Le duele la barriga

NIÑOS MÁS SANOS

Le duele la barriga

Diarreas, vómitos y otras molestias abdominales nos generan inquietud y dudas sobre cuál es la mejor manera de afrontarlas. Hay que mantener la calma.

Luis Ruiz

3 de mayo de 2018, 12:02 | Actualizado a

Los problemas intestinales siguen a los mocos en el ranking de causas que motivan más visitas al pediatra. Y realmente son una de las afecciones más frecuentes en los niños. Aun así, no son una enfermedad sino síntomas que se presentan solos o con mocos que dificultan la respiración.

Dos de las cosas que más nos asustan a los padres son los vómitos y las diarreas, con o sin dolor abdominal. Cuando nuestro hijo vomita y hace deposiciones más líquidas de lo habitual, lo primero que se nos ocurre es que si sigue así muchos días y no toma líquidos suficientes puede llegar a deshidratarse. En la consulta vemos a diario como estas situaciones generan mucha angustia en los padres. Pero aunque siempre existe la posibilidad de que pueda darse un proceso de deshidratación, en la gran mayoría de ocasiones nunca llega a aparecer.

También es cierto que ese mismo temor provoca confusiones en los padres muy a menudo. Por ejemplo, muchos están convencidos de que su pequeño bebé tiene diarrea las heces de un lactante pueden ser muy líquidas porque hace deposiciones cada vez que come. Cuando en urgencias les dicen que es un proceso natural y normal en los recién nacidos, respiran realmente aliviados.

Ocurre algo parecido con la regurgitación: mediante este mecanismo, los bebés expulsan leche que han tomado de más, aunque también puede ser que la presencia de mocos en la nariz o la garganta causen molestias o náuseas momentáneas y provoquen que el recién nacido eche una pequeña cantidad de líquido.

De todos modos, no hay que confundir las regurgitaciones con los vómitos.

Éste es un mecanismo de defensa que se produce fundamentalmente por la inflamación de la mucosa gástrica, pero también por estímulos en la zona boca-faringe, e incluso por una alteración del sistema nervioso central. Es un síntoma que se debe valorar de forma diferente si el niño es un recién nacido, si ya tiene un mes, o si es mayor y ha dejado de ser lactante. En el caso de un recién nacido o un lactante pequeño, que no es capaz de explicar otros síntomas dolor de cabeza, náuseas, etc., el vómito puede estar indicando una infección que deberíamos ser capaces de identificar y tratar. Cuando nuestros hijos presentan vómitos repetidos y fiebre alta hay que acudir al pediatra para descartar una patología infecciosa.

¿Vómito o regurgitación?

Ambos son síntomas muy frecuentes en los niños pequeños, aunque la regurgitación se valora en pediatría como una situación fisiológica propia de los lactantes (bebés menores de un año).

  • Cuando a un bebé se le da de comer más de lo que su estómago puede aceptar, echa la cantidad “sobrante”.
  • Los mocos y el aire que ha tragado también pueden propiciar la regurgitación. A veces, el moco no se ve porque está seco, pero con el vapor de los alimentos se humidifica y pasa a la parte posterior de la boca.
  • Con los vómitos se suele expulsar gran parte o la totalidad del líquido ingerido, que ha empezado a ser digerido, y suelen ir precedidos de náuseas. En cambio, la leche que el bebé expulsa en una regurgitación no está cortada ni huele mal; la echa tras un eructo o la expulsión de gases, durante la toma o al poco de terminar.
  • Si el crecimiento y el desarrollo del bebé están dentro de la normalidad, las regurgitaciones no deben preocuparnos.

Síntomas muy comunes

La gastroenteritis es el proceso más frecuente dentro de las patologías abdominales. Normalmente se debe a la presencia de un virus, que provoca una inflamación de la mucosa del estómago y del intestino, y va acompañada de pérdida de apetito, náuseas, diarrea y, a veces, vómito o espasmos abdominales. Causa mucha debilidad tanto en niños como en adultos.

Estamos ante una diarrea cuando hay un aumento en la frecuencia de las heces o una disminución de su consistencia. Es un síntoma muy común: los menores de cinco años en países industrializados tienen un promedio de dos diarreas al año. La mayoría se curan solas en poco tiempo dos o tres días y se resuelven con tratamiento ambulatorio. En el caso de que las deposiciones líquidas se prolonguen durante mas de 15 días pueden ser necesarias pruebas médicas para su diagnóstico y tratamiento.

Es importante estar atentos a sus características. La presencia de sangre o moco abundante en las heces y fiebre podrían indicarnos una infección bacteriana en el intestino. Del mismo modo, hay que observar la frecuencia y la consistencia de las deposiciones, ya que un proceso diarreico con seis deposiciones líquidas en una hora necesita ser tratado para evitar la temida deshidratación.

Observar sus reacciones

La deshidratación del niño pequeño es una de las consecuencias de la gastroenteritis que más nos ha sensibilizado para buscar ayuda y tratamiento. Puede aparecer por dos motivos: cuando por vómitos o cualquier otra causa el niño no puede tomar la cantidad suficiente de líquidos para satisfacer las necesidades de su organismo, o cuando existe una pérdida excesiva de líquidos y no se reponen las cantidades necesarias.

¿Cómo podemos reconocer que nuestro hijo se está deshidratando? Los pediatras podemos identificar claramente esta situación examinando al niño y buscando una serie de signos y características propias de los pacientes deshidratados. Los padres, aunque no sean expertos, pueden controlar si su hijo está perdiendo excesiva cantidad de agua fijándose en tres cosas: si el pañal está mojado o no así sabrán la cantidad de orina que produce, si la mucosa de la boca está seca pueden comprobarlo introduciendo un dedo y tocando la parte interior de la mejilla y si llora sin lágrimas. Asimismo, en caso de deshidratación, la fontanela que los bebés más pequeños aún tienen abierta se muestra hundida. Si los padres aprecian cualquiera de estos signos, deben acudir de inmediato al pediatra para que diagnostique la deshidratación, si existe, y su grado.

Cómo rehidratarle

Ante los vómitos, lo mejor es dejar de tomar alimentos durante un período corto de tiempo y empezar con la administración fraccionada de sales de rehidratación oral, una mezcla de sal y azúcar en unas concentraciones idénticas a las del suero de la sangre.

El método del reloj y la jeringa puede ser útil. Se empieza ofreciendo al niño un mililitro de sales cada cinco minutos durante una hora. Después se sube a 2 ml cada cinco minutos en la siguiente hora. Si no lo vomita, se le ofrece el líquido en dosis de 5 ml durante una hora más. En el caso de que lo siga tolerando bien, puede empezar a tomarlo a sorbos y, después, volver a la dieta hídrica normal. Si durante el tratamiento se produce un vómito, empezaremos de nuevo; pero si el niño sigue vomitando el suero de rehidratación, es preciso acudir a un servicio de urgencias. Ante la presencia de síntomas como fiebre alta, mal estado general y manchas en la piel, debería verlo un pediatra con el objetivo de descartar otras causas de vómitos de origen no intestinal.

En el caso de la diarrea sin vómitos hay que rehidratar al niño ofreciéndole las sales a demanda. Las características de su concentración permiten que el agua y los iones se absorban muy bien, aunque el intestino esté muy alterado. Es importante animar al niño a beber, por lo que conviene elegir un preparado que pueda gustarle: algunos vienen en forma líquida con sabor a frutas, otros se comercializan en forma de sales y tienen que disolverse en agua. Nuestras abuelas mezclaban agua con azúcar, bicarbonato y limón; una preparación bastante similar.

Es posible que un niño que tiene diarrea no muestre interés en comer nada. Sabiendo que el intestino y el estómago están inflamados, es natural que eso ocurra. Hay que respetar su falta de apetito, por supuesto, pero siempre teniendo presente que para la recuperación de la inflamación y de la enfermedad diarreica es muy importante que la alimentación se inicie lo más precozmente posible, una vez ya muestre apetito.

Una buena recuperación

Para los bebés que son amamantados, la leche de su madre es a la vez alimento y líquido de rehidratación. Por este motivo, si tienen diarrea, a los niños que toman el pecho no es necesario ofrecerles nada más a parte de la leche. Éste es, de todas formas, un caso realmente excepcional: la frecuencia de esta patología es mucho menor en los niños alimentados al pecho en una proporción de 16 a 1. Así pues, se deberá intentar alimentar e hidratar al bebé con la leche materna. Lo mismo ocurre con los lactantes que toman leche de fórmula.

Un niño cuya dieta está totalmente diversificada debería empezar a comer en cuanto tolere la ingesta de alimentos. La mejor opción es ofrecerle preparaciones suaves pero que le gusten. Lo importante es que coma, así que si al niño no le gusta el arroz hervido y nos empeñamos en dárselo, lo único que vamos a conseguir es que se alimente mal y, consecuentemente, una prolongación de las diarreas. Las recomendaciones actuales son muy claras: para recuperarse, el niño tiene que volver lo más pronto posible a su dieta habitual.

Descubriendo las causas

Tras un dolor de barriga pueden esconderse males distintos: una mala digestión, una infección, gases... incluso un disgusto. Nuestro calor los calmará, pero si el dolor es muy agudo, hay que acudir al médico de inmediato.

  • Hasta los tres meses la causa más común es el cólico del lactancte.
  • En menores de dos años, lo son las gastroenteritis e infecciones por virus.
  • Los casos de dolor por traumatismos o hernias son poco habituales.
  • Si existe palidez, sudoración y apatía tras una crisis de dolor, id al médico.
  • Las alergias alimentarias, en aumento, causan inflamación y dolor abdominal.
  • En caso de intoxicación alimentaria, el dolor es uno de los síntomas.
  • El estreñimiento puede causar dolor abdominal a cualquier edad.
  • Si adelantamos la edad de quitar el pañal los niños muestran disconfort.
  • Este malestar puede incluso convertirse en dolor si se aguantan la caca.
  • El dolor también puede aparecer como expresión de estrés.
  • Hay que tenerlo en cuenta, pero descartando antes las causas orgánicas.

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