Que tus bacterias colonicen a tu bebé al nacer

BEBÉ SANO

Que tus bacterias colonicen a tu bebé al nacer

Nacer significa entrar en un mundo de gérmenes, algunos de los cuales son imprescindibles para la vida y nos protegen frente a los que son dañinos. El nacimiento determina cuáles llevarán ventaja.

Pilar de la Cueva

8 de febrero de 2018, 12:11 | Actualizado a

La primera piel con la que el bebé debe entrar en contacto es la de su madre, no solo por motivos afectivos y fisiológicos, también para que las primeras bacterias que lo colonicen sean las maternas.

Cuando un bebé abandona el cálido interior del útero materno, el lugar óptimo o nicho ecológico de su especie es el pecho desnudo de su madre, en contacto piel con piel.


Antes se pensaba que era necesario llevar al bebé a una mesa aparte para observarlo, reanimarlo, y realizarle múltiples comprobaciones y maniobras: ponerle una inyección de vitamina K para prevenir hemorragias, pesarlo y medirlo, e incluso meterle una sonda por la nariz o por el ano.

Hoy se sabe que ninguna de ellas es urgente, y muchas ya están desaconsejadas por innecesarias y perjudiciales o se consideran aplazables, porque interfieren con ese primer contacto entre la madre y su hijo.

En el momento del nacimiento, la piel del bebé es estéril, así como la mucosa de su boca, intestino y tubo digestivo.

Horas después, habrá millones de gérmenes en su nariz, boca, intestino y piel, porque nacer también es entrar al mundo de los microbios.

Las primeras bacterias y microorganismos que entran en contacto con la piel y las mucosas del recién nacido son determinantes para su salud futura, pero este hecho no se ha tenido muy en cuenta en la forma de asistir los nacimientos.

Existe una serie de microbios intestinales que son beneficiosos y necesarios para el organismo, ya que contribuyen a una digestión sana, a la regulación intestinal y a un buen funcionamiento del sistema inmunológico. Su presencia es indispensable desde el nacimiento, pues tienen la función de informar a las células inmunitarias de cuáles son las bacterias contra las que deben reaccionar y contra cuáles no.

Cuando no hay suficientes de estos microbios, es más probable que el sistema inmunológico reaccione contra algo benigno y no contra algo que de verdad pueda dañar el organismo, lo que puede dar lugar a ciertas enfermedades y alergias.


La flora intestinal de mamá

Para el bebé, algunas bacterias son conocidas y, por tanto, amigas, porque están en el cuerpo de la madre, y en la gestación ha recibido las defensas específicas.

Sobre todo a partir de las 38 semanas, la placenta deja pasar aún más cantidad de anticuerpos llamados IgG. Otros gérmenes son desconocidos y pueden ser peligrosos. El equilibrio entre unas y otras especies también es diferente de un individuo a otro, y todo ello conforma un sello individual y único, que es como la huella dactilar.

La flora bacteriana normal y sana de los miembros de un hábitat que conviven es similar, especialmente entre madre e hijos. Los microbios del intestino son muy numerosos. Este inmenso ejército recibe el nombre de "flora intestinal" o "microbiota", y son más de 200 especies de bacterias y levaduras que ahí cohabitan, como en los jardines.

La flora vaginal depende en gran medida de la flora intestinal.

Así, las mujeres que en las últimas semanas de embarazo tienen una adecuada flora intestinal dejarán a sus hijos una excelente herencia para colonizar su intestino. Si por el contrario está contaminado por especies oportunistas y patógenas, el bebé también las heredará.


Gérmenes amigos

Cuando un bebé sale por la vagina se impregna de las bacterias del cuerpo de la madre, que habitan de forma natural y saludable las mucosas vaginal e intestinal, y luego de las de la piel. Eso ocurre si la madre lo toma en sus brazos y lo coloca sobre su cuerpo, sin interferencias de otras manos o elementos extraños que contacten con la piel virgen del recién nacido.

El pecho desnudo de la madre y sus manos acariciando su espalda son un seguro de vida. Son gérmenes amigos que impiden que otros que son dañinos para él se multipliquen y colonicen el territorio.

Cuando un bebé nace por cesárea, con frecuencia contacta inicialmente con los gérmenes de una sala de operaciones y con los que transporta el personal sanitario, que suelen ser más agresivos e incluso resistentes a los antibióticos. Si además se le separa de la madre y no toma el primer calostro, que es un concentrado de defensas e inmunoglobulinas especialmente diseñadas para él, todavía tiene más probabilidades de contraer algún tipo de infección.

El nacimiento por cesárea implica también un mayor riesgo de contraer una enfermedad por el estrés de ser sacado del útero de modo re-pentino y sin la preparación de las hormonas del parto, que acaban de madurar los pulmones. Por estas razones es más frecuente que estos bebés tengan problemas respiratorios en el presente y en el futuro.

La respuesta inmunológica es diferente en estos bebés nacidos por cesárea, y pueden padecer más a menudo alergias alimentarias y caries, por haber sido colonizados con gérmenes que no son los que biológicamente estaban preparados para recibir.

Si los gérmenes son extraños, se van a producir más cantidad de linfocitos, que son elementos de defensa que causan inflamación y predis-posición a alergias y enfermedades de la inmunidad (enfermedad inflamatoria intestinal, asma, eccema...), así como otras infecciones más frecuentes, sobre todo bronquitis y gastroenteritis.

La flora del intestino tiene también el papel de sintetizar algunas vitaminas y de eliminar sustancias tóxicas. Es una potente barrera defensiva contra una gran cantidad de gérmenes patógenos. Estudios recientes demuestran que los bebés nacidos por cesárea, o que no
se han alimentado de leche materna, a los tres meses carecen de una serie de bacterias intestinales beneficiosas y tendrán más dificulta-des para desarrollar un sistema bacteriológico intestinal sano.


Calostro: oro líquido

La leche que la madre produce tras el nacimiento se llama calostro. Es un líquido vivo que contiene muchísimos elementos de acción in-mune, hormonas, vitaminas y minerales que lo recomponen al bebé del esfuerzo del parto. También gérmenes protectores que colonizan su boca, estómago e intestino.

El organismo del bebé reconoce esos gérmenes como amigos ya conocidos y no reacciona contra ellos. Las tomas no pueden ser de gran cantidad de alimento, ya que antes de nacer la glucosa y nutrientes llegan al bebé por el cordón umbilical, directos a la sangre. El cam-
bio de vía de alimentación es gradual
, y la naturaleza hace que el bebé busque el pecho muchas veces por ratos cortos, sobre todo en las primeras horas y días.

Todo esto es lo opuesto a lo que se recomendaba y hacía en las últimas décadas:

  • se separaba a los bebés en las primeras horas privándolos del calostro
  • se les daba de comer de forma pautada, solo cada 3 horas y durante 10 minutos.

Con el uso de la leche artificial del biberón, que contiene proteínas que no son homólogas a las de la especie humana, se pueden llegar a provocar reacciones alérgicas o microhemorragias en el intestino.


Cuidar el colon

Ante niños que padecen infecciones y cuadros alérgicos, con frecuencia se actúa eliminando de la dieta la leche, el gluten, los embutidos, los huevos..., sin resolver el problema.

La verdadera causa es con frecuencia una flora intestinal alterada.

Un tubo digestivo mal cuidado, poblado de bacterias y hongos oportunistas y patógenos, y contaminado por alimentos mal digeridos corre el riesgo de quedarse atascado por materia fecal.

Esto favorece el estreñimiento, gases, diarreas, inflamaciones de distintos tipos, alteraciones en la piel, cambios de humor y enfermedades.

El uso de antibióticos, especialmente los de amplio espectro, también mata muchas especies de bacterias, y estimulan el crecimiento de gérmenes más agresivos y resistentes a estos antibióticos.

Tener el colon "enfermo" también es un factor desencadenante de trastornos emocionales, ya que las células del intestino producen el 80% de la serotonina, hormona implicada en el estado de buen humor. De alguna manera, el intestino es nuestro "segundo cerebro", así que tenemos que cuidarlo bien.

La recta final

El intestino no es solo como una tubería, sino que es algo más delicado. La madre naturaleza lo ha previsto ya todo: un ejército de miles de millones de microorganismos que pueblan el colon (el último tramo del intestino, antes del recto), que lo protegen y limpian impidiendo que las bacterias y levaduras dañinas lo invadan.

La función principal del colon es fermentar los alimentos que no se han digerido completamente para extraer los últimos nutrientes y hacer que pasen a la sangre. Cuando está sano y funciona bien, solo quedan residuos inutilizables que se evacuan con regularidad. Por el contrario, en presencia de bacterias y levaduras nocivas, el tránsito se altera produciendo estreñimiento o diarrea, y los residuos alimentarios huelen muy mal.

Además, cuando se tiene una mala digestión, nuestro organismo no puede extraer bien los nutrientes de los alimentos y pueden aparecer carencias.


Alimentar la flora intestinal

Una buena alimentación materna no solo mejora nuestra salud, sino también la de nuestro bebé en gestación o lactante, ya que le transmitimos nuestra flora bacteriana.

La mejora de esta flora reside en el consumo de aquellos alimentos que estimulan el crecimiento de una gran variedad de bacterias beneficiosas. Estos son los alimentos ricos en fibra, en cuya digestión participan precisamente estas bacterias:

  • verduras en ensalada o al vapor
  • cereales integrales
  • legumbres
  • fruta
  • frutos secos, etc.
  • aceites vegetales

Si son ecológicos, no contienen pesticidas ni conservantes (que pueden tener una acción antibacteriana y antifúngica que alteren la flora intestinal).

Hay que evitar los dulces o los alimentos que se transforman rápidamente en azúcares simples, incluidos los zumos de frutas, porque favorecen la proliferación de hongos, que altera el sistema inmunitario, sin olvidar que aumentan el riesgo de diabetes, obesidad, accidentes cardiovasculares...

Es importante masticar y ensalivar bien los alimentos, ya que la digestión comienza en la boca con la amilasa de la saliva, así se previene una fermentación intestinal que produzca toxinas.

¿Y si el bebé nace por cesárea?

Ya no hay duda de que en caso de cesárea, el contacto precoz e ininterrumpido sigue siendo la mejor opción, y que puede realizarse en el quirófano.

Podría decirse que es incluso más importante que en un parto vaginal, porque los bebés nacidos por cesárea tienen un riesgo añadido, algunas veces por la causa que desencadenó la cesárea, otras por las consecuencias negativas que tiene la propia intervención, o sencillamente por no haber estado expuesto a las bacterias de la vagina de la madre.


Las guías actuales de práctica clínica indican que hay que fomentar el cambio de rutinas en las maternidades, con el fin de evitar que ningún bebé sea privado de este factor tan importante para su salud presente y futura, y que es una necesidad biológica fundamental.


Cuando el bebé es sacado del útero en el quirófano, mientras continúa la cirugía, la matrona pone al bebé de inmediato sobre el pecho de la mujer desnudo, tras apartar los electrodos que se cambian de posición. La madre debe tener sus brazos libres para poder contener, tocar, besar y abrazar al bebé.

Sobre el pecho materno, el bebé podrá realizar el primer contacto visual, táctil, olfativo y microbiológico con su madre, asegurando de este modo que, aunque no haya nacido vaginalmente, se cuiden las condiciones para que pueda disfrutar de una óptima salud, dentro de las circunstancias de la cesárea.

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