que busquéis siempre a los terapeutas y el entorno adecuados para ellos. En el caso de Unai, ha sido el amor de su familia y su maravilloso colegio, donde le respetan y le quieren. Nunca, nunca os conforméis. Laura Perales.

Para saber más

Laura Perales Bermejo es madre y psicóloga infantil especializada en prevención. Formada en Teoría del Apego, la rama reichiana y el enfoque humanista. Autora de la web Crianza Autorregulada

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