Ni alagos ni exigencias

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Ni halagos, ni exigencias a la hora de comer

Si ponemos a disposición de nuestros hijos alimentos saludables y predicamos con el ejemplo, lo más aconsejable es permitir que coman lo que quieran. Obligarles no funciona y no es sano.

Julio Basulto

27 de enero de 2018, 21:18 | Actualizado a

El periodo de alimentación complementaria oscila poco más o menos entre los seis y los veinticuatro meses de edad. En esta etapa perseguimos dos objetivos primordiales y uno secundario. Los primarios son que el bebé disfrute comiendo y que sus preferencias gustativas se decanten hacia alimentos sanos.

Sería como intentar que un adolescente aprendiese a disfrutar en una fiesta sin beber alcohol o fumar... pero más fácil.

El objetivo secundario es la nutrición, es decir, cubrir el aporte de nutrientes necesarios para su desarrollo mediante comida saludable. Se trata de un desafío importante, no cabe duda, pero es preciso que se cumplan primero los dos anteriores.

¿Cómo hacerlo? Con paciencia, y sin meter la pata. Parafraseando a Antonio Machado: "Despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien importa más que el hacerlas".

Deseamos con fervor que nuestro hijo coma, pero ello no debe ofuscarnos y llevarnos a intentar adelantar el momento.

Si confiamos en él, en sus gestos y en sus dedos, y no pretendemos que lo haga antes de estar preparado, todo irá sobre ruedas.

Con "no meter la pata" quiero reseñar que debemos evitar actitudes contraproducentes. Dichas actitudes pueden englobarse en un concepto llamado "control externo del apetito del niño". Se basa en la coerción (positiva o negativa), es decir, la presión para forzar la voluntad y la conducta del pequeño.

Ni halagos ni exigencias

Hay padres que utilizan un estilo de crianza, en lo relativo a la alimentación, asentado en la insistencia, la exigencia, los ataques, la culpabilización, la intimidación y hasta la fuerza para que sus hijos coman. Eso se llama coerción negativa.

Los partidarios de la coerción positiva aplauden, felicitan, halagan (todo ello con un fervor exagerado) o incluso premian a sus retoños cuando se comen lo que preparan para ellos.

Por supuesto, también hay padres que emplean unas u otras prácticas de forma alternativa. Posiblemente, éste sea el grupo mayoritario.

Dichas actitudes son perjudiciales para el proceso de incorporación de la alimentación complementaria, o de la alimentación del niño; y lo que es más grave, dificultan la relación con su hijo y pueden llegar a crear resentimientos.

Estos padres creen, erróneamente, que si dejan de utilizar ese estilo coercitivo de alimentación, su hijo se malnutrirá o no le gustarán los alimentos saludables (a todo esto, estaría bien saber qué entienden por alimentos saludables).

O, peor aún, que les tomarán la medida, se les subirán a las barbas, no aprenderán quién manda, no sabrán dónde están los límites o solemnes tonterías por el estilo.

Dejarlo en sus manos

Y sucede justo al revés: los estudios demuestran que los niños cuyos padres utilizan prácticas de alimentación centradas en el control externo regulan peor las calorías que ingieren que los niños a los que se permite que coman acorde a sus preferencias y sus señales internas de hambre y saciedad.

Más aún: estos padres fuerzan a sus hijos a que alteren su gustos, que se decantarán posiblemente hacia productos superfluos.

Los niños no son soldados que hayan jurado obediencia ciega. Son angelitos inocentes que requieren de nuestro afecto para quitarles los miedos, y nuestra mano dura no se los aleja, se los instala. Tampoco son figuras de barro, así que no tiene sentido intentar "moldearlos", como sugieren algunos.

Se puede meter la pata mediante una tercera posibilidad: teniendo una idea absolutamente equivocada de lo que es una dieta saludable. Es el caso de esos padres que le dan café o Coca Cola a su hijo convencidos de que no pasa nada, que no hacen nada incorrecto.

Dicho esto, podríamos definir la alimentación complementaria como lo que no es:

"El periodo de alimentación complementaria no es la etapa en la que los padres persiguen a sus hijos con la comida, castigándolos si no se la comen, o regalándoles una piruleta si dan buena cuenta de ella y dejan el plato reluciente."

Y si de todos modos sigues persiguiendo una definición, se me ocurre ésta:

"Es la etapa en la que los padres, con paciencia, ofrecen a sus hijos alimentos saludables habituales en la dieta de la familia. Se respetarán las señales de hambre y saciedad del niño, así como sus gustos y preferencias. Se incrementará gradualmente la variedad de texturas, sabores, aromas y apariencia, pero manteniendo la lactancia materna (o artificial) a demanda. Los alimentos se ofrecerán siempre después de la leche materna o artificial."

La descripción me ha quedado un poco larga, lo reconozco. Incluso aceptando que fuera así, no he incluido aspectos primordiales, como permitir que el niño sea autónomo en la mesa. Porque si le impedimos que lo sea, acabará por dejar de interesarse en ello.

Esto no sería en sí mismo grave: le damos nosotros de comer y listos, siempre que, transcurrido un tiempo, no nos mostremos impacientes ante un niño que "no sabe comer solo y todo se lo han de dar".

¿Se pone perdido cuando come con sus propias manos? ¿No hay manera de que acierte con la cuchara? Pues sí, es cierto. Pero todos los procesos de aprendizaje pasan por una etapa inicial caracterizada por la falta de pericia, y la alimentación no tiene por qué ser la excepción.

Tampoco he incluido en la definición que tan importante como lo que se ofrece al niño es quién se lo ofrece. Cuando nuestro pequeño come resulta de vital importancia no dejarlo nunca a solas. La presencia del adulto es crucial no sólo para su seguridad (un bebé de ocho meses y un racimo de uvas son una mala combinación: el bebé podría ahogarse) sino también para su autoestima. La OMS insiste en recordarnos:

"Recuerde que los momentos en los que su hijo se alimenta son periodos de aprendizaje y amor. Hable con su hijo mientras come, manteniendo un contacto "ojo con ojo"."

Para saber más

Este texto está extraído y adaptado del recomendable libro Se me hace bola, de Julio Basulto (DeBolsillo).

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