Masaje infantil

BEBÉS Y NIÑOS MÁS SANOS

Mamá, dame un masaje

Le calma, mejora funciones vitales de su organismo, potencia sus defensas, estrecha la complicidad con sus padres... Para un bebé, un masaje es mucho más que un momento de relax.

Anna Maria Obradors

31 de julio de 2017, 07:00 | Actualizado a

"Las caricias, los contactos piel a piel, los masajes, todo eso alimenta al niño. Es un alimento tan necesario como los minerales, las vitaminas y las proteínas”.

Son palabras del Dr. Frédérick Leboyer, autor del célebre libro Por un nacimiento sin violencia.

Así es. El masaje es una técnica milenaria que proporciona al organismo un bienestar no solamente físico sino también psíquico. Y el que se ofrece a los niños es un arte practicado de forma universal por diversas civilizaciones ancestrales para ofrecer protección, bienestar y equilibrio al bebé recién nacido.

El masaje infantil es una herramienta de fácil utilización y da una oportunidad a los padres de aprender a escuchar el lenguaje corporal del bebé y potenciar la comunicación no verbal con su hijo. Además, favorece el desarrollo psicomotor y puede mejorar el estado fisiológico del bebé o niño pequeño.

Le resulta familiar

Para un bebé recién nacido recibir un masaje no es algo extraño. De una forma natural, el líquido amniótico ya le ha proporcionado un suave y rítmico masaje a lo largo de todo el embarazo. Y no sólo entonces: en el momento del parto, las contracciones uterinas estimulan toda su superficie corporal. Los mamíferos se comportan de una manera similar después del parto. Los lametones que proporcionan las madres a sus crías estimulan las funciones vitales del mamífero recién nacido.

Por otra parte, hay que tener en cuenta que el tacto es uno de los primeros sentidos que se desarrolla y que, muy frecuentemente, lo vamos olvidando a medida que crecemos. Aun así, un estrecho y firme contacto físico es para todos sinónimo de seguridad y confianza.

El masaje infantil también estimula los sistemas circulatorio, inmunológico y digestivo, además de facilitar al bebé el reconocimiento de su propio cuerpo. Y para vosotros, madres y padres, dar masaje diariamente al bebé os ayudará a conocerlo muchísimo más y será un instrumento especialmete útil para crear el vínculo; por ejemplo, con los niños adoptados. Y lo que es más importante, le ofreceréis un beneficio emocional inmensurable.

Nada de obligaciones

El masaje infantil requiere tiempo. Si en nosotros hay desgana, prisa, nerviosismo o desilusión, el pequeño lo percibirá. Por supuesto, no tiene que ser un acto forzado ni para el adulto ni para el bebé. Siempre debe ser un momento de comunicación agradable y placentera.

Para poder conseguirlo, antes de empezar el masaje el padre o la madre tienen que estar tranquilos y “liberarse”durante este espacio de tiempo de todas las preocupaciones que les puedan producir nerviosismo o excitación. Vamos a transmitir mucho con nuestras manos.

Del mismo modo que podemos ofrecer bienestar, también podemos traspasar nerviosismo, por lo que antes de empezar será necesario que nosotros mismos nos relajemos: podemos realizar unas respiraciones profundas, darnos una ducha de agua caliente, escuchar música relajante... y pensar en el momento tan agradable que se aproxima.

La premisa para el bebé será el respeto de sus necesidades básicas: si duerme, hay que respetar su sueño; si tiene hambre, hay que darle de comer; si tiene dolor, hay que paliarlo...

El momento ideal para dar un masaje a un niño será cuando esté en alerta activa:

  • Las pupilas dilatadas, los ojos brillantes, abiertos en busca de nuestra mirada, en busca de una conexión y comunicación compartida.
  • Sus brazos y piernas se moverán al son y ritmo de nuestra respuesta.
  • Su respiración será rítmica.
  • No habrá llanto ni desconexión.

Antes de empezar el masaje, y a modo de respeto hacia nuestro pequeño, observaremos cuál es su estado y si éste es el ideal para empezar el masaje. Si es así, le pediremos permiso verbalmente antes de empezar. Y a su vez crearemos un “ritual”, al igual que hacemos con el baño o la comida, para que se dé cuenta de que llega el tiempo especial de masaje y caricias.

Para ello prepararemos el lugar y nuestras propias manos, y también le explicaremos con voz calmada lo que vamos a hacer y le diremos que será un momento muy especial para los dos. Poco a poco, lo irá integrando en su conocimiento y, con el tiempo, llegará a reconocer todos estos preparativos. Y lo hará de tal manera que nos dará a entender mediante la comunicación no verbal –o con palabras cuando ya sea mayor– si es un buen momento o, incluso, cuál es su zona del cuerpo preferida.

¿Qué condiciones se necesitan?

¿Dónde puede darse un masaje? En cualquier lugar caldeado, limpio, tranquilo y cómodo. Encima de nuestras piernas, en el suelo encima de una manta o de una cama... Es fundamental que el niño no pase frío.

Intentaremos que no haya ruidos muy estridentes o luces muy fuertes que puedan sobreexcitarlo. Una música tranquila y relajante puede acompañar perfectamente este tiempo especial entre padres y niños.

En cuanto a la posición del niño, dependerá de su edad y del espacio del que dispongamos: puede estar en nuestro regazo o bien echado frente a nosotros. En cualquier caso, la clave es no perder la comunicación visual. Es muy importante también la comodidad de la persona que realiza el masaje.

Nuestra incomodidad puede traducirse en nerviosismo en nuestro hijo.

Otra de las preguntas habituales es cuánto tiempo puede durar un masaje. Para efectuar uno completo en todo el cuerpo se necesita un mínimo de 15-20 minutos. Con los preparativos, juegos preliminares y despedida, unos 30. Es cierto que puede haber niños que aguanten más –depende de la experiencia previa que tengan– pero la mayoría, a los 30 minutos están ya cansados.

Si se aplica solamente un masaje parcial en alguna parte del cuerpo, algún movimiento específico para relajar, tonificar o, por ejemplo, aliviar gases, con 5 o 10 minutos será más que suficiente.

La persona que vaya a practicar el masaje irá con ropa cómoda y se habrá librado de joyas, relojes o cualquier objeto que pueda interferir o dañar la piel del bebé.

Las manos estarán limpias y las uñas, cortas.

El niño estará desnudo en una superficie agradable y en un ambiente cálido, en un lugar que le proporcione intimidad y seguridad. El bebé pequeñito se puede desnudar por partes para que no pierda calor rápidamente.

Técnica e intensidad

Hay diferentes técnicas o movimientos de masaje infantil. Depende de la tradición, la cultura y la formación. A veces es una mezcla de todos ellos: movimientos suecos, hindús, yoga, ayurvédico, shiatsu, incluso algún punto reflexológico, o algún movimiento o caricia que tranquiliza a nuestro bebé en particular.

La intensidad con la que practicaremos los movimientos la determina la edad del niño. En bebés muy pequeños o recién nacidos más que un masaje practicaremos una contención o masaje quieto, con maniobras muy suaves, teniendo gran sensibilidad, delicadeza y cautela, siendo sensibles a sus reacciones.

En general, los movimientos los repetiremos dos o tres veces, a no ser que queramos incidir en algún punto específico –por ejemplo, si la intención es evitar cólicos–. En este caso podemos repetir el movimiento cuatro o cinco veces.

A lo largo del primer año de vida es recomendable aplicar el masaje diariamente. Cuando el niño se “independiza” –empezando a gatear y a caminar– es más difícil, ya que la experimentación del entorno le fascina. Así, deberemos adaptarnos a su evolución y aplicar el masaje en función de su edad, cambiando juegos, rutinas y frecuencia.

Se aconseja realizarlo dos o tres veces por semana como mínimo, y no hay ningún límite de edad.

Signos de molestia

Al empezar el masaje, el bebé tiene que estar receptivo y nosotros, atentos a las señales que él nos va a manifestar. Observarlo y estar pendientes de la comunicación no verbal es imprescindible para que la experiencia sea gratificante:

  • si dejamos de captar su atención
  • notamos cambios en el color de su piel
  • intenta quitar nuestras manos
  • empieza a estornudar, a girar la cabeza o a bostezar...

Nos está enviando señales claras de cansancio o incomodidad.

Hemos de ser sensibles a estos signos y preguntarnos por qué se está hartando:

  • ¿Los movimientos son muy repetitivos?
  • ¿Son poco profundos o muy rápidos?
  • ¿Tenemos las manos suficientemente lubricadas?
  • ¿Tiene frío?
  • ¿El ambiente no es el adecuado?
  • ¿La duración es excesiva?
  • ¿Tiene hambre o sueño?

Quizás sencillamente está cansado y el masaje debe finalizar. La máxima señal de disconfort en el niño es el llanto, pero no es necesario llegar a ese extremo...

Tenemos que ser muy conscientes que tan contraproducente es no estimular al niño como sobreestimularlo. Ninguno de los dos extremos es favorecedor para él.


Con atención y respeto

  • En cualquiera de las etapas, el masaje precisa de gran tacto y sensibilidad por nuestra parte.
  • El contacto con tacto, la dulzura y el amor son muy importantes para un buen crecimiento, sobre todo emocional, y forman parte de nuestra responsabilidad como padres.
  • Siempre hay que respetar las necesidades y los deseos del niño.


Una técnica para cada necesidad

Las maniobras aplicables serán, por norma general: roces o círculos; amasamientos, fricciones y peinados; estiramientos, toques de contención...

  • Los amasamientos suelen basarse en las técnicas de ordeño sueco e hindú, actúan principalmente en la tonicidad de la musculatura y en la circulación sanguínea.
  • Los roces o roces en círculos a ritmo lento y suave actúan tranquilizando al bebé o niño. Los masajes en la espalda son especialmente relajantes.
  • Los ejercicios o estiramientos forman la parte lúdica del masaje, además de trabajar suavemente las articulaciones.
  • Los toques de contención darán inicio y final al masaje, además de calmar en cualquier situación de incomodidad.


El doble de beneficios

Para tu hijo

  1. Reduce las hormonas del estrés y genera la producción de endorfinas.
  2. Consigue relajar y tonificar el cuerpo.
  3. Mejora la circulación sanguínea y la musculatura.
  4. Mejora funciones vitales (respiración, digestión, excreción...) y potencia el sistema inmunitario.
  5. Potencia los vínculos afectivos y la comunicación.
  6. Le ayuda a reconocer e identificar zonas de su cuerpo.

Para ti

  1. Más conocimiento del niño o bebé.
  2. Aumento de la autoconfianza para su cuidado.
  3. Aprendizaje de la comunicación no verbal.
  4. Fomento de los momentos de proximidad y vínculo con el niño o bebé.
  5. Tiempo especial y exclusivo para el adulto y el niño.
  6. Fomenta el juego y la interacción con el niño o bebé.


¿Con qué aceite doy un masaje?

  • No perfumado. Con nuestras manos fomentamos el contacto y el vínculo con el olor de nuestra propia piel. Y también potenciamos el desarrollo de su sentido del olfato.
  • Vegetal y no mineral. Los aceites vegetales le proporcionan vitaminas importantes para la piel. Los de oliva o de almendras dulces son ideales para los primeros meses. Después podremos utilizar una base, por ejemplo de almendras, con una esencia relajante de lavanda.
  • Es importante calentarlo previamente con nuestras manos. Será muchísimo más agradable para él y le ayudará a mantener la temperatura corporal.
  • Antes de usar un aceite que no hemos utilizado nunca, aplicaremos una pequeña cantidad en el dorso de su mano y esperaremos unos minuntos para ver que no hay ninguna reacción en la piel.

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