Prevenir la obesidad

NIÑOS MÁS SANOS

7 claves sorprendentes para prevenir (y remediar) la obesidad infantil

Cada vez más niños la sufren, por eso es tan importante intentar ponerle remedio cuanto antes. Amamantarlos, procurarles una dieta sana y fomentar hábitos saludables en familia son la clave.

Julio Basulto

1 de septiembre de 2017, 22:17 | Actualizado a

La obesidad, una vez instaurada, es muy difícil de combatir. La mayor parte de adultos con exceso de peso han perdido algunos kilos puntualmente mediante estrategias de todo tipo, para luego recuperarlos con el paso de los meses. Esto es así porque los adipocitos –las células que almacenan la grasa– no se destruyen cuando se adelgaza, sino que disminuyen su tamaño, y es muy fácil que vuelvan a crecer en aquellas etapas en las que se gastan menos calorías de las que se ingieren.

Pues bien, en los niños sucede algo similar. Se estima que más del 80% de los menores de edad que padecen obesidad la seguirán padeciendo de por vida.

Y la herramienta fundamental para abordar esta dolencia se llama prevención, que, bien utilizada, funciona.

Sin embargo, es preciso tener en cuenta que, aunque es útil seguir las recomendaciones que explicaré a continuación, también es muy importante el papel de las administraciones a la hora de prevenir la obesidad (por ejemplo: prohibiendo la publicidad de alimentos insanos dirigida a niños).

1. El peso de la madre

Uno de los factores que puede predisponer a un niño a padecer sobrepeso u obesidad es que la madre ya lo padezca antes del embarazo. Así pues, conviene que toda mujer en edad fértil instaure en su vida hábitos saludables:

  • Incrementando la actividad física
  • Disminuyendo el consumo de alimentos superfluos.

Si ya padece exceso de peso, resulta muy necesario acudir al médico para que valore su estado de salud, así como al dietista- nutricionista para afrontar con éxito una mejora de sus costumbres.

2. La lactancia materna

Amamantar a los hijos también es una herramienta de prevención. Un interesante estudio publicado en diciembre de 2012 por el biólogo Stephen Weng y sus colaboradores mostró que los niños amamantados durante el primer año de vida tienen un 15% menos de riesgo de padecer obesidad en su infancia, y que esta protección puede ser mayor cuanto más tiempo dure la lactancia.

Algunos autores consideran que, más que valorar la lactancia materna como un recurso de prevención, se debería contemplar la lactancia artificial como un elemento de riesgo.

3. Alimentos sólidos, a su tiempo

Comenzar la alimentación complementaria demasiado pronto es otro de los factores relacionados con esta dolencia.

En un estudio se observó que los bebés alimentados con leche de fórmula, y que además habían empezado a tomar sólidos antes de los cuatro meses de edad, tenían 6,3 veces más posibilidades de tener sobrepeso a los tres años.

Los signos que indican que el bebé ya está listo para consumir alimentos distintos a la leche materna o de fórmula son:

  • Se aguanta sentado y mantiene la cabeza erguida.
  • Coordina ojos, manos y boca para mirar la comida, cogerla y ponérsela en la boca.
  • Y puede tragar alimentos sólidos, es decir, no los empuja instintivamente hacia fuera con la lengua para evitar ahogarse.

Estos signos raramente se dan a la vez antes de los seis meses, y es por ello que esta edad se considera idónea para comenzar esta etapa.

4. Menos zumos

El consumo de zumos en niños es muy alto y va en aumento. Esto se debe, en parte, a su buen sabor, pero también a la publicidad que los acompaña. En cualquier caso, la Academia Americana de Pediatría ha advertido en varias ocasiones que los niños que toman zumos de forma habitual tienen más posibilidades de sufrir una ganancia excesiva de peso. Sus palabras para justificar esta observación son las siguientes: “Kilocaloría por kilocaloría, el zumo de fruta puede ser consumido de forma más rápida que la fruta sin exprimir”.

El Comité de Nutrición de la Asociación Española de Pediatría añade que no estimulan la masticación, lo que justifica su menor capacidad de saciar el apetito, y declara que “no aportan ninguna ventaja nutricional ni suponen una mejora de los hábitos dietéticos sobre la fruta natural”. Esto se aplica a todos los zumos, caseros o industriales. Los menores de seis años no deberían tomar más de 3/4 de vaso al día, y los menores de 18 años no más de dos vasos diarios. Para beber, agua.

5. Las tentaciones, lejos

A los niños les encantan los alimentos envasados, especialmente si son ricos en grasas y azúcares o en sal. Más todavía si en el envase aparece un famoso personaje de dibujos animados, algo que muchos investigadores consideran que debería estar prohibido.

Para no tener que negárselos (ya que las prohibiciones suelen despertar todavía más el interés), nada mejor que no tenerlos en casa. De entre los alimentos superfluos, los más preocupantes son las bebidas azucaradas (mal llamadas refrescos), que fomentan la obesidad de forma indiscutible.

6. Movimiento libre a diario

Los niños deberían dedicar, como mínimo, una hora diaria a practicar actividades físicas de una intensidad desde moderada a vigorosa. Pero, lamentablemente, el sedentarismo es más habitual de lo deseado y va en constante aumento, sobre todo en la adolescencia.

Fomentar la actividad física en la infancia requiere la implicación de los adultos, no tanto con palabras o consejos, sino mediante el ejemplo: si los padres se mueven y hacen deporte, los hijos también lo harán.

Para los niños, el ejercicio ideal es el juego espontáneo al aire libre. Por eso, ir al parque cada día no es solo un modo de distracción, sino también una medida de salud.

Los niños mayores no deberían dedicar más de dos horas diarias a ver la televisión, a jugar a videojuegos o a navegar por internet, y los menores de dos años ni siquiera deberían ver la televisión.

7. Comer en familia

Está demostrado que compartir la mesa es una buena estrategia para prevenir esta patología tan presente en nuestra sociedad. La Academia Americana de Pediatría recomienda a todas las familias que se sienten juntos a la mesa “de forma regular”, para prevenir el exceso de peso en niños y adolescentes. Se trata de una medida que favorece la comunicación entre padres e hijos (siempre que no sea frente al televisor), a la vez que incrementa las posibilidades de poder seguir una dieta sana.

Una investigación publicada en la revista Pediatrics en junio de 2011 constató que compartir tres o más comidas en familia cada semana reduce en un 12% el riesgo de sufrir obesidad infantil y en un 20% las posibilidades de que los niños consuman alimentos insanos. A su vez, incrementa las probabilidades de que ingieran alimentos sanos en un 24%.

Un riesgo que debe evitarse

La obesidad supone un gran riesgo para la salud, equiparable al tabaquismo o al alcoholismo. Para la Organización Mundial de la Salud “es uno de los retos de salud más graves del siglo XXI”, ya que provoca más de 2,6 millones de muertes al año. Esto ocurre porque causa graves enfermedades, como dolencias cardiacas o ciertos tipos de cáncer.

Estas enfermedades no se manifiestan hasta la edad adulta, pero cada vez lo están haciendo antes, de ahí la importancia de prevenir esta dolencia sobre todo en España, que encabeza la lista de países con más obesidad infantil.

Cómo se lo explicamos a los niños

Si en adultos es difícil abordar los aspectos relacionados con el exceso de peso, todavía lo es más si se trata de niños o adolescentes. Si surge esa preocupación en ellos, vale la pena afrontarla teniendo en cuenta los siguientes consejos:

  • Hablar con el especialista en privado. Si se desea comentar el peso del niño con un pediatra o con un dietista-nutricionista, es preferible hacerlo sin que él esté presente. De lo contrario, puede llegar a sentirse culpable, avergonzado o preocuparse en exceso, algo nada conveniente.
  • Menos hablar y más actuar. Lo mejor que se puede hacer es pasar a la acción mediante cambios en el estilo de vida de toda la familia. El objetivo es que todos, niños y adultos, sigan una dieta saludable y practiquen más ejercicio. Así que es preciso apagar las pantallas (televisor, ordenador, teléfonos móviles...) y ponerse en marcha.
  • Nunca culpabilizar. Jamás hemos de reñir, gritar, amenazar o castigar a un niño (ni a un adulto) por su peso, su alimentación o su actividad física. Eso solo le generará sentimientos de vergüenza, culpa o rabia, aumentando las probabilidades de que coma más y peor.
  • Reforzar su autoestima. Los niños con exceso de peso tienen más posibilidades de sufrir rechazo y estigmatización social que el resto. Si alguna persona (menor o adulto) se burla del peso del niño, conviene afrontar la situación lo antes posible.

Restingir o no su dieta

¿Es conveniente limitar la comida a los niños que ya padecen esta dolencia?

Un documento centrado en la obesidad infantil (consensuado en diciembre de 2007 por doce sociedades científicas y publicado en la revista Pediatrics) recogió el siguiente consejo: “Permita que el niño autorregule sus comidas y evite el uso de conductas alimentarias restrictivas”, es decir, no conviene restringir de forma explícita las calorías que toma.

La clave en niños con obesidad bien diagnosticada reside en:

  1. comer en familia a menudo
  2. huir del sedentarismo
  3. evitar que en casa haya alimentos superfluos
  4. poner a su alcance frutas frescas, hortalizas, frutos secos, legumbres y cereales integrales (pan, arroz o pasta).

No menos importante es el ejemplo de los padres. De hecho, algunos expertos consideran que, en vez de tratar al niño con obesidad, sale más a cuenta tratar de mejorar los hábitos de los padres.

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