Cómo le ayudamos con sus primeros virus

NIÑOS MÁS SANOS

Cómo le ayudamos con sus primeros virus

Cada madre traspasa a través del cordón umbilical anticuerpos (defensas), que permanecen en el organismo del niño durante el primer año, período que se amplía si es un bebé que toma pecho.

Luis Ruiz

25 de marzo de 2018, 19:47 | Actualizado a

Muchos niños van al colegio. Otros han sido matriculados en una guardería porque no hay quien los pueda cuidar mientras los padres trabajan.

Tanto ellos como los bebés que permanecen en casa y tienen hermanos mayores entran en contacto con gérmenes que les causan uno o varios catarros por temporada. Catarros cuyo principal síntoma son los mocos.

En general, en niños sin patología previa de base, son procesos banales, de duración corta, que cursan con fiebre y un estado general más o menos bueno. Solo necesitan tratamiento sintomático: administrar sustancias –como el paracetamol y el ibuprofeno– que, además de bajar la fiebre, mejoran las molestias y los dolores musculares.

Su importancia patológica estriba en que pueden convertirse en la puerta de entrada de otros procesos infecciosos bacterianos que sí que van a necesitar tratamiento antibiótico específico:

  • como la otitis
  • la amigdalitis
  • o la miringitis (inflamación del tímpano).

Defensas heredadas

Si es nuestro primer hijo, la llegada de sus primeros catarros suele provocar momentos de desesperación. Posiblemente nadie nos había explicado que los niños pequeños enferman muy a menudo, o, si lo habíamos oído, pensábamos que no sería realmente así, que exageraban.

Pero nos encontramos con que nuestro hijo está casi siempre enfermo, y aunque el pediatra nos diga que no es nada, no dejamos de pensar que lo debe estar pasando mal, que no hay manera de que mejore, y cada día que pasa nos sentimos peor. No sabemos qué hacer.

Los bebés con hermanos mayores entran en contacto con los virus desde el primer día, y esta circunstancia hace que, cuando inician la escolarización, el cambio no sea tan acentuado.

Para superar este difícil inicio, la naturaleza ha preparado a los recién nacidos con una carga de anticuerpos (defensas), que su madre les traspasa a través del cordón umbilical. Son defensas específicas contra todas las enfermedades que la madre ha pasado desde su nacimiento, y se van “gastando” porque actúan cuando el niño tiene contacto con esos virus (va a la guardería, tiene hermanos mayores, alguien le tose cuando pasea por un supermercado...), evitando que coja la enfermedad o, si no puede evitar el contagio, logrando que esta sea menos importante. De este modo, el niño fabrica su propias defensas contra el virus, impidiendo que vuelva a afectarle.

Si calculamos que del enorme número de virus que existen en todo el planeta “pasamos” dos o tres al año, en nuestro entorno posiblemente hay más de un centenar de virus distintos contra los que estamos protegidos al nacer y durante la lactancia, y en un momento determinado, por gasto o deterioro, nos quedamos sin su protección.

Los anticuerpos provenientes de la madre que duran más permanecen en el organismo del niño durante un año, período que se amplía si es un bebé que toma pecho.

Si es en esta época, alrededor del primer cumpleaños del niño, cuando empezamos a llevarlo a la guardería, lo ponemos en contacto con una fuente de virus importante en un momento en el que las defensas que tenía hasta ahora empiezan a abandonarlo. Un terreno abonado para estas patologías.

Evitar que empeore

Viendo que la mayoría de los procesos son banales, tendremos que aprender a controlar algunos síntomas que nos ponen en guardia si el bebé empeora, como la fiebre, las manchas o la dificultad respiratoria.

La fiebre es un síntoma muy temido por todos. En realidad, solo es un mecanismo de reacción del organismo: con el aumento de la temperatura corporal se incrementa la posibilidad de acción tanto de los anticuerpos como de otros mecanismos de defensa del sistema inmunitario del niño, que van a ayudar a mejorar su capacidad de curarse e impedir que otros microorganismos puedan actuar.

Es natural que todos, pequeños y mayores, estemos apagados y fatigados si tenemos fiebre.

En los niños suele ser muy evidente, ya que cuando se encuentran bien acostumbran a mostrarse muy activos y curiosos. En estos procesos víricos también es natural que la situación cambie completamente al bajar la temperatura: el niño se muestra tan animado que casi parece imposible. Es una situación muy frecuente y que debe aportarnos tranquilidad: si se tratara de un proceso infeccioso importante, el niño no reaccionaría así.

Si damos un antitérmico a nuestro hijo y la fiebre no baja –o el niño sigue igual de afectado a pesar del cambio de temperatura–, hay que acudir a urgencias. Conviene dárselo si supera los 38° C y la hemos tomado en la axila.

Cuando devuelve

Cuando un bebé o un niño pequeño vomita por un acceso de tos, o porque tiene mocos en la garganta, no hay motivo para angustiarse y salir corriendo. Sí es motivo de consulta urgente que el niño vomite todo lo que toma de forma repetida durante unas horas y además tiene fiebre y mal estado general.

Por lo general, la mayoría de vómitos tienen origen en la boca, la faringe y el tubo digestivo. Hay que actuar con prudencia, ofreciendo al niño agua azucarada o sales de hidratación oral, poco a poco y frecuentemente. Si los vómitos persisten o son continuados, con dolor de cabeza y fiebre alta, hay que acudir al centro médico cuanto antes.

Bajo observación

La aparición de manchas en la piel es otro de los signos que nos debe poner en alerta. Podemos verificarlo cuando lo desnudamos, una medida complementaria para ayudar a que le baje la fiebre. Si vemos alguna mancha que antes no tenía, la presionaremos con los dedos para comprobar si pierde color. Si a pesar de la presión el color se mantiene, habrá que trasladarse a un centro médico con premura. En el caso que desaparezcan, conviene consultar al médico por el proceso febril, pero ya sin prisas.

Por otra parte, la frecuencia con la que el niño respira también nos sirve para identificar problemas, así como la mayor o menor dificultad al respirar. Cuando se tiene fiebre, es lógico que exista un ligero aumento de la frecuencia respiratoria (la medimos contando el número de veces que se respira en un minuto).

Si la frecuencia respiratoria de un niño es superior a 40 respiraciones por minuto, o está por encima de las 50 cuando tiene menos de dos años, deberíamos acudir al médico rápidamente. Si, además, tiene sensación de ahogo y se le marcan las costillas, o el cuello se hunde justo por encima del tórax, hay que hacerlo todavía con más motivo.

La tos por sí sola no es razón para alarmarse, pero valorar la dificultad respiratoria también es una herramienta muy útil a la hora de descartar posibles complicaciones.

Cuestión de paciencia

Para proteger a nuestros hijos en esta situación no tenemos más que dos herramientas: la paciencia y la vigilancia. Paciencia, porque por lo general son procesos que tardan más o menos, pero acaban siendo superados sin dificultad. Vigilancia, porque, como hemos mencionado al principio, algunos casos pueden complicarse con patologías bacterianas o empeorar enfermedades de base que pudiera tener el niño: diabetes, trastornos urinarios, perforaciones timpánicas...

En cualquier caso, la aparición continuada de este tipo de trastornos cambia la relación de los padres con el pediatra. Hasta este momento, las visitas tenían por objeto que este observara el crecimiento natural del bebé, descartando alteraciones en su desarrollo. La mayoría de consultas giraban entorno a la alimentación, los hábitos o los puntos básicos de seguridad. A partir de ahora, muchos padres, en su angustia, quieren que el pediatra les ofrezca curas rápidas, eficaces y permanentes, es decir, milagrosas.

Y a menudo, la enfermedad simplemente ha de seguir su curso.

Medidas de prevención

Todos querríamos que nuestros hijos enfermaran lo menos posible. Aunque no existan dietas milagrosas ni medidas profilácticas infalibles, algunas acciones nos pueden ayudar a mejorar su respuesta.

  • Seguir una buena alimentación –con leche materna, frutas y legumbres o verduras a diario– es la mejor prevención.
  • La administración de suplementos vitamínicos no tiene sentido si no existe una falta de vitaminas. No aumentan la inmunidad.
  • Muchas personas confían en la jalea real. Sin duda, aporta gran cantidad de micronutrientes, pero no mejoran la situación si no hay un déficit.
  • La homeopatía (oscillococcinum) puede ayudar a superarlos. Como arma preventiva, habrá que ver los resultados de estudios que están haciendo.
  • En situaciones de estrés o inseguridad, la respuesta inmune es peor. Así pues, en esta época conviene evitar más cambios de la cuenta.
  • Los probióticos han demostrado mejorar la inmunidad, pero en el caso de los niños lactantes, no hay nada como la leche materna.

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