Ayudarle ante las infecciones

NIÑOS MÁS SANOS

Ayudarle ante las infecciones

Que una enfermedad se contagie con facilidad no significa que sea grave. Y la mayoría de las veces, el organismo acaba venciéndola sin ayuda.

Luis Ruiz

4 de mayo de 2018, 10:31 | Actualizado a

Durante los primeros meses, los bebés no suelen enfermar: han recibido anticuerpos mientras crecían en el útero materno y, después, los sigue recibiendo a través de la leche materna. Pero llega un momento en que estas defensas se agotan; los niños pequeños siguen en contacto con más gérmenes, y pasan por procesos infecciosos que les sirven para adquirir su propia inmunidad. Así, su sistema inmunológico irá aumentando su eficacia progresivamente, hasta que, alrededor de su séptimo cumpleaños, ya esté desarrollado.

A partir de esa edad los niños enferman mucho menos.

Los seres vivos más pequeños, aquellos que sólo podemos detectar con un microscopio, son los que más frecuentemente afectan a nuestra salud. Pueden ser protozoos, bacterias y virus, pero son éstos últimos los agentes causantes de mayor número de enfermedades en humanos. Su gravedad varía en función del tipo y las condiciones de los que las padecemos. El resfriado común que tenemos una o más veces cada año es un ejemplo de caso leve. Otro es la diarrea durante los viajes o por un cambio de aguas el germen puede resistir la potabilización habitual. En su mayoría, estas dolencias tienen una duración limitada y una curación completa.

Con algunos virus, el problema no es la infección en sí. Por ejemplo, el sarampión induce al organismo a tener una inmunidad más baja contra otras enfermedades, por lo que su agresividad va en función de las complicaciones que se pueden producir posteriormente; neumonías, sobre todo.

En otras ocasiones, el peligro es su persistencia. Todos conocemos el caso del virus del Sida o el que causa la encefalitis de las vacas locas. Estos virus entran en las células y permanecen allí, reproduciéndose continuamente, provocando alteraciones que causan enfermedades importantes.

Todos los agentes infecciosos tienen dos características que hay que conocer: la virulencia y la agresividad. La virulencia es la capacidad que tiene de infectar a nuevas personas desde un individuo. En cambio, la agresividad se refiere a la gravedad de la enfermedad: en general, la mayoría de virus son poco agresivos; producen un trastorno leve, que cura pronto y que no suele dar complicaciones. De este modo, puede haber enfermedades infecciosas graves que son poco virulentas, como la tuberculosis, y otras que se pueden transmitir con facilidad pero que no provocan una gran patología, como el catarro común o la gripe.

¿Es grave una gripe?

¿Por qué la nueva gripe genera tanta angustia? Está claro que existía el temor de que se pudiera declarar una epidemia muy virulenta y de agresividad desconocida. Pero, como hemos visto, estas dos palabras son importantes para valorar bien la enfermedad.

El virus de la gripe es sólo un virus más con unas características peculiares. Tiene una importante capacidad de mutación, que le permite pasar de una especie animal a otra. La gravedad de la enfermedad es mayor cuanto más debilitado está el individuo que la padece. Así el nuevo virus es muy virulento, ya que pueden infectarse 18 personas por cada caso diagnosticado, pero es poco agresivo, porque las cifras de mortalidad son bajas. Además los fallecidos tenían enfermedades de base como obesidad mórbida o transtornos respiratorios graves.

Prevención y tratamiento

Con la gripe, al ser un germen que cambia tanto, las vacunas de un año no sirven para el siguiente, ni tampoco protegen contra la gripe aviar o porcina. Pero no hay que olvidar que la gripe A no es más agresiva que la estacional, por lo que, si no se pertenece a uno de los grupos de riesgo definidos claramente por las autoridades sanitarias, no es preciso pensar en inyectarse ninguna vacuna, ni la antigripal estacional ni la de la gripe A.

Lo que hay que hacer ante un estado gripal es tratar los síntomas, hacer reposo domiciliario, mejor en la cama, y vigilar las posibles complicaciones que se puedan dar.

Qué hacer si tu hijo enferma

Lo más frecuente es que la gripe evolucione favorablemente en dos o cuatro días, aunque la tos y el cansancio se pueden prolongar.

  • Si presenta alguno de los síntomas (más de 38o C, tos, malestar...), hay que avisar al médico y permanecer en casa.
  • En la mayor parte de los casos, la gripe se cura sola con las medidas habituales: reposo, beber líquidos en abundancia y usar los antitérmicos y analgésicos para bajar la fiebre y aliviar el malestar (hay que evitar el ácido acetilsalicílico en los menores de 18 años).
  • Hay que ventilar a diario y quedarse en casa hasta 24 horas después de que la fiebre haya desaparecido sin usar medicamentos.
  • El Comité de Lactancia Materna de la AEPED ha elaborado un documento sobre la gripe A H1N1 en el que se recomienda, entre otras cosas, que los bebés de madres que tengan la enfermedad sigan mamando.

Cómo mejorar sus defensas

  • Estudios científicos confirman que una alimentación equilibrada con grasas suficientes es importante para una buena inmunidad.
  • Las bacterias probióticas han demostrado mejorarla. Pero si comparamos su efecto con el de la leche materna, la mejora es pequeña.
  • La seguridad psíquica y la tranquilidad hacen que la respuesta inmunitaria sea mucho mejor.

NO

  • Administrar un exceso de vitaminas a los niños no consigue aumentar la inmunidad y puede provocar una intoxicación por alguna de ellas.
  • Exponer más pronto a los bebés a situaciones de riesgo para que se inmunicen antes no tiene sentido.
  • El niño madura el sistema inmune a su tiempo y una excesiva presión prematura puede generar más alteraciones a medio y largo plazo.

Ayudando a su sistema inmune

Los estudios realizados indican que los ácidos grasos poliinsaturados de cadena corta o larga, abundantes en los vegetales y en el pescado, mejoran la respuesta inmunológica. Por eso, cuando el bebé empieza con alimentos distintos de la leche, debe tenerse en cuenta la ingesta de estas grasas.

Los inmunomoduladores de la leche materna hacen que el bebé desarrolle más pronto su capacidad inmune y llegue a su completo desarrollo más eficazmente. Además, como la madre tiene su sistema desarrollado, si entra en contacto con algún germen, pasa los anticuerpos específicos a su bebé.

Se sabe que en situaciones de estrés e inseguridad, la reacción inmune ante infecciones o alergias, por ejemplo, es menor. Esto podría explicar por qué un gran número de situaciones generan que los niños enfermen más: nacimiento de un hermano, inicio de la guardería, separación de los padres...

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