"Tras dos cesáreas, pensé en positivo"

TESTIMONIO

"Tras dos cesáreas, pensé en positivo"

Tras dos cesáreas, tuve el parto que había soñado: en casa, como mi hija se merecía.

Begoña Gayoso

19 de octubre de 2018, 11:33 | Actualizado a

Hace tres días que rompí aguas. Me despierto de madrugada; han vuelto las contracciones. Intento seguir durmiendo en el salón. Diego y David se despiertan temprano, como siempre desde que no duermo con ellos, y aprovecho para ir a descansar un poco a la cama.

Cuando me despierto las contracciones siguen ahí, vienen y van cada 7-8 minutos, y son soportables.

Quique ha ido con los niños a pasear, y me meto en la bañera.

Por la tarde las contracciones ya son cada 5 minutos. Con algunas sale un poco de líquido, pero transparente, así que todo va bien.

Después de comer me vuelvo a la habitación con la persiana casi cerrada y mi ventilador refrescándome. Las contracciones son más frecuentes. Vuelvo a la bañera y le pido a Quique que controle su duración y frecuencia: son cada 1-2 minutos y duran también entre 1 y 2 minutos. Empiezan a ser dolorosas.

Quique me pregunta si quiero que llame a Luzía, la doula, y le digo que prefiero estar sola. Intento llevar el dolor lo mejor que puedo, pensar en positivo y no luchar contra ellas: imagino las olas yendo y viniendo, una escalinata que hay a la salida de la playa, y pienso que ya falta menos. Pero siguen doliéndome.

Me paseo por casa. Quique ha puesto unos colchones en la habitación del fondo: ha dicho a los niños que van a dormir de aventura y están encantados. Le pido que llame a Luzía. Tardará dos horas en venir y me pregunta si tengo ganas de empujar. Cuando contesto que no, dice que a lo mejor todavía estoy a medio camino.

Las contracciones son bastante dolorosas, ya no aguanto de pie, tengo frío, me pongo en cuclillas sobre la cama, apoyo la cabeza en un montón de almohadas y me agarro a la barra. Grito, y Diego y David entran a preguntar qué pasa. Papá los tranquiliza y les explica que Eva está a punto de nacer y que es normal que mamá grite.

Los baña y los lleva a dormir. Empiezo a sentir una presión enorme en el ano, pongo la mano en la vagina para ver si puedo sentir la cabeza, pero todavía no está ahí.

Tengo unas ganas tremendas de empujar y lo hago: siento el “aro de fuego” y noto como sale la cabecita de Eva.

Descanso, con la siguiente contracción, otro grito más, otro pujo, y sale el resto del cuerpo. Papá está sentado en la cama, a mi espalda. No ve nada porque el cuarto está a oscuras, pero siente que tiene que poner las manos, y la recoge.

“Lo conseguimos, Eva” es lo primero que sale de mi boca. La lleno de besos. Quique enciende una luz pequeña y por fin la vemos: es preciosa, no llora, la pongo sobre mi pecho y se duerme sobre él. Quique trae una toalla caliente para taparla y así, acurrucados, nos quedamos embobados mirando a nuestra pequeña.