Así crecen sus huesos

BEBÉ MÁS SANO

Así crecen sus huesos

En tres años, nuestros hijos pasan de ser unos bebés de formas redondeadas a niños que caminan con ilusión. Te explicamos los cambios fundamentales.

Luis Ruiz

26 de febrero de 2018, 17:53 | Actualizado a

¿Es normal ese latido que se ve en su cabecita? ¿Sus piernas deberían estar más estiradas? ¿Tenemos que abrigarlo más? ¿Puede salir a la calle? Las dudas que tenemos los padres primerizos parecen no tener fin. Con el segundo hijo quizá estamos más tranquilos, pero la incertidumbre vuelve a la carga sin muchos reparos: A su hermano no se le notaba tanto la fontanela, dormía en una postura más relajada cuando tenía la misma edad y necesitaba más ropa de abrigo para estar tranquilo cuando salíamos a pasear...

En realidad, cada niño es único, y aunque la experiencia consigue que relativicemos muchas cosas, cada recién nacido es totalmente nuevo para los padres. Sus características y sus peculiaridades hacen que sea diferente de cualquier otro niño, incluso de su mismo hermano, y solo por eso ya es normal que tengamos esas dudas. Afortunadamente, contamos con las herramientas que nos permiten constatar que nuestro hijo se desarrolla correctamente y que sus peculiaridades no son síntomas de trastornos de ningún tipo.

Una época excepcional

El crecimiento físico es más rápido durante los tres primeros años de lo que será durante el resto de la vida, por lo tanto, es una época de cambios estructurales importantes. Los humanos, como la gran mayoría de animales, poseemos un armazón sólido que nos da sostén y, a la vez, protege nuestras partes delicadas.

Esta estructura dura y mineralizada sostiene el cuerpo, le da forma y hace posible la movilidad al brindar al organismo un material duro y consistente que sostiene los tejidos blandos contra la fuerza de gravedad y donde se insertan los músculos que le permiten levantarse del suelo y moverse.

El sistema óseo también protege los órganos internos (el cerebro, los pulmones, el corazón...) de los traumatismos del exterior, y algunos huesos tienen funciones especiales, como el yunque, el estribo y el martillo, en el oído medio, que forman parte del sistema auditivo.

Renovación continuada

Nos encontramos ante un proceso extraordinario. A las dos semanas de gestación ya hay un esbozo de la columna vertebral con pequeñas vértebras cartilaginosas. Y en el momento del nacimiento, el esqueleto, aún blando y flexible, está constituido por 350 huesos que se van fusionando hasta llegar a 206 en el adulto.

El esqueleto no es un tejido muerto, todo lo contrario, vive y se renueva a una velocidad considerable, si bien imperceptible. Constituye una estructura duradera y, como el resto de los tejidos, contiene nervios y vasos sanguíneos.

El seguimiento del desarrollo de los huesos es importante, aunque no realizamos ningún estudio de ellos si no existe alguna alteración en su forma o estructuras. De todos modos, el niño crece constantemente, por lo que hay que hacer un análisis continuado de sus patrones. Eso significa que un valor puntual no tiene significado alguno; lo que nos permite valorar el crecimiento del niño es ver la evolución de estas medidas en el tiempo.

La exploración del desarrollo de los huesos en una radiografía de la muñeca, por ejemplo, es una de las herramientas que tenemos para valorar el crecimiento: el cálculo de la edad ósea y su correspondencia con la edad real nos permite valorar el desarrollo madurativo y diagnosticar trastornos de crecimiento.

El soporte principal

Los huesos son moldeables y, por lo tanto, pueden influir en las actitudes externas. Dentro del útero, la columna vertebral suele tener una posición totalmente arqueada hacia adelante: el feto está recogido, con la cabeza cerca de los pies.

En el niño ya nacido, esta posición se denomina cifosis o actitud cifótica. La posición contraria se llama lordosis. Y cuando vemos que la columna vertebral no dibuja una línea recta, sino que se desplaza a cualquiera de los dos lados (lateralizada), estamos ante una escoliosis.

De todos modos, la columna vertebral no sigue un eje recto de arriba abajo. Tiene una ligera cifosis en la porción torácica (se curva hacia atrás) y una lordosis tanto en el cuello como en la región lumbar (se curva hacia delante). En el bebé que aún no se mantiene erguido estas curvaturas normales no están muy pronunciadas, pero, en ocasiones, puede observarse una cifosis muy marcada o una situación de escoliosis que han de ser controlados por el pediatra. Sin embargo, la causa casi siempre es postural.

En el resto del tronco

Otro de los elementos óseos del tórax que controlamos los pediatras son las costillas y su unión con el esternón. Esta unión suele ser plana, pero en ocasiones se produce una angulación hacia delante (pectum carinatum) o se hunde hacia el interior (pectum excavatum). Estas alteraciones, por lo general limitadas a lo puramente estético, en algunos casos pueden llegar a dificultar la respiración y requerir tratamiento quirúrgico.

Un hueso que permite la unión de las extremidades superiores con el tórax es la clavícula. En los recién nacidos puede fracturarse en el momento del parto. Es una situación sin peligro pero que alarma con frecuencia a los padres cuando en casa, y repentinamente, perciben un bulto que antes no habían notado.

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La posición de las piernas

En el recién nacido, los huesos de las piernas suelen estar torcidos y pueden mostrar variaciones que luego, cuando crezcan y empiecen a andar, van a cambiar. Pueden presentar un arco externo en ambas piernas (las rodillas están muy separadas), lo que se llama genu varo, o bien estar metidas hacia el interior con arqueamiento hacia fuera (las rodillas permanecen juntas), lo que se conoce como genu valgo. Aun así, en los bebés y los niños más pequeños esta situación no suele ser problemática y, por lo general, evoluciona favorablemente.

Por lo que se refiere a los pies, en ocasiones tienen una deformidad debida a su posición dentro del útero. Pueden estar en una posición varo o valgo, en función de si están siguiendo la línea de la pierna y la punta totalmente extendida, o si el pie está retraído hacia atrás y abierto, como si apoyara solo el talón. En raros casos requieren tratamiento.

Generalmente, cuando el pie está libre, el bebé puede moverlo sin dificultad. Si pasado un tiempo estas posiciones persisten, deberían ser valoradas por el pediatra, que, si es necesario, derivará el caso al traumatólogo infantil.

La maleabilidad del cráneo

Es en la cabeza donde mejor se aprecia la estructura ósea del organismo. A los padres les suele generar angustia ver cómo los profesionales de la salud manejamos a los bebés o exploramos esta parte del cuerpo; muchos están convencidos de que se pueden desnucar, y la mayoría se asusta ante las maniobras de palpación de las fontanelas, pensando que así se puede dañar el cerebro del recién nacido.

Realmente, el tamaño de la cabeza de los bebés es uno de los aspectos que en seguida llama la atención. El recién nacido tiene una cabeza que representa una cuarta parte del volumen de todo el cuerpo: es, aproximadamente, 2 cm más grande que el tórax. Entre los seis meses y los dos años, ambas medidas son más o menos iguales. Es a partir de los dos años que el tamaño del tórax supera al de la cabeza. Luego, la proporción se mantiene en la edad adulta: la cabeza representa 1/8 parte del cuerpo y un 10% de la superficie corporal.

El cráneo no es un hueso único, sino varios. En los adultos ya se han soldado, pero en los recién nacidos se pueden apreciar las líneas que los separan, las llamadas suturas. Estas suturas delimitan los distintos huesos del cráneo: un frontal, dos parietales, dos temporales y un occipital. Cerrando la bóveda craneal hay uno que está tras la cara llamado esfenoides. Tras el nacimiento, pueden palparse superpuestos, ya que este margen en la unión de los huesos permite que puedan moverse para facilitar el paso de la cabeza por el canal del parto.

Por este motivo, durante los primeros días, la cabeza de los bebés tiene una forma alargada, forma que después se va modificando.

En crecimiento durante años

Las fontanelas son unos espacios entre los huesos mayores que las suturas. Es posible que su tamaño aumente los primeros días, aunque luego se van cerrando progresivamente. Son blandas y se puede notar el volumen del líquido cefalorraquídeo al palparlas. La que se ve mejor es la fontanela anterior, situada cerca de la frente. En algunos casos, dejan de percibirse a los cuatro o cinco meses; en otros, se siguen palpando más allá del primer año, extremo que suele tener un componente familiar.

Vigilar la evolución de las fontanelas es importante, ya que un cierre precoz, con aumento escaso del volumen de la cabeza medido por el perímetro craneal, puede indicar una patología por cierre de las suturas. Por el contrario, un mantenimiento del tamaño de las fontanelas o un aumento exagerado puede indicar un crecimiento excesivo del interior de la cabeza. En cualquier caso, el cierre de las fontanelas es un proceso gradual que tiene lugar a lo largo del primer año de vida, aunque las suturas no se cierran hasta más adelante para permitir el crecimiento del cerebro.

La valoración de la cabeza también permite comprobar un correcto funcionamiento del metabolismo, ya que en aquellos niños que tienen raquitismo, cuando los huesos se presionan, se notan blandos y emiten sonidos anormales.

En algunos recién nacidos se puede apreciar esta misma sensación extraña (craneotabes), una situación que puede angustiar a los padres. Es impactante, pero hay que transmitirles tranquilidad: no es más que una muestra de la flexibilidad de los huesos, que, al presionarlos, se hunden ligeramente. Es una circunstancia normal al nacer, pero en niños mayores puede indicar una falta de vitamina D.

Domina su propio cuerpo

Al sostener a un recién nacido por primera vez, le sujetamos suavemente la cabeza porque aún no tiene suficiente fuerza para sostenerla.

Sin embargo, nada más nacer, el bebé puede girar la cabeza a un lado y a otro cuando está acostado boca arriba. Cuando está boca abajo, puede levantarla lo suficiente como para girarla hacia el lado contrario.

Poco a poco irá dominando su cuerpo. Primero elevará la cabeza mientras está boca abajo: durante los primeros dos o tres meses lo hará cada vez mejor y más alto. Luego, alrededor de los cuatro meses, la mantendrá erguida cuando se le coja en brazos o se le ayude a mantenerse sentado. Finalmente, tendrá suficiente fuerza para levantarla cuando esté boca arriba.

Un proceso madurativo

  • No deberíamos contemplar el desarrollo como una carrera de obstáculos que los niños tienen que estar superando constantemente.
  • Para ir adquiriendo todas sus habilidades, los niños han de madurar neurológicamente. Y para que se produzca esa maduración es necesaria la mielinización de las neuronas y un correcto desarrollo del sistema nervioso central. Es algo que les ocurrirá a todos, pero no necesariamente en el mismo momento.
  • Aunque la edad y el orden de adquisición de algunas habilidades pueden variar, suelen seguir un proceso: no se anda antes que estar sentado. También es cierto que algunas no se llegan a adquirir, pasando directamente a otras más avanzadas (por ejemplo, los niños que empiezan a caminar sin haber gateado).
  • El desarrollo neurológico es cefalocaudal, es decir, va “de arriba a abajo”. Primero se controlan los movimientos de la cabeza, luego los de los músculos dorsales (para aguantarse sentado) y, finalmente, los de las extremidades (para andar).

Pruebas de su esfuerzo

Las presiones a las que el bebé se ve sometido durante el parto pueden dejar una huella momentánea en el aspecto de su cabeza.

  • El caput sucedaneum es una extravasación de líquidos en la región de la coronilla debida a la presión. Provoca una hinchazón en la región que estaba más liberada durante el preparto. Desaparece hacia el segundo o tercer día de vida.
  • Otro caso es el del céfalo-hematoma, que afecta a un 1% de los recién nacidos. Se trata de una salida de sangre entre el hueso y la membrana que lo recubre que se limita a la superficie de un hueso sin sobrepasar los bordes que marcan las suturas. Es frecuente en los huesos parietales, pero puede ocurrir en cualquier parte.
  • Puede aparecer cuando el parto ha sido traumático. Se da con mayor frecuencia cuando se ha recurrido al uso de fórceps y en ocasiones puede indicar una pequeña fisura en el hueso. Al principio es blando y luego se endurece. Solo en algunos casos llega a crecer. No es necesario hacer nada.

Controlar el perímetro

  • Las mediciones del cráneo realizadas a lo largo de varios meses nos suministra una información más valiosa que la arrojada por una sola medición más grande de lo que se esperaba.
  • Para valorarlas, el pediatra utiliza las tablas de crecimiento. Son gráficas de niños y de niñas que nos permiten ver cómo está el bebé respecto al resto de los niños de su misma edad. Las gráficas que usamos son las de la OMS.
  • En estas gráficas hay una línea central más gruesa, el percentil 50. Si las cifras que obtenemos quedan sobre esa línea, significa que coinciden con la media de los bebés de esa edad y sexo.
  • La normalidad se estima que está entre el percentil 3 (línea inferior de la curva) y el percentil 97 (línea superior). Lo importante es que el crecimiento siga un carril y que no se estanque ni que se sobrepase en exceso.
  • Por lo general, el recién nacido tiene un perímetro craneal de 35 cm, crece unos 10 cm hasta el año, y otros 5 cm hasta los cinco años, cuando ya tiene casi el tamaño adulto.

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